CAPÍTULO 14
—¡Qué calor hace! —murmuré nada más salir.
Astaroth hizo un gesto y, al instante, noté que la temperatura se volvía más suave.
—¿Tienes control sobre todo en este lugar? —inquirí con curiosidad. Como bruja, tenía muchas preguntas acerca de su magia, pero no iba a interrogarle, no cuando tenía tantas cosas en la cabeza.
—Por supuesto, este es mi paraíso, mi hogar. Lo creé yo hace siglos.
—¿Y por qué no vives en el Infierno? ¿Acaso los demonios no residís allí?
Él me miró en silencio unos segundos y soltó un largo suspiro. Creí que no iba a responderme, aunque no tardó en decir:
—Podemos vivir donde queramos, no estamos atados a él. El Infierno es nuestro lugar de trabajo, a donde acudimos para reportar sobre nuestras misiones, pero...
—¿Pero? —insistí, mientras me cruzaba de brazos. Estábamos a unos metros de la entrada de una cueva. Miré de reojo hacia atrás. La casa de Astaroth se hallaba en el interior de una montaña, rodeada de selva y, a simple vista, parecía que allí no había nada, que nadie habitaba en ese lugar.
—¿Has estado alguna vez en el Infierno?
Resoplé. ¿En serio necesitaba que respondiera semejante ocurrencia? No, claro que no. Nadie en su sano juicio se iba de vacaciones o de tour turístico al Infierno; es más, los tratos con los demonios formaban parte de la sección de magia negra que ninguna bruja quería tocar.
—Tomaré eso por un no, bien. Verás, es... diferente. Allí... todo resulta asfixiante. Necesitaba un lugar al que llamar mío, y poder encontrar la paz en el silencio, en la soledad.
—¿Y creaste este lugar?
Astaroth asintió.
—Sí, creé esta isla, fuera del mapa de los humanos, alejada de la magia mortal. Es imposible que la encontréis o...
La verdad es que ya no escuché nada más, pues mi mente empezó a divagar sola, mientras mantenía una expresión neutral. Era algo que solía hacer en clase, perderme en mi mente mientras fingía atender a las profesoras.
«¿Cómo que no se puede detectar con nuestra magia?», exclamé, alarmada. «Entonces, Rowan no podrá localizarme».
Pero ¿de verdad quería alejarme de él? Sí… no; joder, no lo sabía. Estaba confundida y me costaba asimilarlo todo. ¿A vosotras no os pasaría lo mismo?
«Puede que sea una pesada, por darle tantas vueltas a lo que me ha pasado, pero me niego a aceptar que el destino ya esté escrito y no tener ni voz ni voto al respecto».
Le miré en silencio. La verdad es que Astaroth era sexy , alto, fuerte, tenía un aura peligrosa, y poderosa, una sonrisa capaz de desarmarme y su voz era como una caricia directa a mi corazón.
«Dentro de lo malo... al menos, me tocó él», ironicé para mí.
El destino me había unido a él y no a un lobo que aullara a la luna o a un vampiro.
¿Os imagináis ser la pareja de un murciélago que os tuviera que morder y succionar vuestra sangre como si fuera una garrapata?
Me da algo de solo pensarlo, qué asco; yo me desmayo al ver sangre.
«Te tocó un demonio, ¡yupi! ¡Qué afortunada soy!», sí, seguí con el sarcasmo mientras él continuaba hablando. Más tarde tendría que inventarme que no me había enterado de mucho, por estar aún medio adormilada, para que me lo repitiera.
Nunca pensé en enamorarme, o en buscar pareja, no era como Rowan con esa necesidad de tener a alguien en casa; me gustaba mi rutina, mi trabajo y la monotonía de mi vida, así que...
me costaba pensar en que, a partir de ese día, debía cambiar el chip y acordarme de incluir al demonio en mis planes.
Me costaría, lo sabía, pero si era cierto que el enlace no podía romperse, no me quedaba otro remedio que habituarme cuanto antes.
Eso sí, le diría a Astaroth que necesitaba conocerle ya que, por mucho que me alterara, que mi cuerpo reaccionara a él, que me entraran ganas de arrancarle la ropa y besarle, no iba a hacerlo.
No quería empezar una “relación seria” de esa manera.
Llamadme antigua, pero prefería conocerle antes que jugar con él y sentarme a ver pasar el tiempo.
—Morgana, ¿has escuchado lo que te he dicho?
Iba a responderle con absoluta sinceridad, aunque me quedé con las ganas y todo por culpa de una explosión inmensa que, de pronto, sacudió la isla.
Estuve a punto de caerme de bruces, sin embargo, Astaroth me agarró, apareciendo a mi lado en cuestión de milésimas de segundos.
Tendría que recordarle que aparecer y desaparecer así me ponía nerviosa, pero con tal de no romperme los dientes contra el suelo, por esta vez, lo dejaría pasar.
Miré el cielo, que ardía con unas llamas moradas. Debí abrir la boca sin poder creerme aquello.
Otra sacudida, una nueva explosión y... el cielo estalló en miles de trocitos que se precipitaron contra el suelo. Cerré los ojos y me tapé los oídos ante el intenso ruido que se produjo entonces, como un silbido fortísimo que se metía directo en el cerebro y te daban ganas de chillar.
Astaroth gritó algo, aunque no entendí lo que dijo. Tal vez, yo también me puse a gritar, no lo sé con certeza, porque era todo confuso, doloroso y muy intenso.
«¿Qué está pasando?», me pregunté una y otra vez, mientras seguía apretando los ojos y presionaba las manos contra mis orejas.
¿De verdad quería saber la verdad?
Sí. No. Otra respuesta.
¿Qué opción elegiríais si estuvierais en mi lugar?