Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10) III Bruno
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III Bruno

El despertador suena a las siete y media, pero llevo despierto desde las seis. Mirando el techo. Escuchando los latidos de mi corazón, que hoy parecen tener una prisa que yo no les he pedido.

Primer día.

Me levanto, me ducho, me visto. Pantalones de pinza negros — los que mi madre dice que me sientan bien—, camiseta blanca sin estampados y sudadera gris. El uniforme de la invisibilidad. El que no llama la atención. El que me permite pasar por las esquinas sin que nadie me mire dos veces.

Cuando bajo al salón, el aroma del café me golpea como un muro cálido. Mi madre está en la cocina, como siempre, con su taza amarilla y el móvil apoyado contra el frasco de azúcar. Me sonríe. Es una sonrisa que intenta ser tranquila, pero veo el nervio en la comisura de sus labios.

—¿Has dormido bien?

—Más o menos.

Miento. He dormido tres horas, quizá cuatro. El resto del tiempo

lo he pasado dando vueltas, repasando el recorrido, imaginando el aula, practicando frases para presentarme. «Hola, me llamo Bruno.» «Soy Bruno.» «Buenos días, soy Bruno.» Las repito en mi cabeza hasta que las palabras pierden su significado.

Entonces oigo pasos en el pasillo.

Pasos que no son de mi madre. Son más pesados. Más lentos. Mi padre aparece en el marco de la puerta de la cocina. Lleva una

camisa azul claro remangada hasta los codos y la barba sin afeitar. Parece tan cansado como yo me siento. No sé a qué hora llegó anoche. Me quedé en mi habitación con los auriculares puestos, fingiendo que no oía sus voces.

—Buenos días —dice, y su voz suena ronca, como si no hubiera hablado con nadie en horas.

—Buenos días —respondo, y el silencio se alarga un segundo demasiado.

Mi madre nos mira a los dos, con las manos en las caderas.

—He pensado que tu padre te puede llevar hoy —dice, y su tono no admite réplica—. Así yo puedo ir a la oficina más temprano.

No es verdad. Mamá trabaja en una editorial prestigiosa y nunca entra antes de las diez. Pero asiento porque decir que no requeriría una explicación que no tengo fuerzas para dar.

Papá asiente también, y por un instante somos dos extraños moviendo la cabeza al mismo ritmo.

El viaje en coche es silencioso.

No el silencio cómodo de dos personas que se entienden sin palabras. Es el silencio de un ascensor averiado. El de dos desconocidos atrapados juntos.

Papá conduce con las dos manos en el volante, mirando al frente. Yo miro por la ventanilla. Manhattan se desfila a mi izquierda, los edificios, los semáforos, la gente caminando rápido, siempre rápido. Como si el tiempo fuera a acabarse.

—¿Nervioso? —pregunta él, sin apartar la vista de la carretera.

—Un poco.

—Es normal.

—Lo sé.

Silencio.

Nos detenemos en un semáforo. El rojo se refleja en el parabrisas. Papá carraspea.

—Me dijo tu madre... que quieres ser psicólogo.

—Sí.

—Como la abuela Harmony.

—Sí.

—Es... es bueno. Tener un objetivo.

Asiento, aunque no sé si es una afirmación o una pregunta. Mi padre nunca ha sido bueno con las conversaciones. O quizá es que nunca hemos tenido suficientes para practicar.

El semáforo cambia a verde. El coche avanza.

—Yo también quería cambiar el mundo, ¿sabes? —dice, y su voz es tan baja que casi no la oigo—. Con el periódico. Con las palabras. Fue cuando conocí a tu madre… y a Emily.

No sé qué responder. No sé si quiere que le responda algo.

—Lo estás haciendo —digo al fin, porque me enseñaron que cuando alguien comparte algo, hay que decir algo.

Enzo sonríe. Es una sonrisa pequeña, torcida, que no llega a sus ojos.

—No estoy tan seguro.

Llegamos a la universidad. El edificio veinticinco es una mole de ladrillo visto y ventanales enormes. Hay estudiantes por todas partes. Algunos ríen. Otros miran el móvil. Todos parecen saber exactamente a dónde van.

Mi estómago se encoge.

—¿Quieres que suba contigo? —pregunta, y hay algo en su voz que no había oído antes. Inseguridad, quizá. O preocupación.

—No —digo demasiado rápido—. Quiero decir... no hace falta.

Me muerdo la lengua. He sonado brusco. Ojalá pudiera sonreír y decir «Gracias, pero prefiero ir solo». En lugar de eso, solo bajo del coche, cojo la mochila y cierro la puerta.

Baja la ventanilla.

—Bruno.

Me giro.

—Suerte.

—Gracias.

El coche se aleja. Yo me quedo en la acera, rodeado de gente que no conozco, y por un momento el mundo se desacelera. El ruido se vuelve borroso. Las caras se difuminan.

Respiro hondo. Una, dos, tres veces. Como me enseñó la abuela Harmony.

No pasa nada. Nadie me mira. Nadie se fija en mí.

Soy invisible. Y hoy, la invisibilidad es un regalo.

El aula está en la tercera planta. La encuentro después de subir dos tramos de escaleras —el ascensor estaba lleno, demasiado lleno— y recorrer un pasillo con carteles de residencias estudiantiles y clubs de debate.

La puerta está abierta. Veo filas de sillas azules, una pizarra blanca enorme, un proyector colgado del techo. Ya hay unos quince estudiantes sentados. Algunos hablan entre ellos. Otros miran el teléfono. Una chica con gafas redondas garabatea en una libreta.

Me siento en la tercera fila, cerca de la ventana, en el extremo. Así solo tendré gente a mi derecha. El lado izquierdo será pared. La ventana será un escape.

Poco a poco, el aula se llena. Más estudiantes. Más voces. El ruido crece como una marea y yo me encojo en mi asiento, intento ocupar menos espacio, ser más pequeño.

Una chica de pelo rizado se sienta justo a mi derecha. Me sonríe. Yo intento sonreír de vuelta, pero no sé si lo consigo.

—¿Primer año? —pregunta.

—Sí —digo, y la palabra sale bien. Clara. Firme.

—Yo también. Me llamo Lena.

—Bruno.

—¿Qué estudias, Bruno?

—Psicología.

—¡Qué bien! Yo, Historia del Arte. Somos vecinos de facultad.

Asiento. Ella sigue hablando. De las asignaturas que tiene este cuatrimestre, del frío que hace en Nueva York en octubre, de que la cafetería de la tercera planta tiene los mejores muffins de arándanos. Yo asiento, digo «sí» y «ah» y «qué bien» en los momentos que creo que toca.

No es fácil. Mi corazón late demasiado rápido. Mis manos están húmedas. Pero Lena no parece esperar grandes respuestas. Habla sola, cómoda, como si rellenara los espacios vacíos por mí.

Cuando el profesor entra —un hombre de unos cuarenta años, barba cuidada, gafas de pasta—, Lena se calla y yo suspiro de alivio.

—Bienvenidos a Introducción a la Psicología —dice el profesor, y su voz es grave pero amable—. Soy el doctor Harrison. Esto no será un curso fácil, pero prometo que será interesante.

Pasa lista. Cuando dice mi nombre, levanto la mano y digo «presente». Mi voz no tiembla.

La clase dura hora y media. Hablamos de la historia de la psicología, de Wundt, de James, de esa pregunta que siempre me ha fascinado: ¿por qué hacemos lo que hacemos? El doctor Harrison dibuja una línea del tiempo en la pizarra y yo tomo apuntes hasta que me duele la muñeca.

Cuando termina, guardo el cuaderno y salgo sin mirar atrás.

Lena se despide con un «¡Nos vemos el miércoles!». Levanto la mano en un gesto que espero que sea un adiós.

Fuera, el sol de la mañana se ha convertido en una luz gris de mediodía. Me siento en un banco de piedra cerca de la fuente y saco el móvil.

Tres mensajes. Mamá: «¿Cómo fue?». Papá: «¿Todo bien?». Harmony: «Cuéntamelo todo, Brunito».

Respondo a los tres con un «Bien. Todo bien.» Es mentira y es verdad a la vez. Bien no es la palabra. Pero tampoco ha ido mal. He sobrevivido. Y sobrevivir, en mi diccionario, ya es un triunfo.

La primera semana pasa sin sobresaltos.

Lunes, miércoles y viernes tengo Historia de la Psicología y Neurobiología. Martes y jueves, Estadística y Fundamentos de Sociología, junto a un par de asignaturas más.

Cada mañana es la misma rutina: levantarme, vestirme de gris, desayunar rápido para no coincidir con nadie —Papá sale antes, Mamá después—, coger el metro hasta la parada de West 4th Street y caminar hasta el edificio veinticinco.

Cada clase es un ejercicio de contención. Sentarme en el mismo sitio, cerca de la ventana. Evitar el contacto visual. Asentir cuando el profesor mira hacia mi lado. Escribir apuntes hasta que los dedos duelen.

Lena se sienta a mi lado todos los días. Habla mucho. De su familia, de su novio, de sus dudas sobre si eligió bien la carrera. Yo escucho y de vez en cuando digo algo. Poco. Lo justo. Pero ella no parece importarle.

El miércoles me pregunta si quiero ir a comer a la cafetería con ella y sus amigos.

—No, gracias —digo, y mi voz suena mínimamente firme—. Tengo que estudiar.

Es mentira. No tengo que estudiar, acabamos de empezar. Solo necesito estar solo. Recuperar el aire que la gente me roba.

Pero el viernes, al salir de clase, algo distinto ocurre.

El doctor Harrison me para cuando todos se van.

—¿Bruno? ¿Puedes quedarte un momento?

Mi corazón se acelera. He hecho algo mal. He dicho algo inapropiado. Mis apuntes están mal. Algo.

Me acerco a su mesa.

—He visto tus apuntes —dice, y señala mi cuaderno abierto—. Son muy detallados. Y has participado hoy con una pregunta interesante sobre el conductismo.

No recuerdo haber participado. Quizá murmuré algo en voz alta sin darme cuenta.

—Gracias.

—¿Has pensado en qué área de la psicología te gustaría especializarte?

La pregunta me deja en blanco. Llevo tanto tiempo concentrado en llegar hasta aquí que no he pensado más allá.

—Todavía no —digo.

—Bien —sonríe el doctor Harrison—. Para eso está el primer año. Para descubrirlo.

Salgo del aula con las piernas temblorosas, pero no de miedo. O sí. Pero es un miedo distinto. Un miedo bueno. El sábado voy a ver a la abuela Harmony. Lo estoy deseando.