CAPÍTULO XXV — Biplanos
Campo de maniobras de Döberitz, al oeste de Berlín.
El campo de maniobras de Döberitz era una llanura de arena, brezo y pinos ralos, al oeste de Spandau, donde el ejército prusiano llevaba ochenta años jugando a la guerra.
Desde un altozano de arena en el borde norte, junto a un bosquete de abedules, se veía casi todo: kilómetros de terreno ondulado, con caminos de tierra, trincheras viejas de otras maniobras, algún pinar, un arroyo, y al fondo, en el horizonte, el humo de las chimeneas de Spandau.
Habían levantado allí una tribuna de madera. Sin toldo. Sin banderas. Una tarima de tablas sobre caballetes, con una barandilla delante y veinte sillas plegables que nadie usaba.
Yo estaba de pie junto a la barandilla, con el capote gris y unos prismáticos que me había dado Hollenbach.
A mi derecha, Hollenbach. A mi izquierda, Wever, con su cara afilada y una carpeta bajo el brazo.
Detrás, el Estado Mayor: Blomberg, Fritsch, Beck, Guderian con su bastón, Kesselring, Manstein, Rommel, que había vuelto la noche anterior de Wünsdorf con las manos llenas de grasa de motor y no se las había podido limpiar del todo.
Y una docena de oficiales más del OKH, de la rama aérea de Wever y de la de Kesselring, con cuadernos y lápices.
Hacía un día limpio, el primero de abril. Cielo azul pálido, sin una nube. Viento flojo del oeste. Buena visibilidad. Un día para volar.
—Majestad —dijo Wever—. Le explico la maniobra, si me permite.
Asentí.
—En tierra, una división de infantería del antiguo Heer, de las que están en mecanización.
La 3.ª de infantería, de Fráncfort del Óder.
Sesenta por ciento de vehículos. Ha recibido esta semana sus primeros transportes de orugas y sus primeros tractores de artillería.
—Señaló con la carpeta hacia el sur, hacia una línea de pinos a tres kilómetros—.
Avanza desde allí, en columna, hacia el norte, hacia nosotros.
Tiene orden de tomar aquella loma, la del depósito de agua, y mantenerla.
Miré con los prismáticos. Vi la loma, con una torre de agua de ladrillo en lo alto. Y más allá, en la línea de pinos, el polvo de una columna en movimiento.
—En el aire —siguió Wever—, cien aparatos.
Sesenta cazas, Heinkel 51 , del Jagdgeschwader 132 Richthofen , de aquí mismo, de Döberitz.
Y cuarenta de apoyo cercano, Heinkel 50 , bombarderos en picado, de la escuela de Schwerin.
Su misión, en dos fases. Primera: apoyo cercano a la división en el ataque a la loma.
Bombardear las posiciones del enemigo simulado.
Que están marcadas con lienzos blancos en el suelo.
Segunda: defensa del espacio aéreo sobre la división cuando haya tomado la loma.
Interceptar a los bombarderos enemigos simulados.
Que serán seis Junkers 52 de transporte, haciendo de enemigo.
—¿Biplanos? —pregunté.
Wever me miró.
—Los cazas y los de apoyo, Majestad. Todos. Es lo que tenemos.
Lo sabía. Lo había leído en los informes. Pero quería oírlo.
—¿Quién manda la división?
—El Major i.G. Theodor Busse, Majestad. —Fue Beck el que contestó, desde detrás—.
Del Estado Mayor. Un oficial excelente. Le hemos dado el mando para la maniobra porque el general de la división está en comisión de servicio en una Sturmdivision, aprendiendo los carros nuevos.
Busse tiene treinta y ocho años. Es el mejor oficial de operaciones de su promoción.
Me quedé un momento quieto.
Busse.
No dije nada.
* * *
—¿Y en el aire? —pregunté.
—Oficiales jóvenes, Majestad —dijo Wever—.
Lo hemos querido así. Los jefes de escuadrilla del Richthofen son todos tenientes y oficiales en su primer mando.
Los mejores pilotos que tenemos. —Abrió la carpeta—.
El jefe táctico de los cazas en el aire es el Oberleutnant Hannes Trautloft.
Veinticuatro años. Las escuadrillas las llevan el Leutnant Adolf Galland, el Leutnant Günther Lützow y el Leutnant Werner Mölders.
Me volví hacia él.
—¿Mölders?
—Un muchacho criado en Brandeburgo, Majestad.
Veintitrés años. —Wever buscó en la carpeta—.
Lo rechazaron dos veces en la escuela de vuelo porque se mareaba.
Insistió. Se mareaba en cada vuelo, vomitaba en la cabina y seguía volando.
Ahora es el mejor tirador de su escuadrilla. ¿Lo conoce Vuestra Majestad?
—No —dije—. He oído hablar de él.
Wever no preguntó dónde.
* * *
Galland. Mölders. Lützow. Trautloft.
Me los sabía. Como me sabía a Busse. Como me sabía a todos.
Galland, que en mi otra historia mandaría la caza alemana entera, que se enfrentaría a Göring en el 45 y al que destituirían por decir la verdad. Que pediría Spitfires para su escuadrilla en la batalla de Inglaterra, en una broma que no era una broma. Que sobreviviría a la guerra y moriría viejo.
Mölders, el primero en derribar cien aviones, al que matarían en el 41 en un accidente, de pasajero, en un avión de transporte, volando al funeral de otro.
Lützow, que en el 45 encabezaría con Galland la rebelión de los pilotos contra Göring, y que desaparecería en abril del 45, en un reactor, sobre Baviera, sin que nadie encontrara nunca el cuerpo.
Trautloft, que iría a España en agosto, con los primeros cazas de la Legión Cóndor.
Y en tierra, Busse.
Theodor Busse. En abril del 45 mandaría el 9.
º Ejército. El último ejército alemán entre el Óder y Berlín.
Lo que quedaba de él. Doscientos mil hombres en los bosques de Halbe, al sur de Berlín, rodeados por los rusos, intentando abrirse paso hacia el oeste para rendirse a los americanos y no a los soviéticos.
Con civiles, con refugiados, con heridos.
En los mismos pinares de arena de Brandeburgo, a cincuenta kilómetros del campo de Dahlewitz donde yo había aparecido.
Decenas de miles de muertos en una semana.
Soldados alemanes de diecisiete años, viejos de la Volkssturm , mujeres, niños.
Enterrados todavía, muchos de ellos, en los bosques, sin nombre.
Busse había sobrevivido. Había escrito un libro después, sobre la batalla. Había muerto en el 86, en su cama.
Ahora tenía treinta y ocho años y mandaba una división de infantería en una maniobra, en un día limpio de abril, en una llanura de arena a quince kilómetros de Berlín.
No sabía nada.
* * *
—Empiezan, Majestad —dijo Hollenbach.
Levanté los prismáticos.
La columna de la 3.ª de infantería salía de la línea de pinos.
Primero, una compañía de motoristas, desplegándose en abanico por los caminos de tierra.
Luego, los transportes de orugas, nuevos, grises, con la llave púrpura todavía sin pintar en los costados, levantando una nube de polvo amarillo.
Luego, camiones con infantería. Luego, tractores con cañones enganchados.
Luego, más camiones. Una serpiente larga, ordenada, que avanzaba por la llanura a quince, veinte kilómetros por hora.
Y en el centro de la columna, un vehículo de mando de seis ruedas con antena de varilla. Busse.
Desde arriba, el ruido. Primero lejano, como un enjambre. Luego más cerca. Luego, encima.
Los cazas.
Venían del oeste, del aeródromo de Döberitz-Elsgrund, en formaciones de tres, en cuñas, a mil quinientos metros.
Sesenta aparatos. Biplanos de alas plateadas, con las cruces negras en el fuselaje y en las alas, y las colas pintadas de rojo: el color del Richthofen , el color del Barón Rojo, el de la escuadrilla de la Gran Guerra cuyo nombre llevaban.
Pasaron sobre la tribuna con un rugido de motores BMW de setecientos caballos, tan bajo que sentí el aire de las hélices en la cara, y siguieron hacia el sur, hacia la columna, y empezaron a trazar círculos sobre ella, a distintas alturas, como halcones sobre un campo.
—Cobertura alta —dijo Wever, a mi lado, sin bajar los prismáticos—. Trautloft ha escalonado las escuadrillas. Galland a mil quinientos. Lützow a dos mil quinientos. Mölders a tres mil quinientos, el más alto, para caer desde arriba sobre lo que venga.
Lo vi. Las tres escuadrillas, a tres alturas distintas, girando sobre la columna en círculos que se cruzaban sin tocarse. Bonito. Ordenado. Como un reloj.
—¿Y los de apoyo?
—Ahí vienen, Majestad.
Del noroeste. Más bajos. Más lentos. Cuarenta biplanos más grandes, más pesados, con una bomba de prácticas colgada bajo el fuselaje, de cemento, pintada de blanco. Los Heinkel 50 . Venían en columna, en hilera, a dos mil metros, directos hacia la loma del depósito de agua.
En la loma, en el suelo, se veían los lienzos blancos. Las posiciones del enemigo simulado. Trincheras, nidos de ametralladora, piezas de artillería, marcados con sábanas extendidas sobre la arena.
El primer Heinkel 50 llegó sobre la loma. Se ladeó. Se puso de morro. Y cayó.
Cayó en picado, casi vertical, con el motor aullando, durante seis, siete segundos, hacia el lienzo blanco más grande. Y a trescientos metros soltó la bomba y tiró de la palanca, y salió del picado rozando los pinos, y volvió a subir.
La bomba de cemento cayó a veinte metros del lienzo. Levantó un surtidor de arena.
El segundo. El tercero. El cuarto. Uno detrás de otro, cayendo sobre la loma como piedras, soltando, saliendo, subiendo. Surtidores de arena alrededor de los lienzos. Algunos cerca. Otros lejos. Uno, justo encima.
En la tribuna, los oficiales del OKH tomaban notas. Kesselring miraba con los prismáticos, inmóvil. Guderian se había adelantado hasta la barandilla y tenía la mano libre apretada sobre la madera.
Y la columna de Busse, en tierra, seguía avanzando hacia la loma. Al ritmo exacto. Sin parar. Con los bombarderos en picado cayendo delante de ella y los cazas girando encima.
Era hermoso.