I Bruno
El brillo de la pantalla me devuelve una imagen cansada. Mis ojos recorren por quinta vez la página del portal universitario, como si los números pudieran cambiar de un parpadeo a otro. Pero no cambian. Siguen ahí.
Mil cuatrocientos veinte.
Mi dedo tiembla ligeramente sobre el trackpad.
No es miedo. Es... no sé cómo llamarlo. Una electricidad que me sube por la muñeca y se instala en el pecho, justo detrás del esternón.
Cierro el portátil de golpe y el sonido me sobresalta.
Siempre me sobresalto con los ruidos repentinos. Hasta con los que yo mismo provoco.
—¿Bruno? ¿Eres tú?
La voz de mi madre atraviesa el pasillo desde la cocina. Huele a canela y a esas galletas de avena que solo ella sabe hacer cuando está nerviosa. O contenta. O cualquier cosa que no sea su rutina de oficina.
Siempre me habló de cómo las hacía en la granja con la abuela Daphne cuando era pequeña.
—Sí —digo, y mi voz sale más apagada de lo que quería.
Mis pies descalzos se hunden en la alfombra del salón mientras camino hacia ella. Cada paso es un recordatorio de que esto está pasando. De verdad. La universidad. Yo. En una universidad.
Mi madre me mira desde la encimera con los brazos cruzados sobre el delantal verde. Tiene harina en la mejilla izquierda y en el puente de la nariz. Sus ojos, de ese azul cálido que siempre me ha parecido el color más seguro del mundo, me examinan como si pudiera desmoronarme en cualquier momento.
—¿Y bien? —pregunta, aunque creo que ya lo sabe. Siempre lo sabe. Las madres siempre lo saben todo.
Respiro hondo. El aire huele a vainilla también. Lo impregna todo, esta casa. Mi madre dice que es porque la esencia se queda en las cortinas, en los libros, en las grietas de las paredes. Yo creo que es la única forma que tiene de hacer que un sitio se sienta como un hogar. Un hogar de verdad.
—He entrado —suelto, y la palabra sale entrecortada, como si tuviera que empujarla desde algún lugar muy profundo—. He entrado, mamá.
Su cara se transforma. Es como ver a una planta recibir agua después de una sequía. Toda ella se abre, se ilumina, y de repente está cruzándose la cocina en tres zancadas y abrazándome con tal fuerza que el delantal me deja una mancha de harina en la camiseta.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que lo lograrías, mi niño! —grita, y su voz vibra contra mi hombro.
Yo no lloro. Los que tenemos fobia social no lloramos delante de nadie.
O sí, quizá sí, pero yo no. Yo no me lo permito.
Me limito a quedarme rígido un par de segundos —su abrazo siempre me descoloca un poco, demasiado calor, demasiado cerca— y luego apoyo la barbilla en su hombro y cierro los ojos. Es... ¿reconfortante?
Mil cuatrocientos veinte puntos. Lo hice.
—¿Has llamado a la abuela Harmony? —pregunta Val cuando por fin me suelta, aunque mantiene las manos en mis brazos, como si temiera que fuera a desvanecerme.
—Todavía no.
—Pues llámala. Se va a morir de alegría.
Sonrío, y siento cómo los músculos de mi cara se estiran en un gesto que casi me resulta extraño. No sonrío mucho. No con gente. Pero con ella es diferente. Con mi abuela, también.
Me apoyo en el marco de la puerta mientras busco su contacto en el móvil.
Abuela Harmony. Una foto suya de hace dos veranos, en la playa de Coney Island, con el pelo cano recogido en un moño y esas gafas de sol enormes que dice que la hacen parecer una «señora mayor cool».
Tiene sesenta y dos años y escucha podcasts de neurociencia mientras hace sus tareas en la granja.
El teléfono suena una, dos, tres veces.
—¿Brunito? —su voz suena al otro lado, y hay un ruido de fondo que reconozco al instante: el tic-tac de su reloj de pared, ese que tiene forma de gato negro y que yo le regalé con ocho años—. ¿Ya están las notas?
—Sí, abuela.
—¿Y?
—He sacado mil cuatrocientos veinte puntos —digo, y esta vez mi voz no tiembla. Esta vez casi suena orgullosa.
El silencio al otro lado se alarga solo un segundo. Luego Harmony suelta un «¡Ay, caramba!» tan sonoro que Val se ríe desde la cocina.
—¿Ves? —dice mi abuela, y puedo imaginarla perfectamente, sentada en su butaca verde, con el ordenador abierto en la mesa del comedor porque nunca aprendió a usar el portátil sin enchufe—. ¿Ves lo que te decía? El esfuerzo siempre tiene sus resultados, Bruno. Siempre.
—Ya —murmuro, y me muerdo el labio inferior.
Quiero decirle que no ha sido solo esfuerzo.
Que he pasado noches sin dormir repasando ejercicios de lectura crítica mientras mi corazón se aceleraba solo de pensar en el examen.
Que el día de la prueba casi no entro al auditorio porque vi demasiada gente junta en la puerta y tuve que sentarme en el suelo de los lavabos durante quince minutos hasta que dejé de temblar.
Que no es un simple nerviosismo ni un ataque de pánico.
Que va más allá, y que mi problema es esto, un nudo en la garganta que me impide decir todo esto ahora mismo.
Pero no lo digo. En lugar de eso, asiento como si pudiera verme.
—¿Te acuerdas de lo que te dije cuando cumpliste diecisiete? — pregunta mi abuela.
—Que fuera valiente —respondo automáticamente. Es una frase que me repite desde que tengo memoria. Desde antes, probablemente.
—Eso es. Y lo has sido. El primer paso ya lo diste, Bruno. Ahora toca el segundo.
El segundo paso. La universidad. Las clases. La gente.
El nudo se aprieta un poco más impidiéndome casi respirar.
Cuelgo con la promesa de ir a verla este fin de semana y me quedo un rato mirando el móvil, leyendo otra vez el correo de admisión. El logo de la universidad preside la pantalla: un escudo azul marino con una antorcha dorada. NYU. New York University.
Yo vivo en Nueva York desde que nací, pero la universidad me parece otro planeta. Un planeta al que he conseguido un billete de milagro.
—¿Papá ha llamado? —pregunta Val, y su tono cambia ligeramente. Menos euforia, más... ¿precaución?
—No. Está trabajando.
—Siempre está trabajando.
No digo nada. No es mi papel mediar en eso. Mi padre es periodista y lleva su propio periódico con dos socios. Trabaja sesenta horas a la semana, a veces más. Cuando está en casa, apenas hablamos. No porque no nos queramos, creo. Sino porque ninguno de los dos sabe cómo empezar.
—Cuando venga le enseño la nota —digo, más para tranquilizarla que por convicción.
Mi madre asiente y vuelve a sus galletas.
Yo regreso al salón y me dejo caer en el sofá.
El móvil vibra de nuevo. Un mensaje de un grupo de los compañeros del instituto.
Hablan de fiestas, de viajes, de cosas que la gente normal hace después de terminar el bachillerato.
O cualquier cosa —se emborrachan si aprueban para celebrar e incluso si suspenden para olvidar— Borro la notificación sin abrirla.
No odio a la gente. La psicología me ha enseñado que odiar es solo otra forma de tener miedo. Y yo ya tengo suficiente con el mío como para añadir más capas.
Pero me agota. La gente me agota. Cada conversación es como escalar una montaña con botas de plomo. Cada interacción social deja un rastro de preguntas que me hago después: ¿habré dicho algo raro? ¿Me habrá mirado mal? ¿Por qué ha sonreído así, o no ha sonreído?
Mi abuela dice que eso es ansiedad social, y que la ansiedad se entrena como un músculo.
—Tú puedes ser psicólogo, Brunito —me dijo una vez, mientras tomábamos té en su cocina—. No a pesar de tu fobia, sino con ella. La entiendes. Y para ayudar a los demás, primero hay que entenderse a uno mismo.
Eso fue el día que decidí que quería estudiar Psicología.
Tenía quince años y acababa de descubrir que no todo el mundo sentía que el suelo se abría bajo sus pies cada vez que tenía que pedir un favor por teléfono.
La abuela Harmony me explicó entonces lo que era la fobia social, y recuerdo haber llorado en su hombro durante casi una hora. No de tristeza. De alivio.
Tenía un nombre. No era solo yo siendo «raro». Era algo con nombre, y las cosas con nombre se pueden tratar. Se pueden entender.
Ahora miro el reloj de la pared —uno de esos redondos y baratos de Ikea que mi madre compró cuando nos mudamos a este piso— y veo que son casi las seis.
Papá llegará dentro de una hora, si no le surge ningún imprevisto.
Las galletas de avena ya se enfrían sobre la rejilla.
Mi mochila nueva, negra y anodina, espera junto a la puerta de entrada con los cuadernos vacíos y los bolígrafos de tinta azul que compré el sábado.
Mañana es mi primer día de clase.
El nudo vuelve. Pero esta vez, mezclado con algo que reconozco como ilusión. Algo pequeño, frágil, como una plántula asomando entre el asfalto.
Cojo el móvil y busco el programa de la asignatura: Introducción a la Psicología. Profesor/a: aún por confirmar. Aula: edificio veinticinco, tercera planta.
No sé quién será mi profesor. No sé si podré levantar la mano para preguntar algo. No sé si alguien querrá sentarse a mi lado en las primeras filas, donde pueda ver la pizarra sin tener que girarme hacia el mar de caras detrás de mí.
Pero sé que soy Bruno, que tengo diecinueve años, que he sacado mil cuatrocientos veinte puntos en el SAT y que quiero ser psicólogo como mi abuela Harmony.
Eso es todo por hoy, pero mañana empieza el verdadero reto.