CAPÍTULO 6
No supe cuánto tiempo permanecimos en ese túnel, quizá fueron unos segundos o minutos, pero cuando la luz nos envolvió nos hallábamos en medio de un desierto.
La arena ardía bajo mis pies, el aire era muy caliente y comencé a sudar debido al fuerte calor.
Aquel cambio tan intenso me dejó sin palabras.
—Una vez más —me dijo y, de nuevo, entramos en el túnel.
¡Qué manera más extraña de viajar! ¿Cómo podían crear túneles de ese modo? ¿Los demonios podían moverse por la Tierra sin necesidad de contratos?
Cerré los ojos. Me estaba mareando. Prefería el estilo de las brujas, un breve hechizo, un parpadeo y nuestra magia nos trasladaba de un punto a otro. Iba a vomitar en cualquier momento.
Cuando estaba a punto de gritarle para que se detuviera o echaría hasta la primera papilla, la oscuridad desapareció y me vi en medio de una selva. Solté el aire al notar la humedad del ambiente, con un calor pegajoso, y la sensación de estar rodeada de una poderosa magia.
Astaroth me depositó en el suelo con cuidado y, al instante, me alejé de él, mientras observaba a mi alrededor con sorpresa y consternación.
—¿Dónde estamos? —pregunté atónita. Hacía menos de una hora me encontraba en mi apartamento preparando un ritual y, ahora, estaba en medio de una selva espesa, acompañada de un demonio sexy a rabiar.
—Bienvenida a nuestra casa —exclamó Astaroth con una gran sonrisa y un gesto de las manos, como si abarcara todo lo que nos rodeaba.
—Será tu casa, no la mía, gracias. Y eso no es lo que te he preguntado, ¿dónde demonios estamos?
Astaroth me miró con un brillo extraño en los ojos que no quise descifrar.
Ahora lo que más me importaba era saber dónde me encontraba para, así, idear una manera de escapar.
No podía aceptar lo que estaba pasando, por mucho que mi cuerpo gritara que me dejara llevar y que “devorara” a ese demonio hasta saciarme.
—Primero, sí respondí a tu pregunta; segundo, sí es tu casa ya que aquí vivo yo; y tercero... —Se encogió de hombros y señaló—. Estamos en mi isla.
—Vale, ¿y dónde se encuentra tu isla? —insistí.
—En medio de un océano, lista; es una isla.
Apreté los dientes y me tragué las ganas de lanzarme contra él y golpearle. Ese demonio me ponía de los nervios y, al responderme de esa manera, me daban ganas de gritarle y acordarme de toda su genealogía.
—Ya sabes a qué me refiero, ¿cuál es la ubicación geográfica exacta de esta isla?
—¿Por qué quieres saberlo? Es toda nuestra y, brujita, ni se te ocurra huir porque esta vez puede que mueras si no llego a tiempo a tu lado.
Entrecerré los ojos y conté hasta diez, aunque no sirvió de nada, pues solté una retahíla de insultos que le hizo reír a carcajadas.
—Me encanta ese genio tuyo, me excita mucho.
—A mí, en cambio, me desquicia esa actitud tuya. Ya te lo he dicho: no soy tu pareja, ni inicié ningún ritual para unirme a ti, ni nada parecido, así que borra de tu mente toda esta idea de que soy tu compañera. Lo único que deseo es regresar a mi casa y olvidar este maldito día.
En un parpadeo, se transportó frente a mí, tan cerca que percibí su calor.
Se agachó y noté su aliento acariciar mi rostro.
¡Maldición! Inhalé y gemí para mis adentros.
¿Por qué reaccionaba de esa manera a él?
¡Maldita sea la magia y todo lo que tuviera que ver con los demonios!
Eran criaturas viles que se movían en la oscuridad y jugaban con la vida y las almas de los mortales.
Astaroth inspiró y soltó un gruñido que hizo que me estremeciera y no precisamente de miedo.
—Mientes, lo huelo.
—Estarás acatarrado porque yo no huelo a nada.
Se relamió los labios y sus ojos se tornaron rojos.
Cuando me habló entonces su voz se había vuelto un tono más grave, más... peligrosa.
—Mientes, pero tu cuerpo no puede ocultar la verdad. Estás mojada, y, si no fuera por tu testarudez, a estas horas estaríamos follando como locos hasta que te corrieras una y otra vez.
Parecía que iba a besarme y una parte de mí rogaba en mi interior para que lo hiciera. Sin embargo, se apartó y dijo:
—Pero esperaré. Llevo toda la vida esperando, qué son unos días más para...
—¡¿Unos días?! ¿En serio? —¿Creía que, en solo unos días, iba a saltarle encima y suplicarle que me hiciera suya?
Él mostró una sonrisa confiada, que me recordó a la expresión que pondría un lobo acechando a una presa a la que sabía que, pronto, devoraría.
—Sí, unos días, o ¿acaso podrás soportar el dolor del enlace?
Tu alma es mía, cielo; lo quieras o no, tu destino está ligado al mío.
Somos uno y no soportarás el no unirte a mí; yo, a duras penas, logro refrenar las ganas que tengo de besarte, de lamerte, de hacerte gritar con mi lengua, de sumergirme en tu interior y no detenerme hasta que explotes de puro placer.
—Volvió a sonreír. Esta vez, no quise decir nada porque seguro que me había ruborizado; desde luego, el corazón me latía desbocado.
Sus palabras me habían alterado y el muy imbécil, lo sabía.
Claro que lo sabía.
Ya fuera por su maldito olfato, mi sonrojo o mi mueca desesperada, daba igual; la cuestión es que el demonio que estaba ante mí sabía que lo que había dicho era la pura realidad.
Lo deseaba, me volvía loca, la magia que nos unía era antigua y no creía poder romperla, y lo que era aún peor, Astaroth era un bombón con piernas a la que ninguna mortal podría resistirse.
¡Maldición!
«Odio San Valentín», pensé, mientras intentaba tranquilizarme.
Sí, lo habéis adivinado.
No lo conseguí.