CAPÍTULO 7
No supe qué me llevó a hacer lo que hice, tal vez fueran los nervios, la desesperación, el no aceptar este giro inesperado en mi vida, pero di media vuelta y eché a correr sin mirar atrás.
Estuve a punto de tropezar con las rocas, las ramas caídas y caer en una zanja, aunque oye, ¡no se me daba mal! Corrí hasta que mi cuerpo dijo basta. No es que estuviera en muy buena forma, aunque conseguí mi propósito, huir del demonio.
A lo lejos vi algo azul.
«¡El mar!», pensé. Luché contra las ganas de detenerme, pues respiraba agitada, el corazón me bombeaba alocado y...
Caí de golpe, de rodillas, y chillé sin control.
Me eché hacia delante para apoyar los codos en el suelo. Volví a gritar y escupí sangre, una vez, dos...
Iba a desmayarme, lo sabía. Mi magia se había drenado, mi corazón dolía y parecía que estallaría en cualquier instante.
¿Me estaba muriendo?
Maldición. Astaroth tenía razón, no podía huir, no podía...
Estuve a punto de darme con la cara contra la tierra, pero unas manos me sujetaron con delicadeza y me alzaron. De nuevo, me hallaba en brazos del demonio, quien me miró con una mueca que parecía que me deseaba la muerte o se la deseaba yo a él por causarle tanta preocupación.
—No sé si pretendes suicidarte o matarme a mí del susto. ¿Por qué no dejas de intentar alejarte de mí? ¿Tan horrible te resulta la idea de ser mi compañera?
No sabía si me lo preguntaba de verdad o lo había dicho en voz alta más para él que para mí porque yo no pude decir ni una palabra, ya que volví a escupir sangre. Menos mal que él se dio cuenta de lo que me ocurría y me colocó la cabeza hacia un lado o me habría ahogado en mi propia sangre.
—Nunca creí encontrarte y ahora que lo he hecho...
No acabó la frase. Se agachó y me besó, uniendo con suavidad sus labios con los míos. Entonces, su magia invadió mi cuerpo y comenzó a curar mis heridas.
Me estaba sanando y me dieron ganas de llorar.
Ante mí se hallaba un auténtico demonio, la peor criatura del mundo, y... me estaba curando, mientras me acunaba en sus brazos con delicadeza y preocupación, inundándome con su magia que vibró cuando rozó mi núcleo mágico.
Lo noté al instante. Todo lo que había afirmado era verdad. Su magia era alma gemela de la mía, algo que en muy contadas ocasiones sucedía. Mis poderes le dieron la bienvenida y vibraron de nuevo, acogiéndole, aceptándole...
Debería protestar, pues la magia era impredecible y, en esta ocasión, me la había jugado. Mi magia le había dado la bienvenida a Astaroth, afianzando el enlace que nos unía.
Y si ese enlace ya era fuerte, ahora...
—¡Mía! —susurró él cuando se apartó después de haberme curado.
—Mierda —murmuré yo, tomándole por sorpresa antes de caer en los brazos de Morfeo.
¿Estás en peligro? Te desmayas. ¿Tu núcleo mágico acaba de unirse al de un demonio? Te desmayas.
Nah, el caso es desmayarse.
Seguro que Morfeo se estaba partiendo el culo a mi costa.