CAPÍTULO XXIV — Helio
Berlín. La residencia.
Ese mismo día, cuando el OKH se hubo ido y el patio se quedó vacío, me senté otra vez a la mesa larga y abrí la carpeta de Eltz-Rübenach.
Me la había mandado el ministro de Transportes una semana antes. Aviación civil y dirigibles. La había dejado para después, porque siempre había algo más urgente. Esa tarde la abrí porque en la primera página había una fotografía que no había podido quitarme de la cabeza desde que la vi.
Un dirigible.
Doscientos cuarenta y cinco metros de largo.
Plateado. Con cuatro motores diésel en góndolas colgadas del casco y, en las aletas de cola, dos grandes cruces gamadas negras sobre fondo blanco y rojo, que alguien había tapado ya con pintura gris en la fotografía de la semana anterior.
Debajo, el nombre, en letras rojas: Hindenburg .
LZ 129. El mayor objeto volador que había construido nunca el hombre. Había hecho su primer vuelo el 4 de marzo, hacía diecinueve días, sobre el lago de Constanza. Tenía previsto su primer viaje con pasajeros a Río de Janeiro el 31 de marzo.
Y estaba lleno de hidrógeno.
Sabía cómo terminaba. Lo había visto cien veces, en los noticiarios, en los documentales, en la voz de un locutor de radio americano que lloraba en directo, oh, the humanity .
El 6 de mayo de 1937, en Lakehurst, Nueva Jersey.
Una chispa, nadie supo nunca de dónde. Treinta y cuatro segundos.
Doscientos cuarenta y cinco metros de hidrógeno ardiendo como una antorcha en la noche.
Treinta y seis muertos. Y con él, el final de los dirigibles. De todos. Para siempre.
El Hindenburg se había diseñado para helio.
Lo sabía también. El helio no arde. Es inerte, más pesado que el hidrógeno, levanta menos, pero no arde.
Los ingenieros de Friedrichshafen lo habían diseñado para helio y luego lo habían tenido que llenar de hidrógeno porque el único país del mundo que producía helio en cantidad, los Estados Unidos, tenía prohibida por ley su exportación desde 1927.
Material estratégico. No lo vendían. Y menos a la Alemania de Hitler.
Llamé a Ewers.
—Hauptmann. Escriba una orden. Para el Ministerio de Transportes y para la Deutsche Zeppelin-Reederei.
Ewers sacó su libreta.
—Todos los dirigibles del Imperio cambiarán su gas sustentador por helio. Todos. El Graf Zeppelin y el Hindenburg los primeros. Antes del vuelo a Río. El helio lo pondrá la Corona.
Ewers levantó la vista.
—¿De dónde, Majestad? Los americanos no lo venden.
—No hace falta que lo vendan.
Ewers me miró un momento. Luego volvió a bajar la vista a la libreta y lo apuntó sin preguntar más. Ya nadie preguntaba.
Esa noche, en los hangares de Friedrichshafen, junto al lago de Constanza, aparecieron, alineados contra la pared del fondo, mil doscientos cilindros de acero de dos metros de alto, pintados de marrón, con una etiqueta blanca que decía en alemán: Helio. Pureza 99,9 %. Propiedad de la Corona.
No había quién los hubiera traído. Nadie los había visto llegar.
El vigilante nocturno, un hombre de sesenta años que había trabajado en los hangares desde los tiempos del conde Zeppelin, los encontró a las cinco de la mañana al hacer la ronda, y se quedó un rato largo mirándolos a la luz de la linterna antes de ir a despertar a nadie.
* * *
No me bastaba con dos dirigibles.
Lo había pensado esa misma tarde, mirando la fotografía.
Los dirigibles no habían muerto en Lakehurst porque fueran malos.
Habían muerto porque ardían. Con helio no ardían.
Y un dirigible con helio era, en 1936, la forma más cómoda, más segura y más silenciosa de cruzar un continente o un océano.
Más lenta que un avión, sí. Pero llevaba cien pasajeros con camarotes, comedor y salón con piano.
Y no necesitaba pistas de aterrizaje de dos kilómetros. Necesitaba un mástil.
Así que esa misma tarde dicté otras dos órdenes.
La primera: que en cada ciudad del Imperio de más de treinta mil habitantes se construyera un punto de embarque de dirigibles. Un mástil de amarre, una terminal, un hangar. Ciento noventa ciudades. Las Sturmdivisionen y los dos millones de obreros de las obras se encargarían de levantarlos.
La segunda era la que más me había costado pensar.
—Doce paquetes empresariales —le dije a Ewers—. Cada uno con lo necesario para fundar una compañía de dirigibles. Las naves, los hangares, los mástiles de sus rutas, la formación de las tripulaciones. Todo. Sin costo de entrada.
—¿Sin costo, Majestad?
—Sin costo de entrada. Pero no regalado.
Es un préstamo de la Corona. Cualquier alemán que crea que puede tomarlo, hacerlo solvente y devolverlo puede pedirlo.
Cualquiera. No hace falta que sea rico, ni que tenga un banco detrás, ni que sea noble, ni que sea del Partido, que ya no existe.
Solo que crea que puede. Y que lo demuestre.
Ewers lo apuntó.
—¿Y si no lo devuelve?
—Entonces la Corona se queda con la compañía y se la da a otro que crea que puede. —Me levanté—. Doce compañías, Hauptmann. Que compitan entre ellas. Que se roben los pasajeros. Que bajen los precios. Que inventen rutas que a mí no se me han ocurrido.
—¿Por qué doce, Majestad?
Lo pensé.
—Porque con una se hace un monopolio. Con dos, un acuerdo. Con doce, un mercado.
* * *
Friedrichshafen. Hangar de la Deutsche Zeppelin-Reederei. Martes, 24 de marzo, 09:00 hrs.
Hugo Eckener tenía sesenta y siete años, una barba blanca de capitán de barco ballenero y una cara curtida por treinta años de volar en dirigibles por todo el mundo.
Había dado la vuelta al mundo en el Graf Zeppelin en 1929.
Había cruzado el Atlántico más veces que ningún hombre vivo.
Era, en Alemania y fuera de ella, el hombre de los dirigibles.
Y era, desde el 33, el hombre al que el régimen había ido apartando poco a poco.
Porque se había negado a ponerle al Hindenburg el nombre de Adolf Hitler .
Porque se había negado a que el Partido usara sus dirigibles para propaganda electoral.
Porque había dicho en público, más de una vez, lo que pensaba de Goebbels.
Goebbels había prohibido a los periódicos mencionar su nombre.
Esa mañana, Eckener estaba de pie en el hangar, delante de los mil doscientos cilindros marrones, con la orden del Ministerio de Transportes en una mano y la etiqueta de uno de los cilindros, que había arrancado él mismo, en la otra.
Helio. Pureza 99,9 %. Propiedad de la Corona.
Su ingeniero jefe, a su lado, había abierto la válvula de uno de los cilindros y había hecho las pruebas. Tres veces.
—Es helio, Herr Doktor —dijo—. Puro. Más puro que el americano.
Eckener no contestó.
Se quedó mirando los cilindros. Mil doscientos. Lo suficiente para llenar el Hindenburg y el Graf Zeppelin . Y sobraba.
Llevaba diez años pidiendo helio. Diez años.
A los americanos, a su gobierno, a su Congreso, a su Departamento de Comercio.
Había escrito a Washington una y otra vez, había hablado con senadores, con secretarios, con quien quisiera escucharle.
Le habían dicho que no. Que era material estratégico.
Que no se vendía. Y él había vuelto a Friedrichshafen y había llenado el Hindenburg de hidrógeno, y cada vez que lo miraba en el hangar, plateado y enorme, pensaba en una cerilla.
Lo había dicho una vez, en una cena, después de dos copas: El Hindenburg es la bomba más bonita del mundo.
—Herr Doktor —dijo el ingeniero—. ¿Empezamos a vaciar el hidrógeno?
Eckener tardó en contestar.
—Sí —dijo al fin—. Hoy. Ahora. —Se guardó la etiqueta en el bolsillo del abrigo—. Y que nadie fume en el hangar hasta que haya salido la última molécula.
Se quedó todavía un rato mirando los cilindros.
—¿Sabe lo que pienso, Köhler? —dijo, sin volverse.
—No, Herr Doktor.
—Pienso que ese hombre ha mirado mi dirigible y ha visto lo mismo que veía yo. Una cerilla. —Hizo una pausa—. Y que no ha dejado que se encienda.
* * *
Berlín. Ministerio de Economía, Behrenstraße. Viernes, 27 de marzo, 18:00 hrs.
Hjalmar Schacht llevaba once días sin dormir más de cuatro horas seguidas.
En once días había hecho maravillas. Lo decía él, y lo decían los demás.
Había firmado pedidos con medio mundo: con Wendel, con Philips, con Škoda, con Brown Boveri, con Cockerill, con los textiles de Łódź, con las cementeras danesas, con las navieras holandesas, con los fabricantes de relojes suizos, con un exportador de café brasileño que había llegado a Berlín por su cuenta en el Graf Zeppelin , con dos casas de Nueva York que habían mandado a sus socios en el primer barco.
Tres mil cuatrocientos millones de florines en pedidos. Pagaderos en florines.
Y en once días todos le habían hecho la misma pregunta.
¿Qué vale un florín?
Él había contestado lo que sabía. El valor nominal.
El cambio de normalización con el marco imperial: un florín, doce marcos con sesenta y siete.
Lo había fijado él mismo, en la Behrenstraße, en una noche de cálculos, a partir de las cifras que le había mandado la Corona.
Era una cifra técnica. Un tipo de conversión. Funcionaba.
Pero no era una respuesta. Y los socios lo sabían. Normalización, había dicho el rey por la radio. Al cambio de normalización. Normalización ¿con qué? ¿Con el oro? ¿Con la libra? ¿Con el dólar? ¿Con qué estaba respaldado el florín?
Schacht no lo sabía.
Y Schacht no estaba acostumbrado a no saber.
Así que el viernes 27, a las seis de la tarde, después de cerrar el último pedido de la semana, se puso el abrigo, cogió el sombrero y se fue a la casa barroca sin pedir audiencia.
* * *
Berlín. La residencia. 18:40 hrs.
Ewers lo hizo pasar a la sala alargada. Yo estaba a la mesa, con los planos de los mástiles de amarre de los dirigibles extendidos delante.
Schacht se detuvo en la puerta. Se ajustó el cuello duro. Inclinó la cabeza.
—Majestad.
—Doctor Schacht. Siéntese.
Se sentó. En la primera silla de la derecha. Dejó el sombrero sobre la mesa.