Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXIV — Helio #2
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CAPÍTULO XXIV — Helio #2

—Majestad, seré breve. Vuestra Majestad dijo en su emisión del 9 de marzo que los salarios se pagarían en florines, al cambio de normalización . Yo he fijado ese cambio: doce coma sesenta y siete marcos imperiales por florín. Funciona. Los bancos lo aceptan. Los socios lo aceptan.

Hizo una pausa.

—Pero tenemos el valor nominal del marco imperial, Majestad.

Lo conocemos: está en la ley del 24, respaldado en teoría por oro y divisas que el Reichsbank no tiene.

Y Vuestra Majestad dijo normalización . —Me miró por encima de las gafas—.

¿Cuál es el valor de la moneda, Majestad?

El de verdad. ¿Con qué está respaldado el florín?

Lo miré un rato.

Era una buena pregunta. La mejor que me habían hecho en dos meses. Y era una pregunta que me había hecho a mí mismo muchas veces, de noche, en la sala alargada, con el mapa de Europa en la pared.

Me levanté. Fui a la repisa de la chimenea, donde estaba la caja de pino de los mapas con la corona dentro. Al lado de la caja había un platito de porcelana. En el platito, una moneda.

La había creado la semana anterior. La primera. Para verla.

Era un florín. Del tamaño de un marco de plata, un poco más gruesa.

De un color extraño, entre el oro y la plata, un amarillo pálido, como el de la luz de invierno.

Una aleación de oro y plata, electro, como las primeras monedas de la historia, las de Lidia, hacía dos mil seiscientos años.

En una cara, una llave de ciudad dentro de un escudo con remate de torre.

En la otra, una corona de tres puntas. Sin cara de rey.

Sin nombre. Solo, en el canto, en letras pequeñas: IMPERIUM FERREUM .

La cogí. Volví a la mesa. Se la di.

Schacht la cogió con dos dedos. La miró. La pesó en la palma. La hizo sonar contra el tablero de roble, con un tintineo claro y largo. La miró a contraluz, contra la ventana.

—Electro —dijo—. Oro y plata.

—Sí.

—¿En qué proporción?

—En la que hace falta.

Schacht la dejó sobre la mesa, entre los dos.

—Majestad, con todo respeto, el valor del metal de esta moneda no llega ni a la mitad de doce marcos con sesenta y siete.

—Lo sé.

—Entonces…

—El valor del metal, doctor Schacht —dije—, más el valor de lo que puede mover.

Schacht esperó.

—La industria alemana —dije—. La universidad alemana.

Los astilleros alemanes. Los talleres. Los carros.

No solo la aleación de oro y plata de la moneda.

Todo lo que hay detrás. Todo lo que ese florín puede comprar, construir, levantar, mover.

Los dos millones de hombres de las obras.

Las autopistas. Los diques. Los dirigibles.

Las fábricas de la Corona que se levantarán antes del 38.

El acorazado de Wilhelmshaven. Los veinticuatro laboratorios de Gotinga, de Heidelberg, de Berlín, de Múnich.

Puse el dedo sobre la moneda.

—Eso es lo que vale un florín, doctor Schacht. Lo que Alemania puede hacer con él. No lo que pesa.

Schacht no contestó enseguida.

Se quedó mirando la moneda. Luego me miró a mí. Luego otra vez a la moneda.

—Majestad —dijo al fin—, eso que acaba de decir… ningún banquero central del mundo lo aceptaría como respaldo de una moneda.

—Lo sé.

—Es exactamente lo contrario de lo que hemos aprendido todos. El patrón oro dice que una moneda vale lo que vale el oro que hay detrás. Que el Estado no puede prometer más de lo que tiene en la cámara acorazada. Que si promete más, miente. Y que la mentira se paga con inflación.

—El patrón oro, doctor Schacht —dije—, dice que una moneda vale lo que vale una cosa que no sirve para nada.

Un metal amarillo enterrado en un sótano.

Que no se come, que no construye, que no mueve.

—Me senté—. Yo le digo que el florín vale lo que vale un país entero trabajando.

Y que, mientras el país trabaje, el florín valdrá.

—¿Y si el país deja de trabajar?

—Entonces no valdrá nada. —Lo miré—. Igual que el marco en el 23, cuando el país dejó de trabajar. Usted lo sabe mejor que nadie. Usted lo paró.

Schacht se quedó callado un rato largo.

Luego cogió la moneda. La sostuvo en la palma un momento más. Y me la devolvió.

—Majestad —dijo—, ¿me permite decírselo a los socios? Con esas palabras.

—Para eso se lo he dicho.

Schacht se levantó. Cogió el sombrero.

En la puerta se detuvo.

—Majestad. Una última pregunta. —Se volvió—. ¿ Imperium Ferreum ?

—El Imperio de Hierro, doctor Schacht.

—En latín.

—En latín. En el canto. Donde no se ve si no se busca. Para que el que lo busque sepa lo que lleva en el bolsillo.

Schacht asintió. Y salió.

* * *

París. Comité des Forges. Lunes, 30 de marzo, 11:00 hrs.

La circular de Schacht llegó a los socios comerciales del Imperio el lunes 30 de marzo, por telegrama y por correo diplomático. Era corta. Una página. Firmada de su puño y letra.

El florín imperial está respaldado por el valor de su metal —aleación de oro y plata— más el valor de lo que puede mover: la industria, la universidad, los astilleros, los talleres y los vehículos del Imperio.

Su valor es el de la capacidad productiva del Imperio de Hierro.

El tipo de normalización con el marco imperial se mantiene en 12,67 hasta nuevo aviso.

Hjalmar Schacht. Ministro de Economía.

François de Wendel la leyó en su despacho del Comité des Forges, en la rue de Madrid, con una lupa, porque se le había roto el monóculo esa mañana y no había tenido tiempo de cambiarlo.

La leyó dos veces. Luego se quitó la lupa del ojo y se quedó mirando la pared.

— La capacidad productiva —dijo en voz alta, a nadie.

Su secretario, en la puerta, esperó.

—¿Sabe lo que significa esto, Laroche? —Wendel dejó la circular sobre la mesa—.

Significa que el florín no está respaldado por oro.

Está respaldado por Alemania. Por la siderurgia alemana, por las fábricas alemanas, por los obreros alemanes.

Y por mis obreros de Hayange, que están trabajando en las autopistas de Sarre y cobrando en florines.

Se levantó. Fue hasta la ventana.

—Llevo treinta años diciendo que la siderurgia alemana es el enemigo —dijo—. Y ahora resulta que la siderurgia alemana es el banco central de la moneda en la que me pagan.

Se quedó un rato callado.

—Laroche, ¿cuántos florines tenemos en caja?

—Unos cuatro millones, monsieur, de los pedidos de raíles.

—No los cambie a francos. —Wendel se volvió—. Ni uno. Guárdelos.

—¿Monsieur?

—Si el florín vale lo que vale Alemania trabajando —dijo Wendel—, y Alemania está trabajando como no ha trabajado nunca, el florín va a valer más dentro de un año que hoy.

Y el franco, con las elecciones de abril y el Frente Popular, va a valer menos.

—Se volvió a poner la lupa en el ojo—. Por primera vez en mi vida, Laroche, voy a apostar por Alemania contra Francia. Y que Dios me perdone.

* * *

Eindhoven. Philips. 30 de marzo, 12:00 hrs.

Anton Philips leyó la circular con un puro encendido y, cuando terminó, se echó a reír.

Una carcajada larga, de holandés, que hizo asomarse a su secretaria a la puerta.

—¿Señor Philips?