CAPÍTULO 9
—¡Qué bien he dormido! —susurré nada más despertarme.
—Pues menuda suerte la tuya, cielo, porque yo apenas logré pegar ojo por culpa de tus ronquidos y...
La voz de Astaroth me sacó de mi ensoñación y espabilé del todo. Me giré y lo vi sonriendo a mi lado, tumbado en la misma postura, demasiado cerca y, a la vez, demasiado lejos por la ropa de cama que nos separaba.
—¡Yo no ronco!
Él se echó a reír, temblando de sorna. No sabía si se burlaba de mí o lo decía en serio.
—Sí que lo haces, así que tendré que acostumbrarme o no podré dormir en lo que me queda de existencia.
Iba a mandarle al Infierno pero, justo en ese momento, mi estómago hizo acto de presencia, a lo grande.
—En fin, prepararé el desayuno. Luego, podemos dormir la siesta o... —Alzó las cejas varias veces haciéndome reír—, lo que tú prefieras, ya sabes que estoy disponible para ser tu esclavo sexual, preciosa.
—Pero qué imbécil eres —conseguí decir sin dejar de reír.
—Y tú una bruja muy testaruda, aunque qué se le va a hacer; eres mi compañera y, por tanto, perfecta tal cual eres.
Voy a la cocina. Por esa puerta —Señaló la de la derecha—, está el baño; si quieres cambiarte de ropa, ponte ante el espejo y pide lo que necesites.
Es mágico —me explicó al ver mi cara de extrañeza—, consigue materializar ropa y cualquier producto de baño: toallas, champús, geles...
lo que precises. ¡Ah! Y antes de que se te ocurra, no te molestes en pedirle ayuda para escapar porque el espejo no funciona así; lo creé para no tener que comprar útiles para el baño, y evitar el salir en bolas si olvidaba la ropa en la habitación.
El espejo no excava túneles, ni proporciona palas, bombas, ni nada parecido que puedas usar para escapar. ¿De acuerdo?
Parpadeé. La verdad es que no había caído en eso, en pedirle al espejo que me diera algo con lo que reventar las paredes de esa casa.
Mi lado de bruja quería observarlo bien y ver cómo había conseguido embrujar un espejo para que cumpliera los deseos de su poseedor.
Sería interesante estudiarlo y seguro que, si lo comercializaba, me haría millonaria.
—Ni se me ocurriría —respondí finalmente, tras unos segundos en silencio.
—Ya, seguro. No pierdas el tiempo intentándolo; además, voy a estar en la cocina, no quiero tener que ir en tu busca y evitar que te mates por culpa de tu testarudez.
Antes de que pudiera mandarlo al Infierno, de verdad, se teletransportó hasta el pasillo.
Con cada uno de sus pasos, este se iluminaba con luces blancas que sobrevolaban el techo.
Aquella magia resultaba fascinante y también quería estudiarla.
Como bruja, ese tipo de avances despertaban mi curiosidad y tenía muchas preguntas que, esperaba, el demonio respondiera.
Al ver que estaba sola, me levanté de la cama. ¡Había dormido tan bien! Como si me hubieran anestesiado. Miré a mi alrededor, al no haber ventana, no tenía ni idea de qué hora era.
«¡Rowan!», recordé de pronto. Necesitaba contactarla para tranquilizarla y decirle que seguía viva, y, de paso, insultarla por ser la causante de todo aquello.
No sabía cómo hacerlo. Quizá, más tarde, cuando recuperara un poco de energía podría hacer un viaje astral y verla, aunque no sabía si lo lograría, ya que notaba una magia a mi alrededor, que era claramente la del demonio.
Aquella isla se hallaba en una burbuja mágica que no creía ser capaz de traspasar.
Fui hacia el baño. Ahora que estaba despierta sentía unas terribles ganas de evacuar. Bueno, ya sabéis, lo normal cuando te levantas por la mañana.
Nada más ingresar solté un silbido de admiración. Madre mía, aquel cuarto era más grande que mi salón. Inmenso y con un lujo y unos detalles que me dejaron sin aliento. Había un plato de ducha tamaño XXL y, al otro lado, una bañera que parecía una piscina en miniatura.
—Todo lo tiene a lo grande —murmuré, burlándome del demonio.
—¿Quién eres?
Casi pegué un salto olímpico del susto cuando me sorprendió una voz de mujer.
Miré a mi alrededor, pero estaba sola.
Iba a preguntar si había alguien cuando esa chillona voz femenina volvió a la carga aunque, en esta ocasión, para insultarme:
—Estoy aquí, estúpida. ¿Quién eres tú y qué haces en el baño de mi amo?
Sí, se me quitaron las ganas de mear de golpe al toparme, en un espejo inmenso que cubría parte de la pared, el reflejo de una mujer enfurecida.
—¡Esto es imposible! ¿Y tú quién eres? —solté sin poder creer lo que veía.
—Yo pregunté antes, imbécil. ¿Qué haces en el cuarto de baño de mi amo? ¡Vete! Yo soy la única que puede estar aquí.
—Oh, Dios mío —murmuré, antes de dar media vuelta y salir corriendo mientras oía los gritos e insultos de aquella ¿mujer?
¿Qué coño era eso? ¿Y cómo iba a orinar así? ¡Maldición!