Ups, he invocado a un demonio por error CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

—¡No puedes ser real! Esto es una pesadilla.

El demonio se carcajeó de nuevo. Esa risa me enfureció aún más.

—Puedes negarlo todas las veces que quieras, pero te estoy diciendo la pura verdad y... —Sonrió abiertamente, mirándome de abajo arriba, como si me acariciara—, no parece que te moleste demasiado. Tu cuerpo te delata y eso me encanta.

—¿Cómo que mi cuerpo me delata? ¡Tú estás mal de la cabeza! Lárgate de una vez.

El muy maldito rompió a reír. Tenía ganas de agarrar mi bate y golpearle en la cabeza hasta que lo rompiera, el bate, por supuesto.

—Cielo, tu cuerpo no miente. Además, ¿irme? ¿Por qué? Me has llamado tú y, lo siento, ¡pero me has anclado!

—¿Anclado?

—¿Siempre respondes a las preguntas con otras preguntas?

—se burló él, sin dejar de mirarme fijamente.

Suspiró con dramatismo y movió los brazos como enfatizando su puesta en escena—.

¡Pobre de mí que estoy anclado! Al invocarme a este mundo, has unido nuestras magias y...

—Se puso serio y lo que afirmó a continuación me dejó sin aliento—.

Tu alma me pertenece, estamos unidos para siempre. ¡Enhorabuena!

Estuve a punto de desmayarme ante esa declaración pero, en lugar de eso, opté por insultarle a gritos mientras le lanzaba los libros que había a mi alrededor.

Sí, por fin fui capaz de moverme y comencé a tirarle los valiosos ejemplares de mis estanterías.

Pero el muy maldito los esquivaba sin problema.

—¡No puede ser! ¡Es imposible! ¿Cómo que tu alma le pertenece? Pero ¿has hecho un trato con un demonio?

Lo reconozco, no me acordaba de Rowan hasta que soltó eso.

—¡Por tu culpa! —le reproché sin poder contenerme, ahora tenía ganas de lanzarle los libros a ella.

—¡Yo no te pedí eso! Solo quería encontrar novio.

—Pues vete de aquí, bruja. Tengo que hablar con mi compañera y tu presencia me molesta.

Tanto Rowan como yo mandamos callar al demonio, quien permanecía, por suerte, dentro del pentagrama; quizás no podía salir de su interior, era una posibilidad.

—¡Qué genio tienes, cielo! Eso me gusta.

—Te repites mucho, aburres. Y deja de llamarme cielo, no soy nada para ti.

Él se encogió de hombros y continuó:

—Puedes negarlo todas las veces que quieras pero, desde hoy, estaremos juntos para siempre.

Volví a gritar, me revolví los cabellos, pateé el suelo con el pie y me acordé de los muertos de mi amiga, del demonio y del dios del destino.

El hechizo había salido mal, por eso odiaba ese día, esa puta celebración que no traía más que problemas.

Ahora, mi amiga miraba embobada a ese puñetero demonio, con cara de no haber roto un plato -cuando todo era culpa suya por pedirme que hiciera un hechizo de magia negra-, Astaroth me comía con los ojos y yo no sabía qué hacer.

El hechizo había salido como el culo y no tenía ni idea de cómo romper lo que había creado con ese demonio, ya que cosas así no te las enseñaban en la Academia de magia.

—Vete, me niego a hacer un trato contigo. Ni he firmado nada, ni te he llamado, así que te sugiero que regreses al Inframundo —bramé mientras ordenaba a mi magia que sellara el pentagrama y abriera un portal al mundo demoníaco, esperaba que funcionara o...

Sin el menor esfuerzo, Astaroth movió de nuevo la mano y borró, literalmente, el pentagrama del suelo. Luego, avanzó un paso para, lenta y peligrosamente, acercarse hacia mí.

Intenté alejarme, pero mi cuerpo no respondió. Estaba como paralizada, con la mirada clavada en esos ojos rojos que brillaban con intensidad.

«¡Me ha embrujado!», pensé con horror, ya que mi cuerpo reaccionaba a su presencia, a su aroma, a su... sonrisa.

¡Qué vergüenza! Me humedecí, ya sabéis a qué me refiero.

Retuve el aire cuando alzó la mano, cerré los ojos al pensar que quizás fuese a golpearme, pero cuando noté que me acariciaba la mejilla con suavidad, jadeé. No debí abrir los ojos porque, al hacerlo, quedé cautivada por su mirada.

—Con gusto te demostraré que soy muy real, soy lo que deseabas y nuestro destino está enlazado por toda la eternidad.

Eres mía, bruja; yo soy tuyo y esta noche nos has enlazado al completar el ritual.

Un demonio solo tiene una compañera por toda la eternidad y...

esa eres tú —su voz se volvió más ronca, sensual, y era como una suave caricia directa a mi alma, a mi corazón y a otras partes de mi cuerpo que reaccionaron no solo a sus palabras, sino también a su toque.

Ese demonio era peligroso y me había dejado sin palabras.

—¡Aléjate de ella!

Rowan. El demonio no desvió la mirada de mis ojos, aunque hizo una mueca de disgusto.

—¿Todavía sigues aquí? —Volvió a mover la mano y dijo—: Odio cuando hay testigos, no me gusta compartir.

Rowan gritó durante unos segundos y luego... Miré hacia mi amiga, pero había desaparecido.

—¡Rowan! ¿Qué has hecho con ella? —le pregunté enfadada.

Él esbozó una sonrisa antes de responderme:

—La he enviado a una isla desierta para que se tome unas largas vacaciones. Estará bien. —Me agarró de la barbilla con suavidad, acariciándome con sus dedos—. Olvídate de ella, cielo; esta noche es para nosotros dos.

Entonces se agachó, sus labios se acercaban a los míos y... aproveché el momento.

Le di un rodillazo directo a sus partes, con todas mis fuerzas, y logré mi propósito, zafarme de él.

Astaroth lanzó un alarido de dolor y se dobló con sus manos en sus... Ya sabéis.

No perdí el tiempo. Me alejé de él y corrí hacia la puerta de mi casa, cuando conseguí salir al pasillo, murmuré un hechizo de teletransporte para huir lo más rápido posible de ese demonio.

Oí pasos a mi espalda, ladeé la cabeza y lo vi correr hacia mí.

No pude evitarlo, le mostré un dedo -vamos, que lo insulté con un gesto-, mientras mi magia me envolvía y conseguía transportarme, lejos de mi casa, al único sitio que se me ocurrió: las puertas de mi vieja Academia de magia.

Aquel lugar era un ancla en mi vida, una referencia, y las brujas recurríamos a él cuando necesitábamos respuestas, ya que la biblioteca de la Academia estaba abierta para los antiguos alumnos y era la mejor del mundo.

En cuanto me materialicé frente a sus puertas, mis piernas fallaron y caí de rodillas al suelo. Estaba temblando, y notaba mi magia alterada, como si no fuera capaz de apagarla.

Cuando me disponía a levantarme, de pronto, una punzada de dolor me sorprendió. Fue directa al corazón y notaba como si este estuviera a punto de estallar.

Grité de dolor. Esperaba que alguien de la Academia me viera o me oyera porque necesitaba ayuda.

Mi mente comenzó a nublarse, perdí las pocas fuerzas que tenía y acabé tumbada de lado, sin dejar de chillar, tiritando y cubierta por una fría capa de sudor.

«¿Qué me está pasando?», me pregunté y ese fue mi único pensamiento coherente antes de perderme en el intenso dolor que sentía. «¡Maldito demonio!», mascullé.

Y, después... oscuridad.

Esto último lo agradecí. Nunca soporté bien el dolor y menos cuando este parecía que me deparaba la muerte.