CAPÍTULO XXIII — El suabo y el prusiano #3
Se volvió hacia Guderian.
—Yo creo, Herr Feldmarschall, que un oficial tiene que estar donde están sus hombres.
Delante. Siempre. No porque sea valiente: porque es la única forma de saber lo que pasa.
Desde un castillo no se ve nada. Desde un mapa no se ve nada.
Se ve desde la primera línea. Con los ojos.
Oliendo. Oyendo. Y luego se decide. En un segundo. Sin pedir permiso a nadie.
»Y creo que un soldado tiene que obedecer. Siempre. Pero que obedecer no es dejar de pensar. Que un buen soldado obedece la intención de la orden, no la letra. Que si la orden dice toma esa colina y la colina está vacía y la siguiente está llena de italianos que no te esperan, tomas la siguiente.
Hizo una pausa.
—Y creo… —Se detuvo. Bajó la vista—. Creo que me he equivocado en algunas cosas, Herr Feldmarschall. En los últimos años.
Guderian esperó.
—Creí en él —dijo Rommel, muy bajo—. En el otro.
En Hitler. No en el Partido: en él. Me pareció que era uno de los nuestros.
Un soldado del frente. Un hombre del pueblo que había estado en las trincheras, como yo, que sabía lo que era el barro, que no era un noble ni un general de castillo.
Me pareció que iba a devolver a Alemania lo que le habían quitado.
—Se le cerró la voz—. Y luego vi lo que hacía.
Con los judíos. Con los curas. Con los que no pensaban como él.
El 30 de junio. Y me dije que eso era política, que no era asunto de un soldado. Que un soldado obedece.
»Y el viernes, hace tres semanas, el día del juicio, en la Wilhelmplatz…
—Rommel no levantó la vista—. Yo estaba allí, Herr Feldmarschall.
Entre la gente. De paisano. Fui a verlo.
Y cuando el rey dijo o por haber aceptado, por conveniencia, a quienes tienen esas ideas , me sentí como un niño al que pillan robando.
Guderian no dijo nada. Se acordaba de la escalinata del Kaiserhof. De la punta de sus propias botas.
—No por conveniencia —dijo Rommel—. Yo no lo acepté por conveniencia. Lo acepté porque creí. Y eso es peor.
—¿Peor?
—Peor, Herr Feldmarschall. —Rommel levantó por fin la vista—. El que acepta por conveniencia sabe que se está equivocando. El que acepta porque cree no lo sabe. Y por eso no para.
El coche se detuvo delante de la Kriegsschule de Potsdam, un edificio largo de ladrillo con un patio de armas delante. El chófer bajó el cristal de separación.
—Hemos llegado, Herr Feldmarschall.
Ninguno de los dos se movió.
Guderian se quedó mirando a Rommel un rato largo.
—Rommel —dijo al fin—. ¿Sabe por qué le ha dado ese hombre una división con nombre? ¿A usted? ¿Un teniente coronel de infantería de montaña que no ha subido nunca a un carro?
—No, Herr Feldmarschall.
—Yo tampoco lo sabía hasta hace diez minutos.
—Guderian cogió el bastón—. Ahora creo que sí.
Porque usted va siempre delante. Y porque acaba de decirme que se equivocó.
Un hombre que va delante y que sabe decir me he equivocado es exactamente el hombre al que se le puede pedir que arda dentro de un carro junto a sus muchachos. Porque es el único que lo haría.
Rommel no contestó.
—Mañana —dijo Guderian—. A las seis de la mañana.
En Wünsdorf. Preséntese en el campo de maniobras de la Panzertruppenschule.
Pregunte por el instructor jefe de las Sturmdivisionen.
Le van a subir a un PzKw-1. Le van a enseñar a conducirlo, a cargarlo, a apuntarlo, a repararlo.
Durante dos semanas va a ser usted tripulante.
Conductor, cargador, artillero, radio, jefe de carro.
En ese orden. Y luego hablaremos de la Purpurrote Panzerschule .
—A sus órdenes, Herr Feldmarschall.
Rommel abrió la puerta. Se bajó. Se puso la gorra. Se cuadró en la acera, junto al coche, delante de la escuela donde llevaba seis meses enseñando táctica de infantería a los cadetes.
Guderian bajó la ventanilla.
—Rommel.
—Herr Feldmarschall.
—Escriba eso. Lo del Matajur. Lo de los huecos y la retaguardia y no parar.
Como me lo ha contado a mí, no como en el informe oficial.
Yo estoy escribiendo un libro sobre los carros.
Lo termino este año. Usted escriba uno sobre la infantería.
Y dentro de un año los leeremos juntos y veremos que son el mismo libro.
Rommel se quedó un momento quieto. Luego, por primera vez en todo el día, sonrió. Una sonrisa ancha, de campesino suabo, que le cambió toda la cara.
—Ya lo estoy escribiendo, Herr Feldmarschall. Para los cadetes. Lo llamo La infantería ataca .
Guderian se rio. Una carcajada corta, de verdad.
—Entonces el mío se llamará ¡Atención, carros! —dijo—. Y el de usted y el mío irán juntos en la misma estantería.
Subió la ventanilla. El Horch arrancó.
Rommel se quedó en la acera, firme, saludando, hasta que el coche desapareció por la esquina, hacia el sur, hacia Wünsdorf.
Luego bajó la mano. Se miró las botas un momento. Y entró en la escuela con un paso distinto del que había traído por la mañana.