Ups, he invocado a un demonio por error CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

«¡Oh, sigo viva!», pensé, parpadeando sorprendida al no notar ningún tipo de dolor.

—¡Mierda! —susurré al descubrir el motivo de mi buen estado de salud.

Astaroth se hallaba ante mí, con las alas quemadas y destrozadas.

Las que antes lucían mullidas y hermosas, de una tonalidad blanca que brillaban con luz propia, ahora estaban destrozadas.

Le faltaba partes, y las plumas que le quedaban se encontraban ennegrecidas, olía a carne quemada, a sangre... Aquello era espeluznante.

—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¡¡Astaroth!! —chillé sin poder controlarme, mientras le agarraba de los brazos, histérica.

—Maldita hija de puta, mira lo que has hecho.

Solté una carcajada carente de humor, llena de puro sarcasmo, y miré a la demonio que aguardaba a unos metros. Ya no revoloteaba por el cielo.

—¿¡Yo!? Pero si has sido tú quien ha atacado, imbécil. Astaroth, ¡mírame! Necesitas un médico.

El demonio me miró, al tiempo que luchaba contra el dolor.

Su rostro reflejaba lo que estaba sintiendo y, si seguía así, tendría a un demonio desmayado a mis pies, uno al que sería incapaz de arrastrar al hospital.

¿Podía llevar al hospital a Astaroth? Estuve a punto de carcajearme en alto de nuevo.

Me encontraba en shock , era evidente si pensaba en esas tonterías.

—¡Huye! —me rogó él con voz atormentada.

—¿Cómo voy a huir? ¿Y adónde, pedazo de imbécil?

Estamos en tu isla y la cubre una barrera, ¿recuerdas?

Estoy atrapada aquí contigo, así que espabila, deja de mirarme como si te hubieran drogado y llévame ahora mismo a algún sitio donde puedan tratarte estas heridas, ¡coño!

—exploté, asiéndole para zarandearle con fuerza.

Nerviosa y angustiada, temía que la demonio volviera a atacarnos en cualquier momento.

No sabía qué hacer y rezaba internamente para que Astaroth espabilara, reaccionara de algún modo y me hiciera caso, aunque solo fuera para que me callara; me daba igual.

—No vais a ir a ninguna parte. Astaroth es mío. Todo esto es por tu culpa. ¡Debes morir!

«Mierda, mierda», maldije cuando la demonio se dispuso a atacar de nuevo. Pero ¿es que la ley de Murphy siempre tenía que estar tan presente? No lograría detener su ataque y si nos golpeaba, Astaroth quedaría más malherido aún y yo... Me estremecí. Iba a morir.

—Astaroth, por favor. No puedo protegerte. ¡Vamos a morir! —le supliqué. Con esa última frase el hombre reaccionó, ya que sus ojos brillaron de un rojo intenso y me abrazó contra su cuerpo con fuerza.

—¡Nunca! —bramó con gravedad antes de que su magia me rodeara. Esta vez no protestaría si hacía ese truco de magia que tan bien se le daba.

Pluf, cambio de lugar; pluf, me teletransporto.

Sonreí, por culpa de los nervios. No os apuréis tanto en criticarme; primero, pensad en cómo reaccionaríais vosotras de hallaros en mi lugar.

Cerré los ojos ante la luz que nos rodeó y volví a sentir un intenso mareo al ser transportada...

a saber dónde. Astaroth no estaba al cien por cien y no podía poner la mano en el fuego por él.

Eso sí, me daba igual el destino al que fuéramos.

Hombre... tampoco quería acabar en la Atlántida bajo el agua, ni en la cima del Everest, claro; pero mientras no hubiera mujeres demonio enloquecidas, con ansias de matarme, me conformaba.