Ups, he invocado a un demonio por error CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Los temblores y el ruido se detuvieron de golpe y pude abrir los ojos. Me quedé con la boca abierta, así, literalmente y todo, porque en el cielo había una mujer con unas alas negras, similares a las de un murciélago.

«Es una demonio, seguro», me dije. Y por qué, os preguntaréis vosotras. Pues es muy sencillo porque, además de esas alas negras, tenía cuernos, ojos rojos y una cola como la de los cerdos antes de que se la corten, que movía de un lado a otro, y que le llegaba hasta los tobillos.

—¡Qué narices está pasando! —susurré, a pesar de las náuseas y de que la cabeza me martilleaba.

—¡No puede ser! Dime que no es verdad, Astaroth. Tú eres mío.

«Oh, oh, esto es por un lío de faldas», me preocupé porque la mujer me miraba de tal manera que era más que evidente que me odiaba.

Acojonaba un poco verla volar por encima de nuestras cabezas y eso me recordó que me hallaba ante criaturas inmortales con las que ninguna bruja quería tener trato.

Y, claro, yo no solo lo hacía sino que, ahora, me veía en medio de un lío de faldas, aunque... ¡fuera como protagonista involuntaria!

Tuve que tragarme las ganas que me entraron de darme media vuelta e insultar al maldito demonio por mentirme, por decirme que era su compañera y un largo etcétera. Si en efecto era su compañera, ¿por qué había aparecido una demonio en su casa reclamándolo como suyo?

—¿Qué coño haces aquí, Lilith? No tienes permiso para entrar en mis tierras —la voz de Astaroth sonó fuerte, enfurecida y muy cerca de mí. Giré la cabeza y comprobé que lo tenía justo detrás—. ¡Vete!

—No me iré, ¡eres mío!

Como le estaba mirando pude presenciar el cambio que se operó en Astaroth y, por primera vez, lo vi como lo que era: un demonio.

Su rostro mostró tal furia que me atemorizó y su poder resultó tan palpable, que me entraron ganas de echar a correr y alejarme de allí.

La magia de esos demonios era asfixiante, se percibía en el aire como brasas ardientes que chocaban entre sí y yo estaba en medio.

—No soy tuyo, te lo he dicho un millón de veces. ¡Vete de una maldita vez, Lilith, o acabaré contigo! En esta ocasión no tendré piedad, te arrancaré la cabeza por atreverte a entrar en mis tierras sin mi permiso y por insultar a mi compañera.

«Oh, oh», volví a lamentarme en silencio.

Joder, ¿para qué me metes en medio de tu discusión?

«Soy invisible», exclamé para mí deseando con todas mis fuerzas que esa afirmación fuera verdad, pero de nuevo el destino se burlaba de mí ya que no lo era.

La demonio se encargó de demostrarlo al mirarme fijamente.

Mierda, si las miradas matasen, ya estaría más que muerta y de una manera lenta y dolorosa, muy dolorosa.

No pude reaccionar. No lo vi venir. En cuestión de milésimas de segundos, esa mujer lanzó una bola de una tonalidad verdosa y negra directa hacia mí. ¡Me estaba atacando!

Murmuré un hechizo para levantar una barrera a mi alrededor, aunque sabía que no disponía de tiempo suficiente para hacerlo, e intenté huir, pero Astaroth me sujetó, rodeándome la cintura y atrayéndome más hacia su cuerpo.

Él fue quien me salvó, al alzar el brazo que tenía libre y “evaporar” con facilidad el ataque de la demonio.

No dejaba de asombrarme la enorme capacidad mágica de aquellos seres, cómo eran capaces de crear o disolver hechizos de esa manera. ¡Menudo poder tenían!

—Ahora sí que estás muerta por atreverte a atacar a mi compañera.

Antes de acabar aquella frase, Astaroth desapareció y, al instante, surgió en el cielo, a la misma altura que la demonio y...

—Madre de Dios —susurré al ver sus alas. No eran negras, ni como las de los murciélagos, sino blancas, esponjosas y con plumas que semejaban brillar a la luz del sol. Vamos, como imaginamos que serán las alas de un ángel—. Cómo es posible —me pregunté sin esperar respuesta.

Estaba sin palabras y no solo por verle volar por los cielos con unas alas de ángel, por sentir un calor muy dentro de mí al luchar por defenderme o por parecerme demasiado sexy el muy hijo de puta. No, estaba sin palabras por el poder que demostró.

Astaroth invocó una espada de fuego y atacó a la demonio, aunque esta se defendió con una ferocidad que hizo temblar la tierra. Debido a que la magia de ambos chisporroteaba en el aire, tuve que arrodillarme y cubrirme la cabeza, pero me estaba quedando sin aliento por el aumento de la temperatura.

Todo era magia, poder ancestral mientras aquella feroz batalla se desarrollaba en los cielos.

Me sentía como una hormiga en medio del campo, a merced de dos criaturas gigantescas que ni percibían mi existencia.

—¡Morgana!

De pronto, Astaroth gritó mi nombre y enseguida supe el porqué.

Una bola -¡sí, otra más! Qué manía tienen en lanzar bolas, ni que fueran los personajes del famoso anime, en el que buscan bolas para pedir deseos a un dios dragón mientras luchan por ver quién es el más fuerte del universo; sabéis a qué dibujos me refiero, ¿verdad? - venía directa a mí.

«Hasta siempre, mundo cruel», me despedí para mis adentros mientras me acordaba de toda la genealogía de los demonios. Cerré los ojos y en vano levanté una barrera para protegerme. Sabía que mi magia era apenas un suspiro comparada con la de los demonios, pero debía intentarlo.

Cerré los ojos y esperé, deseando haberme negado a la petición de Rowan y pasar el maldito Día de San Valentín viendo series e hinchándome a helado.