CAPÍTULO 19
—Despierta.
En medio de la oscuridad escuché una voz.
—Vamos, bruja; abre los ojos.
«¿Abrir los ojos?», pensé, «¡ni loca! Estoy muy bien así, en la oscuridad; sin pensar en nada, sin sobresaltos, imaginando que todo es un extraño sueño del que despertaré en cualquier momento».
—Sé que estás despierta, abre los ojos de una maldita vez.
«Porque lo digas tú, no te jode. ¡No me despierto! No me levanto. No...».
Noté unos labios sobre los míos, una caricia que encendió mi cuerpo y consiguió justo lo que esa voz pretendía. Abrí los ojos, me encontré con Astaroth, quien seguía con sus labios pegados a los míos, y... Lancé un puñetazo que no impactó en ninguna parte. Él consiguió apartarse a tiempo.
—¡Qué haces! —le eché en cara, fulminándole con la mirada.
Él se encogió de hombros, sin dejar de sonreír, y me respondió como si fuera un maldito ángel.
—Despertarte, únicamente.
—¡Me estabas besando!
Se echó a reír, y toda la preocupación que sentía por él se tornó en furia, en rabia... ¿Por qué mis emociones eran tan intensas cuando se trataba de este hombre?
—¿A eso llamas beso? Cielo, cuando te bese de verdad lo sabrás; cuando te folle, lo sabrás; cuando...
Solté un bufido y me crucé los brazos sin dejar de mirarle. Seguro que estaba roja, pero no me dejaría avergonzar. Era una mujer adulta pese a que este... este... demonio consiguiese sacarme de mis casillas, era irritante comprobar que no podía controlar mis emociones.
—¡Ya basta! No quiero saber nada. ¿Dónde estoy? —opté por cambiar de tema.
Miré a mi alrededor. Me encontraba en una habitación, con un lúgubre mobiliario, en tonos oscuros, en la que semejaba que el negro lo hubiera engullido todo. ¡Hasta las alfombras de pelo que cubrían el suelo eran negras!
Palpé el colchón sobre el que estaba tumbada. La cama era mullida, inmensa, con sábanas... ¡negras! Sí, habéis acertado. Esperaba que el decorador no hubiera cobrado porque aquella habitación daba pena.
—Estás en nuestra habitación. Aquí es donde...
—¿Nuestra? ¿Tú estás loco? Si seguimos en el Infierno, este sitio no es para mí.
Yo no pertenezco aquí. Quiero que me envíes de nuevo a mi casa —incidí en la palabra “mi” para dejar claro que no iba a invitarle de nuevo a mi casa, la aventura de ese “enlace del destino” tenía que llegar a su fin.
No traía nada bueno el tener tratos con los demonios y lo estaba comprobando de primera mano.
Astaroth me miró fijamente, sus ojos se oscureciendo y se volvieron rojos, daba miedo pero, en lugar de embargarme ese sentimiento, el traidor de mi cuerpo se inclinó hacia el deseo. ¡Malditas hormonas!
—¿Tu casa? ¿Aún crees que podrás alejarte de mí?
Debe faltarte un tornillo porque ya te he explicado que lo que nos une va más allá de tu magia, de la mía, del destino, o de cómo quieras llamarlo.
Es un enlace para siempre. Estaremos unidos hasta que uno de los dos muera y ten por seguro, bruja, que no permitiré que la muerte nos separe.
Si es necesario, la destruiré para mantenerte a mi lado.
Si fuera una romántica empedernida habría suspirado ante esa declaración de “amor”, pero como soy práctica y realista... bufé y negué con la cabeza, antes de decirle:
—Si crees que voy a echarme a tus brazos suspirando enamorada por lo que me has dicho, te equivocas, demonio.
Nunca quise esto. No soy inmortal como tú, mi vida es muy diferente a la tuya; tengo una casa, un trabajo y una rutina que no pienso dejar por nadie.
No quiero saber nada de demonios, de luchas, de locas que te quieren para ellas, de tu...
jefe —opté por esa palabra, pues ni loca pronunciaría de nuevo el nombre del Rey del Infierno—, nada de esto pertenece a mi mundo. Yo...
Astaroth se acercó hasta quedar a unos milímetros de mi cara.
Noté su aliento, el calor que desprendía, y su magia chisporroteó junto a la mía.
Sí, no podía negar que me alteraba, aunque no quería cambiar mi vida, no quería dejarlo todo por él, no quería...
¿Me entendéis? Me daba miedo cambiar, embarcarme en algo que no esperaba, que llegó sin avisar.
—Puedo oler tu deseo, puedo ver cómo tu cuerpo reacciona al mío, puedo notar tu magia anhelándome, puedo ver...
que me mientes y te mientes a ti misma. Y, cielo, tengo paciencia; esperaré lo que haga falta para que aceptes de una vez que, lo que nos une, también lo deseas.
Te concedo el que nuestro enlace fue una sorpresa, lo fue también para mí, pero es un regalo que pocos inmortales consiguen y ten por seguro que no me alejaré de tu lado.
Tu casa, mi casa, tu trabajo, mi cometido...
nada importa; esas cosas cambian, se adaptan o puedes dejarlas de lado, ¡hasta destrozarlas con tus propias manos!
Pero lo que nos une, entrelaza nuestras almas, nuestra magia; no hay principio ni final.
Somos uno, bruja, y cuanto antes lo aceptes, mejor será para los dos porque lo que estás haciendo, al negar la realidad, es torturarte.
Esta vez sí que me quedé en silencio, rumiando sus palabras, con un nudo en la garganta y el corazón latiendo desbocado. Mi cuerpo reaccionaba al suyo, mi magia vibraba con fuerza y...
Él se apartó para acercarse a la ventana.
Tragué con dificultad. Sí, sé que estaba siendo una insensata, una pesada.
Soy la típica persona que le da mil veces vueltas a una cosa antes de tomar una decisión, no tengo ni idea de cómo reaccionar a los cambios, me cuesta poner nombre a lo que siento...
No sé cómo explicarlo, es como cuando lo quieres todo pero no quieres nada; cuando quieres hacer mil cosas pero, al final, no haces ninguna; cuando quieres luchar por tus sueños, pero esos sueños se difuminaban y cambian cada día...
Ante mí, tenía a un demonio que decía que era su compañera para siempre, pero yo nunca quise esto, nunca quise encontrar marido.
Me habían hecho daño, había sufrido y, por eso, me había cerrado en mi propio caparazón, como un caracol, y ahora este hombre me pedía que bajara mis barreras, que abrazara con naturalidad un enlace mágico que parecía irreal.
Iba a ponerme a llorar y odio que miren cuando estoy más débil, así que murmuré, con apenas un hilo de voz:
—¿Dónde está el servicio?
Astaroth no se giró cuando me dijo:
—La primera puerta a tu derecha.
Volví a tragar con dificultad y apreté los dientes, intentando contener las lágrimas. Estaba a punto de explotar por todas las emociones que bullían en mi interior, me encontraba agotada pero me daba miedo dejar atrás mi barrera, la seguridad de mi aburrida existencia.
Bajé de la cama, tras arrastrarme por ella para llegar al borde. Era inmensa. Salí corriendo hacia aquella puerta y la cerré tras entrar en el cuarto de baño.
Agradecí que la luz se encendiera nada más acceder y suspiré aliviada al ver que allí no había ninguna imagen enloquecida chillándome desde el espejo. Estaba sola.
Me apoyé contra la puerta y me deslicé hasta el suelo, quedando sentada sobre las frías baldosas. Me abracé las rodillas y... rompí a llorar.
Otra vez. Ahogándome en mis emociones. Sí, otra vez.
Desde que mi amiga entró en mi casa con aquellas velas malolientes para que hiciéramos el ritual, toda mi vida se había puesto patas arriba.
Y sabía... que había cambiado para siempre y ese para siempre era lo que más miedo me daba.