CAPÍTULO XXIV — Helio #3
— La capacidad productiva —dijo Philips, todavía riéndose—.
Ese hombre ha respaldado su moneda con lo que fabrica.
No con lo que guarda. —Se secó los ojos—.
¿Sabe usted, señorita De Vries, cuántos años llevo diciendo eso?
Que la riqueza de una nación no está en sus sótanos, sino en sus fábricas.
Que el oro es un fetiche. Que lo que vale es lo que se hace.
—Sí, señor Philips.
—Los banqueros de Ámsterdam me miraban como a un loco.
—Philips dio una chupada al puro—. Y ahora un rey alemán lo pone en una circular oficial firmada por Schacht.
—Se rio otra vez—. Señorita, quiero que todos los pedidos alemanes se facturen en florines a partir de hoy.
Todos. Y que mi tesorero compre florines con todo el excedente de caja en francos y en libras.
—¿En florines, señor?
—En florines. —Philips dejó el puro—. Si el florín vale lo que fabrica Alemania, y Alemania va a fabricar con nuestras válvulas de radio, el florín vale un poco lo que fabricamos nosotros. —Sonrió—. Por fin alguien le pone precio a mi trabajo.
* * *
Londres. Banco de Inglaterra. 30 de marzo, 15:00 hrs.
Montagu Norman no se rio.
Leyó la circular de pie, con el sombrero de ala ancha puesto, junto a la ventana de su despacho de Threadneedle Street. La leyó tres veces. Luego se sentó, se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa, como el día de los efectos Mefo.
—Siepmann —dijo.
—Señor gobernador.
—Ese hombre acaba de hacer lo que yo llevo dieciséis años diciendo que no se puede hacer.
Siepmann esperó.
—Ha desvinculado una moneda del oro —dijo Norman—.
Sin devaluarla. Sin inflación. Sin pánico.
La ha vinculado a la producción. A lo que el país fabrica.
—Movió la cabeza—. Nosotros salimos del patrón oro en el 31, Siepmann.
Obligados. Con la libra hundiéndose un treinta por ciento en una semana.
Fue la mayor humillación de mi vida. Y no lo sustituimos por nada.
Por la confianza. Por la costumbre. Por el Imperio británico.
—Sí, señor gobernador.
—Y ahora ese hombre dice que su moneda vale lo que vale su país trabajando.
—Norman cogió la circular—. Y lo terrible, Siepmann, lo verdaderamente terrible, es que tiene razón.
Es lo que ha valido siempre cualquier moneda.
La libra, el dólar, el franco. Lo que pasa es que nosotros no lo decimos.
Decimos oro , decimos reservas , decimos confianza .
Porque si dijéramos la verdad, la gente se daría cuenta de que el valor de su dinero depende de que el país funcione. Y se asustaría.
Dejó la circular.
—Él no tiene miedo de decirlo. Porque su país funciona.
—Y hay otra cosa. —Norman se volvió a poner el sombrero—. El florín es de electro. Oro y plata. Lo ha dicho Schacht. Y el valor del metal es menos de la mitad del nominal. Lo cual quiere decir que ese hombre tiene oro y plata para acuñar. Mucho. Más del que tiene el Reichsbank, que no tiene nada.
—¿De dónde, señor gobernador?
Norman lo miró.
—De donde sale el cemento, Siepmann —dijo—. De donde sale el helio. De donde sale todo. —Se levantó—. Y el día que ese hombre decida respaldar el florín solo con oro, sin la industria, solo con el metal, puro, se acabó el patrón oro para todos los demás. Porque tendrá más oro que el mundo entero.
* * *
Basilea. Banco de Pagos Internacionales. 31 de marzo, 10:00 hrs.
Pierre Quesnay escribió su tercera nota a los gobernadores de los bancos centrales el martes 31 de marzo. Era la más corta de todas.
El ministro alemán de Economía ha comunicado a los socios comerciales del Imperio que el florín está respaldado por el valor de su metal más la capacidad productiva del Imperio.
No es una política monetaria. Es una declaración de principios.
El florín no es una moneda respaldada por oro. Es una moneda respaldada por un país.
A partir de este momento, la única forma de que el florín pierda valor es que Alemania deje de producir. Y, a juzgar por lo que vemos, eso no va a ocurrir.
Recomiendo a los bancos centrales miembros que empiecen a mantener una parte de sus reservas en florines. No porque nos guste. Porque no hacerlo será, dentro de un año, una imprudencia.
P. Q.
* * *
Cambridge. King’s College. 31 de marzo, 21:00 hrs.
Keynes leyó la circular de Schacht esa noche, en su sillón junto a la chimenea, con Lydia sentada en el suelo a sus pies, leyendo una novela.
La leyó una vez. Despacio.
Luego se quedó mirando el fuego mucho rato.
—Lydia.
—¿Mm?
—El billete para Berlín. El del 14 de abril. —Keynes dejó la circular sobre la mesita—. Cámbialo. Por uno antes. El primero que haya.
Lydia levantó la vista del libro.
—¿Tan importante es?
Keynes tardó en contestar.
—Ese hombre acaba de escribir la frase que le faltaba a mi libro —dijo—.
La que no me atreví a escribir. El dinero vale lo que el país puede hacer con él.
—Se quitó las gafas—. Llevo veinte años dándole vueltas, Lydia.
Y él lo ha dicho en una línea. A un ministro.
En su despacho. Sin teoría, sin ecuaciones, sin notas a pie de página.
Se quedó mirando el fuego.
—Quiero verle la cara —dijo—. A un hombre que piensa así. Antes de que alguien le explique que no se puede.