Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXV — Biplanos #2
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CAPÍTULO XXV — Biplanos #2

Lo pensé así, y me odié un poco por pensarlo.

Era hermoso de la misma forma en que es hermosa una máquina bien hecha, un reloj, un motor.

Cien aviones y diez mil hombres moviéndose juntos, cada uno en su sitio, cada uno a su tiempo, como las piezas de un mecanismo enorme.

Lo habían ensayado tres semanas. Lo hacían bien.

Y todo eso, cada avión que veía en el cielo, era inútil.

* * *

Lo sabía porque sabía lo que había pasado el 5 de marzo, hacía cuatro semanas, en un aeródromo de Inglaterra.

En Eastleigh, cerca de Southampton, un piloto de pruebas de la casa Vickers-Supermarine, un hombre que se llamaba Mutt Summers, había despegado en un prototipo pintado de azul claro, con una matrícula, K5054, y lo había llevado a mil metros, y había volado ocho minutos, y había aterrizado, y al bajar de la cabina había dicho: No quiero que se toque nada.

El avión se llamaba Spitfire .

Era un monoplano. Alas elípticas, finas, de metal. Tren de aterrizaje retráctil. Cabina cerrada. Un motor Rolls-Royce Merlin de mil caballos. Ocho ametralladoras en las alas. Quinientos sesenta kilómetros por hora.

El Heinkel 51 que tenía encima de la cabeza volaba a trescientos treinta. Tenía dos ametralladoras. Era de tubos y tela. Tenía el tren de aterrizaje fijo y la cabina abierta.

Un Spitfire los derribaría a los sesenta antes de que se dieran cuenta de que estaba allí.

Y en Augsburgo, en la fábrica de la Bayerische Flugzeugwerke, había un prototipo de caza que Messerschmitt había hecho volar el año anterior, un monoplano también, todo de metal, con cabina cerrada y tren retráctil, el Bf 109 , que tenía que competir con el de Heinkel para ver cuál de los dos se fabricaba.

Y en Dessau, en la de Junkers, el prototipo de un bombardero en picado de alas de gaviota, monoplano, que se llamaría Stuka .

Todo eso existía. En prototipos. En hangares. En planos.

Y lo que tenía delante, en el cielo de Döberitz, dando vueltas sobre la columna de Busse como halcones, eran biplanos de la Gran Guerra con motores nuevos. Lo mejor que tenía Alemania. Lo que Wever me había presentado con la cara seria, sabiendo lo que eran.

Es lo que tenemos.

* * *

La segunda fase empezó a las diez y cuarto.

La columna de Busse había llegado a la loma.

Los transportes de orugas se habían desplegado en abanico al pie de la ladera.

La infantería había saltado de los camiones y subía por la arena, en grupos, de cobertura en cobertura, hacia los lienzos blancos.

Los tractores de artillería se habían detenido detrás, y los artilleros desenganchaban las piezas y las emplazaban mirando al norte.

Al cabo de veinte minutos, en lo alto de la loma, junto a la torre de agua, alguien plantó una bandera gris.

Loma tomada.

Y entonces, por el noreste, aparecieron los Junkers 52 .

Seis. Trimotores grandes, lentos, de chapa ondulada, con las alas bajas y el tren fijo. Hacían de bombarderos enemigos. Venían a dos mil metros, en formación cerrada, directos hacia la loma. Directos hacia la división de Busse, que acababa de llegar y estaba desplegándose, sin cubrirse todavía.

Mölders cayó sobre ellos desde arriba.

Lo vi. Lo vimos todos. La escuadrilla más alta, la de tres mil quinientos metros, se ladeó a la vez y bajó en picado, en fila, sobre la formación de los Junkers , desde atrás y desde arriba, con el sol a la espalda.

Pasaron entre ellos a toda velocidad, simulando el fuego, y volvieron a subir.

Y detrás de ellos, desde el flanco, la de Lützow. Y desde abajo, la de Galland, subiendo.

Tres escuadrillas atacando desde tres direcciones a la vez a seis bombarderos lentos.

En la tribuna, los oficiales de la rama de Wever soltaron una exclamación. Uno aplaudió. Wever no. Wever miraba con los prismáticos, con la mandíbula apretada.

Los Junkers , según las reglas de la maniobra, se consideraban derribados cuando un caza pasaba a menos de cincuenta metros por detrás de ellos durante tres segundos. Los árbitros, en el suelo, con prismáticos y banderas, los iban marcando. Uno. Dos. Cuatro. Seis.

Los seis.

En cuatro minutos.

—Todos derribados, Majestad —dijo Wever, bajando los prismáticos—. Ni un Junkers ha llegado a la loma.

Asentí.

* * *

Guderian se volvió hacia mí desde la barandilla. Tenía la cara roja.

—Majestad. Ha sido… ha sido excelente. La coordinación entre la división y la aviación.

El apoyo cercano en el ataque. La cobertura en la consolidación.

Busse ha llegado a la loma exactamente cuando los bombarderos en picado habían terminado.

Ni un minuto antes ni uno después. —Golpeó el bastón contra la tarima—.

Es lo que llevo diez años diciendo que hay que hacer.

—Lo sé, Herr Feldmarschall.

—Y los cazas… —Guderian se volvió hacia el cielo, hacia los biplanos que volvían a formar sobre la loma—. Esos muchachos. Esos tenientes. Tres alturas, tres direcciones. En cuatro minutos.

—Lo sé.

Guderian me miró. Notó algo en mi voz. Se calló.

Wever, a mi izquierda, no había dicho nada. Seguía con los prismáticos en la mano, mirando los biplanos.

—Herr General —le dije, en voz baja.

—Majestad.

—¿Cuánto tardaría un monoplano de quinientos sesenta kilómetros por hora, con ocho ametralladoras, en derribar a esos sesenta?

Wever no se volvió. Siguió mirando el cielo.

Tardó mucho en contestar.

—No lo sé, Majestad —dijo al fin—. No sé si existe ese avión.

—Existe —dije—. Desde hace cuatro semanas. En Inglaterra.

Wever bajó los prismáticos. Muy despacio.

Se volvió hacia mí. Tenía la cara pálida.

Detrás de nosotros, el Estado Mayor seguía tomando notas, comentando, señalando la loma con los lápices. Nadie había oído lo que habíamos dicho. Salvo Hollenbach, a mi derecha, que no se movió. Y Kesselring, dos pasos más atrás, que había dejado de escribir.

* * *

En la loma, Busse había bajado de su vehículo de mando y estaba de pie junto a la torre de agua, con los prismáticos al cuello, mirando hacia la tribuna.

Lo vi por los míos. Un hombre de treinta y ocho años, delgado, con gafas, con la gorra del Estado Mayor.

Se había quitado los guantes. Tenía la cara contenta de un oficial al que le ha salido bien una maniobra difícil delante de sus superiores.

Saludó hacia la tribuna. No podía verme desde allí, a tres kilómetros. Saludó hacia la tribuna en general.

Arriba, los biplanos del Richthofen volvían en formación hacia el aeródromo, en cuñas de tres, con las colas rojas brillando al sol. Galland. Lützow. Mölders. Trautloft. Volando bajo sobre la llanura de arena, sobre los pinos, sobre la loma, sobre Busse.

Los seguí con los prismáticos hasta que se perdieron hacia el oeste.

Luego bajé los prismáticos y me quedé mirando la loma, la torre de agua, la bandera gris, y al hombre pequeño con gafas que saludaba a una tribuna que no podía ver.

No sabía nada.

Ninguno de ellos sabía nada.

Y yo lo sabía todo. Y no podía decírselo. Y lo único que podía hacer era asegurarme de que no pasara.