Ups, he invocado a un demonio por error CAPÍTULO 13
43%

CAPÍTULO 13

No tardé en llegar a la cocina, para que el demonio no volviera a por mí. Nada más entrar, me inundó el dulce aroma de...

—¿Tortitas? —pregunté al tiempo que miraba con curiosidad -y sí, salivaba a lo grande- aquella mesa, cubierta de platos con diferentes postres.

—Son crêpes , además de croassants y una crème brûlée .

Me quedé paralizada de la impresión. Parecía que había entrado en una pastelería.

—¡No me lo puedo creer! ¿Sabes cocinar? ¿En serio?

Astaroth se encogió de hombros y me miró como si me hubieran salido tres cabezas.

—Claro, ¿tú, no?

—¡Por supuesto que no! Las pociones se me dan muy bien, pero la cocina y yo... ¡Me odia!

El demonio soltó una carcajada mientras tomaba asiento en la cabecera de la mesa. Agarró un plato y comenzó a servirse una buena porción de puras kilocalorías. Prefería no calcular a cuánto equivaldrían o me agobiaría.

—Pues qué suerte tienes, brujita, porque se me da muy bien la cocina.

Me senté en silencio, y contemplé con avidez aquellos dulces. No sabía qué probar, y...

Antes de que pudiera reaccionar tenía un plato con dos piezas de cada. Así que, ¿no eran para él? Los había seleccionado para mí.

—No puedo comer tanto —reconocí—. Además, no quiero engordar —susurré esto último para mí.

Astaroth volvió a reír.

—No te preocupes si engordas un poco, ya haremos ejercicio para bajar peso.

Puse cara de “ya, claro, ahora mismo” -sarcasmo puro-, pero opté por no responderle. El desayuno olía de muerte. Ahora entendía la expresión de que un demonio te tentaba porque el que tenía delante, lo estaba haciendo con dulces franceses.

Me decidí por el croassant y gemí de placer con el primer bocado. ¡Hasta cerré los ojos! Era crujiente por fuera y esponjoso por dentro, no sabía demasiado a mantequilla y era...

—¡Está riquísimo!

—Esto va a ser una tortura —murmuró el demonio, sorprendiéndome.

Dejé el croassant y le miré sin comprender a qué se refería.

Mi desconcierto debió de ser muy evidente porque él continuó y me aclaró—.

Verte comer así... es una tortura, y antes de que me preguntes el motivo, me están entrando ganas de tumbarte en la mesa y de convertirte en mi postre.

Menos mal que no estaba comiendo en esos momentos o me habría atragantado ya que me imaginé la escena. Yo tumbada, rodeada de croassants , mientras él me lamía como si no hubiera un mañana.

—¡Imbécil! —mascullé muerta de la vergüenza, agarrando de nuevo el croassant , pero esta vez con el tenedor y el cuchillo, lo comería a poco, no metiéndolo en la boca como si llevara meses sin probar bocado.

El resto del desayuno transcurrió con calma, charlamos de todo y de nada y, asombrada, descubrí que era muy sencillo hablar con ese demonio.

Teníamos varias cosas en común, como nuestro gusto por las películas de terror de bajo presupuesto, las series de ciencia ficción o nuestro afán de coleccionismo, tanto de libros como de objetos extraños.

Tuve que explicarle qué era el K-drama y todo ese mundo.

Fue divertido que se pusiera un poco celoso cuando comencé a hablarle de mis series coreanas románticas favoritas y los actores principales de los que era fan.

«Otro punto para mí», pensé al verle atacar su croassant con el cuchillo, como si fuera una espada, para decapitar a uno de esos actores que con tanto lujo de detalle le describí. Y si tuviera mi móvil, le habría enseñado imágenes de ellos.

Al terminar de desayunar, señalé la mesa y pregunté quién iba a fregar. Astaroth no me respondió, sino que hizo un gesto con la mano y los platos y cubiertos se elevaron en el aire y, tras un fogonazo de luz, aparecieron limpios y relucientes.

—¡Impresionante! ¡Necesito aprender eso! —solté con una ilusión tremenda. Ese nuevo hechizo sería una auténtica revolución. Cosas así de útiles, que te permitían limpiar toda la cocina con un simple chasquido, no las enseñaban en la escuela mágica, ¡ya les valía!

—Nada de lecciones, brujita. Ahora, vamos a dar un paseo, quiero enseñarte tu hogar.

—Y dale con mi hogar. Ya tengo un apartamento, demonio.

—Después de ti, cabezona —se burló él, señalándome un pasillo que, suponía, daría al exterior—. Lo que tenemos, no se puede romper.

—¡Aún! Pero seguro que hay un método para hacerlo.

Astaroth volvió a asustarme al aparecer justo a mi lado.

Sus ojos me miraban con una tonalidad rojiza que me recordó a la sangre.

Su presencia era tan imponente, fuerte y poderosa, que me derritió por dentro.

Su magia bullía en mi interior y tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para no lanzarme a sus brazos y ser yo quien lo devorara.

Era una conexión que iba más allá de la magia, de la química o de que estuviera ante un demonio sexy a rabiar y eso me asustaba un poco.

Era... complicado aceptarlo todo de golpe.

Mi parte racional luchaba contra lo que sucedía, no podía evitarlo.

No todos los días te levantabas, te explotaba el hechizo en la cara y acababas “desposada” con una criatura inmortal.

—Eres mi compañera, Morgana, y yo soy tuyo. Nuestras almas están enlazadas para toda la eternidad, y eso solo podrá romperse si uno de los dos muere. Ten por seguro que, si mueres, iré allá adonde estés a buscarte y traerte de vuelta. Eres mía, bruja, no lo olvides.

Lo dijo de tal manera, con un tono tan oscuro, posesivo y desesperado que me dejó sin palabras.

Ni siquiera pensé en recordarle que yo no había aceptado aquello, ni lo había buscado.

Me quedé en silencio y lo vi alejarse por el pasillo.

Lo seguí instantes después, tras tragar con dificultad.

¿Sabéis esa sensación de que te mueres por algo, de que deseas algo y que, por fin, lo tienes ante ti?

Así era como me sentía yo, ¡maldición!