Vainilla para dos (Universo Literario Gaona nº 10)
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Bruno
«Hola mamá,
Soy Bruno. Si estás leyendo esto, es porque, una vez más, el nudo en mi garganta ha ganado la partida.
He ensayado esta conversación mil veces frente al espejo del baño, con el agua corriendo para que no se oyeran mis tropiezos, pero cuando llego a la cocina y te veo frente al portátil, con esa luz de las musas en los ojos, las palabras se me enredan en la lengua como alambre de espino.
Por eso te escribo. Porque tú siempre has dicho que las palabras, cuando se escriben, pesan menos y vuelan más lejos. Necesito que estas vuelen hacia ti.
Tú construyes mundos perfectos donde los personajes siempre encuentran el momento justo para decir te quiero.
Donde los malentendidos se resuelven en tres capítulos y los besos saben a lluvia y a final feliz.
Yo, en cambio, vivo en un mundo donde las miradas duran un segundo de más y mi cerebro ya ha simulado diez desastres posibles.
Tener fobia social no es solo tener miedo a hablar en público; es tener miedo a existir en el espacio de los demás.
Es sentir que ocupo un sitio que no me corresponde, que molesto solo con mi silencio.
Y, sin embargo, hay algo más grande que ese miedo, mamá. Algo que pesa más que la ansiedad. Y es que llevo años viendo las películas de tu vida a través de un cristal empañado.
Siempre me pregunté cómo escribirías mi historia si yo fuera un personaje tuyo.
En tus novelas, el chico siempre conoce a la chica.
Él es torpe, ella es lista; él corre tras ella en un aeropuerto, ella le perdona todo con una sonrisa.
Pero, ¿y si el chico no quiere a la chica?
¿Qué pasa, mamá, cuando el protagonista de tu historia no sabe mirar a las heroínas que has creado porque sus ojos solo aprendieron a seguir la estela de otros chicos?
Soy gay.
Ya está. Lo he escrito. Ahora las palabras están fuera de mí, manchan el papel y ya no puedo tragármelas de nuevo.
Miro a los chicos del instituto y siento que el suelo tiembla, pero no por el miedo escénico a que me hablen, sino por el vértigo de saber que, si ellos supieran lo que siento al verlos, quizá el suelo temblaría para ellos también. Y no de vértigo, sino de asco.
He leído todas tus novelas, mamá. No por el romance, sino para buscarte a ti.
Para entender cómo funciona el amor en la cabeza de la mujer que me trajo al mundo.
Y he llegado a una conclusión que me hiela los huesos: en tus libros el amor siempre vence, pero siempre es el amor que la sociedad espera —aún con sus contratiempos—.
El amor heterosexual, el amor bonito, el amor que cabe en los escaparates de San Valentín.
¿Dónde está el mío? ¿Tiene cabida en tus páginas?
¿O es ese tipo de historia que te da vergüenza escribir porque no sabes cómo venderla?
No te culpo. Cómo ibas a saberlo si he pasado los últimos años construyendo un personaje ficticio para que tú lo vieras: el hijo aplicado, el adolescente tranquilo que no da problemas, ese chico al que «no le interesan las chicas porque es muy tímido».
Pero la timidez no es excusa para la mentira.
Y te he mentido con cada sonrisa que te regalé cuando me preguntabas por alguna compañera.
Te escribo esta carta porque necesito que me veas.
No al hijo que imaginaste, sino al que tengo miedo de ser.
Necesito que sepas que tu éxito como escritora de finales felices no me abruma; al contrario, me da esperanza.
Porque si tú, que fabricas sueños de papel, eres capaz de imaginar un amor que lo conquista todo, quizá puedas imaginar también un futuro para mí.
Uno en el que no tenga que esconderme. Uno en el que pueda tener una cita y contártelo sin que tus ojos se llenen de preguntas.
Uno en el que, cuando me mires, no veas a un personaje secundario de tu propia vida, sino al protagonista de la mía.
Tú escribes sobre el amor incondicional en tus libros, mamá.
Dices que es ese que no pide nada a cambio, que solo espera.
Pues aquí estoy. No te pido que lo entiendas hoy, ni que escribas mi historia en tu próxima novela.
Solo te pido que, cuando termines de leer esto, no me mires con los ojos de la escritora que busca un giro argumental para su próxima obra.
Mírame con los ojos de Val. Con los de mi madre.
Porque a veces, cuando escribes y te olvidas de cerrar el portátil, veo tus frases a medio hacer. Yo soy una frase a medio hacer, mamá. Y necesito que tú, que sabes de finales felices, tengas el valor de escribirme hasta el punto final.
Gracias por prestar atención a esta carta,
Bruno.»
Arrugo la carta y, con una lágrima resbalando por mi mejilla, la tiro a la pequeña papelera que acompaña mi escritorio sin dejar que mi madre llegue a leerla algún día.