CAPÍTULO 8
Me desperté aunque no abrí los ojos, no quería. Si lo hacía, tendría que aceptar que todo lo que había vivido no era un sueño.
—Sé que estás despierta. Abre los ojos, necesitamos hablar.
—Imbécil —susurré más para mí que para que Astaroth lo oyera, pues no me dejó en mi mundo de fantasía, en el que nada había pasado, ni siquiera dos minutos.
—Lo que tú digas, cielo, pero no te vas a librar de mí.
Estaba tumbada en el centro de una gran cama, así que me incorporé con cuidado hasta quedar sentada, apoyando la espalda en un cabecero de madera.
Miré a mi alrededor. La habitación era amplia, iluminada a través de la magia con unas bolas blancas suspendidas en el techo. No tenía ventanas, apenas había muebles y lo único que se veía era un pasillo en penumbra, a la izquierda, y una puerta a la derecha.
A un costado del colchón, estaba sentado Astaroth.
Las suaves sábanas tenían una textura parecida a la seda y su color me recordó a la sangre. Sin duda era su dormitorio, sobrio, elegante, masculino y... olía a él.
No hizo falta que preguntara, era obvio que estábamos en su hogar.
—¿De qué quieres hablar? —solté, mientras me cruzaba de brazos. Me sentía un poco vulnerable sobre aquella cama, pero sabía que él no me tocaría si antes yo no le daba permiso, pues su magia vibraba en mi interior y mi núcleo mágico resonaba con ella.
—Del tiempo y de metafísica, no te jode —respondió él con ironía—, ¿tú qué crees? Seamos claros. Pese a que te digo que eres mi compañera, intentas escapar de mí; por más que te diga que estás enlazada a mi alma, no dejas de luchar. ¿Por qué?
—Porque eres un demonio —afirmé sin pensar, arrepintiéndome al instante.
Debido al brillo de sus ojos supe que le había hecho daño. Además, su magia también se replegó un poco. Mi núcleo reaccionó enseguida, provocando que soltara un jadeo de sorpresa. Mi magia buscó la suya y la acogió de nuevo, intentando calmarle.
—Y tú eres una bruja. Eso no importa, ya que el enlace se inició en cuanto aparecí por tu pentagrama.
—No era eso lo que quería —exclamé, repitiendo el mismo mantra con el que intentaba acallar las ganas que tenía de aceptar de una vez todo aquello. Era una lucha constante entre la razón y el deseo, y, por el momento, estaba ganando la razón.
—Quizá pienses eso, pero tu magia me buscó, me encontró y me llamó.
La percibí y no pude hacer nada contra tu llamada.
Me invocaste, iniciaste el enlace y —Sus ojos se pusieron rojos de nuevo, supuse que eso ocurriría cuando sus emociones le desbordaban por dentro.
Tenía que preguntárselo porque era curioso que fuera capaz de cambiarlos de color—, después de sanarte, tu magia me reconoció.
Debes notarlo. No puedes negarlo, cielo.
—Morgana.
Al ver la cara de desconcierto que puso, repetí:
—Morgana. Me llamo Morgana, no cielo, bruja o mortal. Ya que estamos hablando de algo serio, prefiero que te dirijas a mí por mi nombre.
Se produjo un silencio entre los dos, durante el cual Astaroth no dejó de mirarme a los ojos, y luego me dijo:
—Perfecto, Morgana entonces. Como ya te he dicho, me perteneces, te pertenezco, eres mía, y por más que luches contra tus sentimientos o prejuicios, llegará un momento en que nuestra magia no lo soporte más.
—¿Y qué es lo que quieres? —le interrumpí alterada—. Porque me niego a ser dominada por impulsos cuando yo nunca pedí esto.
Agarró una de mis manos. Seguí con la mirada su gesto y no pude evitar temblar cuando me acarició con suavidad.
Levanté la vista cuando le oí decir:
—Lo que quiero me lo guardaré para mí, aunque no estaría mal que nos conociéramos un poco.
—Sus ojos brillaron y se tornaron de una tonalidad más clara, de un rojo muy intenso que parecía que decía: “Quiero descubrir cada rincón de mi compañera y devorarla por completo”—.
Ahora comprendo que mi vida ha sido una tortura que ha valido la pena con tal de conocerte, con tal de tenerte en mi hogar, con tal de...
—Tienes mucha labia, se nota que eres un demonio.
Él esbozó una sonrisa que, sin embargo, no alcanzó a sus ojos.
—Y tú eres testaruda, como buena bruja que eres. Hacemos buena pareja, ¿no te parece?
—Prefiero no decirte lo que me parece.
—Dilo, quiero que, entre nosotros, haya una sinceridad absoluta. Como mi compañera serás siempre mi prioridad; antepondré tu vida, tu felicidad y tu seguridad por delante de todo, hasta de mí mismo.
—Eso es...
—Nuestra maldición, lo que Dios nos impuso. Un demonio solo amará una vez y se entregará con toda su existencia. Antes creía que era una maldición, pero ahora lo considero una bendición, aunque me has vuelto débil.
Me removí e intenté salir de la cama. Él no se movió, lo que agradecí porque, con lo que me había dicho si me llega a ayudar le acabo tirando sobre la cama y le arranco la ropa a mordiscos. Ya me entendéis.
Necesitaba tomar distancia con él, alejarme un poco, aunque fueran unos metros, para mantener la cabeza fría y no sucumbir a mi imaginación y mis pensamientos.
Y sí, en ellos, ese demonio era el único protagonista. Bueno, él y un bol de chocolate para untar sobre su...
—¿Morgana?
La voz de Astaroth me devolvió a la realidad. Me sonrojé, menos mal que estaba a mi espalda. Me bajé de la cama y me giré, enfrentándome al causante de mi actual estado alterado.
—¿Por qué te he vuelto débil, acaso los demonios no sois criaturas inmortales con una magia inmensurable? —opté por lanzar esas preguntas para intentar dejar de pensar en “guarrerías subidas de tono”.
Él se levantó de la cama con movimientos lentos. No pude evitar admirarle. Es que... ¡de verdad! Si lo veis, seguro que terminaríais igual que yo, babeando y sin poder creer lo que estaba pasando. Era todo lo que había imaginado alguna vez, pero elevado exponencialmente a un número incuantificable.
Qué locura. En apenas unas horas, aunque no tenía ni idea de cuántas pues había perdido la noción del tiempo -y, encima, me había desmayado varias veces-, mi vida se había convertido en una montaña rusa llena de locura.
Le deseaba, mi magia lo había aceptado, mi parte racional no se creía lo que estaba sucediendo y no quería saber nada de demonios, magia oscura o posibles enlaces mágicos, pero Astaroth era tan diferente, tan pasional, tan...
—Me haces débil porque mis enemigos, en cuanto se enteren de tu existencia, sabrán que para destruirme bastará con que te ataquen a ti.
Aquello sí que borró de un plumazo el deseo, mis pensamientos y hasta la magia llena de corazoncitos y música romántica que nos rodeaba -bueno, no de manera literal sino por su confesión de que yo era lo más importante para él y blablablá-.
—¿Tus... enemigos? ¿Ahora van a venir a por mí? —Sí, soné asustada. No todos los días te dicen que eres una diana con piernas y nada menos que para un puñado de demonios. ¡Demonios!
Su magia me envolvió y, antes de que pudiera exhalar un suspiro, él se encontraba a mi lado, ya que se había teletransportado por la habitación para abrazarme.
En algún momento debía pedirle que dejara de moverse de esa manera o se me iba a salir el corazón por la boca del susto pero, ahora mismo, solo pensaba en que sus enemigos querrían atacarme.
—No temas, Morgana. No se acercarán a ti jamás, los destruiré a todos antes de que se atrevan a atacarte.
Intenté zafarme, aunque Astaroth me lo impidió.
Y, oye, cuando estás asustada un buen abrazo tampoco sienta mal, así que me dejé llevar y apoyé mi frente en su pecho.
Los latidos de su corazón sonaban raro, como si tuviera más de un corazón, y su ritmo resultaba anormal, pues era demasiado rápido.
Por supuesto, eso me recordó que me hallaba ante una criatura inmortal que había vivido desde el inicio de los tiempos y seguiría en el mundo aun cuando este se destruyera.
«Eso si no nos mata alguno de sus enemigos», ironicé en mi mente, sin embargo, no lo dije en voz alta, ya que no quería asustarme más.
—No puedes asegurarlo —murmuré, pasando mis brazos por su cintura. Noté su fuerza, y cómo se estremeció cuando me pegué más a su cuerpo; él me alteraba, pero yo no me quedaba atrás.
—Morgana, mírame.
No quería hacerlo pero lo hice, levanté la cabeza y me quedé atrapada en su mirada.
Me observaba como si fuera lo único del mundo, con una intensidad que me derretía y, de la emoción, tenía ganas de llorar.
No sé explicaros cómo es su mirada, aunque os prometo que nunca en mi vida me han mirado así, como si fuera lo más valioso del universo.
—Te juro por mi vida que no te harán daño, pues acabaré con todo aquel que lo intente.
Pasaré el resto de mi eternidad luchando por hacerte feliz, por avivar las llamas del deseo que nos abrasa, por alejar la oscuridad de tus ojos y de tu vida.
Lo eres todo para mí y deseo conocerte, que estés orgullosa de ser mi compañera y poder agradecer al destino que te pusiera en mi camino.
—Sí que tienes labia —murmuré con la voz entrecortada. Astaroth hablaba en serio, y también me lo confirmaba su magia. El sentirla en mi núcleo mágico era... extraño pero, a la vez, reconfortante pues me daba la oportunidad de saber si me decía la verdad o no.
—Solo contigo, cielo. Con el resto del mundo —Negó con la cabeza antes de continuar—, no; y es mejor que no sepas lo que opinan de mí.
—¿Que eres un demonio malo y peligroso?
Él soltó una carcajada, sacudiendo su cuerpo al reír salvajemente con total libertad.
—Solo tú puedes llamarme así, solo tú.
Iba a responderle, disfrutando de ese tiempo con él cuando, sin poder evitarlo, bostecé y parpadeé porque tenía mucho sueño.
Tal vez fuera por usar magia negra, o por todo lo que había pasado, pero me costaba mantenerme despierta.
—Vamos a la cama, cielo.
—Nada de folleteo, demonio.
Entre carcajadas, me acostó después de apartar las sábanas.
Estaba a punto de protestar porque llevaba la ropa de la calle, aunque guardé silencio, pues era como decir: “Eh, quiero desvestirme...” a un demonio que no dejaba de asegurar que yo le atraía y a mí me sucedía lo mismo.
Era mejor no tentar al “demonio” y dejar las cosas como estaban.
No iba a jugar con fuego, por mucho que lo deseara internamente.
—Lo que tú digas, bruja, pero ya te lo recordaré cuando me lo pidas.
—Vengativo. —Volví a bostezar.
Me cubrió con las sábanas y me sorprendió al acostarse a mi lado.
—¿Qué haces?
—Voy a dormir, igual que tú. He gastado mucha magia y el enlace ha alterado mi núcleo mágico. Necesito descansar, así que deja de protestar, cielo, que te estás cayendo de sueño.
Me pasó un brazo por encima y me acercó a él.
—Cierra los ojos, Morgana; estaré aquí cuando despiertes.
Pues oye, este demonio era mejor que cualquier pastilla para dormir porque me quedé frita al instante.
Solo esperaba no hablar en sueños o... me moriría de vergüenza si él se enterase de lo que estaba pensando.