Ups, he invocado a un demonio por error CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

—¡Hay una loca en el espejo! —chillé al demonio nada más entrar en la cocina. Este estaba, frente a los fuegos, cocinando.

—¿Cómo dices?

Al ver que se giró y me miró como si me hubieran salido dos cabezas, repetí:

—¡Hay una loca en el espejo!

El demonio, de nuevo, reaccionó de una manera que me dieron ganas de agarrar una silla y rompérsela en la cabeza. Nunca he sido agresiva, pero es que esta criatura sacaba lo peor de mí. Me desquiciaba.

—No es real, es un hechizo. Ignórala.

Boquiabierta, me quedé en silencio unos segundos, antes de responder, alzando la voz.

—¿Cómo que la ignore? ¡Y cómo va a tratarse de un hechizo!

Habla. Además, me insultó y me ordenó que me largara.

—De golpe me quedé callada y esbocé una sonrisa ladina—.

Oye, tal vez deberías hacerle caso y devolverme a mi casa.

—Me crucé de brazos y esperé para ver su reacción.

Y sí, me estaba meando, pero ni loca usaría el baño con esa mujer chillándome lo más grande.

El demonio dejó lo que tenía en las manos -ni me fijé en lo que era, me daba igual- y se teletransportó para plantarse justo frente a mí. Pegué un salto y proferí un chillido del susto.

—¡Maldición! ¡No hagas eso! Joder. Voy a tener que ponerte un cascabel para que dejes de asustarme.

—Ponme lo que quieras, pero no vuelvas a mencionar lo de que te devuelva a tu casa. Desde hoy, esta es tu casa.

—¡No, no lo es! Tengo mi apartamento, esto... —Señalé con un gesto a mi alrededor— es tuyo. Yo no pinto nada aquí.

Le dio un tic en el ojo.

«¡Punto para mí, imbécil!», pensé, sonriendo abiertamente. Si yo me desquiciaba por su culpa, que a él le pasara lo mismo.

Respiró hondo -seguro que contó hasta cinco- y me dijo:

—Mira que eres testaruda.

—Y tú un imbécil perdido, así que estamos empatados. Necesito regresar a mi casa, estoy a punto de reventar y...

—Pues ve al baño.

La que contó hasta cinco y se acordó de todos sus antepasados fui yo.

—¡No pienso mear en tu cuarto de baño ni loca! No puedo. No con esa mujer insultándome, ¡coño!

Suspiró y desapareció, dejándome sola en la cocina.

Lancé un grito y estuve a punto de ir hacia la mesa y lanzarlo todo por los aires. Necesitaba desquitarme, calmar un poco los nervios que me consumían por dentro.

¿Yoga? No, coño. Eso no me ayudaría. ¿Lanzamiento de cuchillos contra una foto? Sí. Sonreí. Eso tal vez serviría. Ahora, me hacía falta una foto de ese desquiciante demonio y un par de cuchillos.

—Ya está. Acabo de neutralizar el hechizo, ahora ya puedes usar el baño.

Chillé de susto y volví a dar un bote. Casi se me escapa el corazón del pecho.

Me giré y ahí estaba, mirándome fijamente de una manera que me puso aún más nerviosa. Lo ignoré. ¿Para qué decirle que me asustaba cada vez que hacía eso? No me hacía ni caso.

«¡Necesito un cascabel tamaño XXL para colgárselo en el cuello!», pensé mientras iba por el pasillo en dirección al baño. Tenía que orinar enseguida, ya que notaba la vejiga a punto de reventar.

—Si sigue esa mujer, mearé en la alfombra —murmuré para mí, a pesar de que sabía que no lo haría. Me daba apuro, aunque sí me planteaba el salir de esa “casa” en busca de algún lugar para hacerlo. ¿No estaba acaso, en una isla, en medio de la selva? Pues eso, tras un matojo, a lo salvaje.