CAPÍTULO XXIII — El suabo y el prusiano #2
—Un cabo de veinte años —dijo Leeb.
Lo dijo a Raeder, a Dönitz, a Blomberg, que estaban juntos junto a los coches.
— Ardiendo junto a sus carristas. —Leeb movió la cabeza—. Yo soy católico, Herr Großadmiral. Y no sé si a un hombre se le puede pedir eso. Que muera así. Quemado. Dentro de una caja de acero.
—En la Marina se le pide desde siempre —dijo Dönitz.
Leeb lo miró.
—El comandante de un barco se hunde con su barco —dijo Dönitz—.
Es la tradición. No la ley: la tradición.
Si el barco se hunde y hay tiempo de evacuarlo, el comandante es el último en salir.
Si no hay tiempo, no sale. En el Skagerrak, en el 16, se hundieron once barcos alemanes.
Y muchos de sus comandantes se quedaron a bordo hasta el final.
—Eso es en el mar.
—Es igual en el mar que en tierra, Herr Generaloberst —dijo Dönitz—.
Un carro es un barco pequeño. Con tripulación.
Con un comandante. Lo único que ha hecho ese hombre ha sido decir en tierra lo que en el mar hemos sabido siempre.
—Encendió un cigarrillo—. Y me alegro de que lo haya dicho.
Porque en la Gran Guerra, en tierra, los generales no se hundían con su barco. Se iban en coche.
Blomberg, que no había hablado, se puso rígido.
—Dönitz —dijo Raeder, en voz baja.
—Perdón, Herr Großadmiral. —Dönitz echó el humo—. Pero es verdad.
* * *
Rommel seguía junto al portal.
No había hablado con nadie. Nadie había hablado con él. Llevaba media hora de pie, firme, con las manos a la espalda y la Pour le Mérite al cuello, mirando a los generales que hablaban en grupos por el patio. Como un teniente en un casino de coroneles.
Era el más joven de todos. El de menor rango hasta hacía una hora. El único que no había pisado nunca el Estado Mayor ni la Kriegsakademie como alumno. El único que no era prusiano ni noble ni hijo de general. El único que tenía la Pour le Mérite .
Y acababa de recibir una división con nombre. Con el color de la corona.
No sabía qué hacer con ella.
Lo había sabido siempre, en su vida, qué hacer.
En Francia, en el 14, en el Argonne, con una bayoneta y sin munición, contra tres franceses.
En Rumanía, en el 16, en las montañas, con una compañía.
En Italia, en el 17, en el Matajur, con unas pocas compañías de cazadores de montaña de Wurtemberg, cincuenta horas sin dormir, subiendo y bajando montañas, rodeando posiciones, apareciendo donde los italianos no lo esperaban.
Lo había sabido siempre porque siempre había mandado infantería.
Hombres a pie. Hombres a los que conocía por su nombre.
Nunca había mandado un carro. Nunca se había subido a uno.
Y acababan de darle una división entera de carros. La cuarta división con nombre del Königliches Heer. Purpurrote Panzerschule.
Rommel se separó del portal. Cruzó el patio sin prisa, con las botas sonando en la grava. Pasó junto a Kesselring y Wever, junto a Leeb y Dönitz, junto a Manstein y Beck. Se detuvo delante del grupo de Guderian.
Se cuadró.
Guderian se volvió. Lo miró de arriba abajo.
—Herr Feldmarschall —dijo Rommel.
—Herr Generalleutnant.
Rommel tragó saliva.
—Mariscal —dijo—, necesito… —Se detuvo. Volvió a empezar—. Necesito aprender a dirigir los carros. Si no, será una deshonra que lleve el mando de semejante fuerza.
Rundstedt, Fritsch, Weichs y Feßmann se quedaron callados.
Guderian miró a Rommel un momento largo. Los ojos azules del suabo, muy claros, fijos en los suyos. Sin bajar la vista. Sin pedir perdón. Pidiendo solo lo que había pedido.
—¿Ha venido en coche, Rommel?
—En tren, Herr Feldmarschall. Desde Potsdam.
—Entonces venga conmigo en el mío —dijo Guderian—. Voy a Wünsdorf. Le dejo en Potsdam por el camino.
—Herr Feldmarschall, no quisiera…
—Rommel. —Guderian levantó una mano—. Me ha pedido que le enseñe. Le voy a enseñar. Empezando ahora. —Se volvió hacia los demás—. Señores.
Saludó con el bastón. Y echó a andar hacia su coche, un Horch negro con el banderín de mariscal en el guardabarros.
Rommel saludó a los demás, rápido, reglamentario, y lo siguió.
* * *
Carretera de Berlín a Potsdam. 13:20 hrs.
El Horch de Guderian salió por la Potsdamer Chaussee hacia el sur, entre los pinares del Grunewald, con el sol de mediodía entrando en diagonal por las ventanillas.
Guderian iba detrás, a la derecha, con el bastón entre las rodillas. Rommel, a su izquierda, sentado muy recto, con la gorra en las rodillas. El chófer y un ayudante, delante. El cristal de separación, subido.
Durante los primeros diez minutos, ninguno de los dos habló.
Luego Guderian se volvió.
—Cuénteme el Matajur, Rommel.
Rommel lo miró.
—Herr Feldmarschall, está en los libros. En el informe oficial. En…
—No quiero el informe oficial. Lo he leído. Todo el mundo lo ha leído. —Guderian hizo un gesto con la mano—. Quiero que me lo cuente usted. Cómo lo pensó. Qué vio. Qué hizo en cada momento y por qué.
Rommel tardó un momento. Luego empezó a hablar.
Habló durante media hora. Con las manos, cada vez más. Con la voz, cada vez más rápida, con el acento suabo que se le escapaba cuando se entusiasmaba y que en los casinos de oficiales prusianos le había costado más de una sonrisa de desprecio.
Le habló de octubre de 1917. De Caporetto.
Del batallón de montaña de Wurtemberg, al que pertenecía, que había recibido la orden de cubrir el flanco de la ofensiva austro-alemana contra las líneas italianas en el Isonzo.
De la niebla. De la lluvia. De las montañas, empinadas como paredes, con las posiciones italianas en las cumbres y los senderos de mulas zigzagueando por las laderas.
Le habló de cómo, en vez de atacar las posiciones de frente, como mandaban los manuales, había buscado los huecos.
Los senderos que nadie vigilaba. Los barrancos que los italianos creían impracticables.
Cómo había metido a sus compañías por esos huecos, de noche, en silencio, y había aparecido detrás de las posiciones italianas, en su retaguardia, donde nadie esperaba a nadie.
—Y entonces se rendían, Herr Feldmarschall —dijo Rommel—.
No porque los hubiéramos vencido. Porque no entendían qué había pasado.
Estaban mirando hacia delante, hacia donde tenía que venir el enemigo, y el enemigo aparecía detrás.
Y no sabían cuántos éramos. Creían que éramos un regimiento, una división. Éramos ciento cincuenta hombres.
Le habló de la velocidad. De no parar nunca.
De no consolidar, como mandaban los manuales, después de tomar una posición, sino seguir, seguir, seguir, antes de que el enemigo se diera cuenta de lo que estaba pasando.
Cincuenta horas. Sin dormir. Sin comer casi.
Subiendo y bajando montañas. Tomando una cumbre, luego otra, luego otra. Hasta el Matajur.
—Nueve mil prisioneros —dijo—. Ochenta y un cañones. Con unas pocas compañías. Y perdí seis hombres.
—¿Seis?
—Seis muertos. Treinta heridos. Me acuerdo de los nombres de los seis.
Guderian no dijo nada durante un rato.
—Rommel —dijo al fin—. ¿Sabe lo que me acaba de contar?
—Herr Feldmarschall…
—Me acaba de contar cómo se manda una división acorazada.
—Guderian se inclinó hacia delante—. Los huecos.
La retaguardia. La velocidad. No parar a consolidar.
Aparecer donde el enemigo no te espera para que no sepa cuántos sois.
Seguir, seguir, seguir. —Golpeó el bastón contra el suelo del coche—.
Eso es exactamente lo que llevo diez años intentando explicarle al Estado Mayor.
Que los carros no son para romper el frente de frente.
Son para meterse por los huecos y aparecer detrás.
Para hacer en la llanura lo que usted hizo en las montañas.
Con cien kilómetros en lugar de diez. Con mil carros en lugar de ciento cincuenta hombres.
Rommel lo miraba con la boca un poco abierta.
—Usted no necesita aprender a mandar carros, Rommel —dijo Guderian—. Usted ya sabe mandarlos. Lo que necesita es aprender a conducirlos.
* * *
El coche entró en Potsdam por la Berliner Straße. A la derecha, el lago, todavía con placas de hielo en las orillas. A la izquierda, las cúpulas verdes de los palacios.
Guderian volvió a hablar, en otro tono.
—Ahora dígame otra cosa, Rommel. No de táctica.
—Herr Feldmarschall.
—¿Cómo ve usted el mundo?
Rommel lo miró sin entender.
—Quiero decir —dijo Guderian— que me acaban de dar el mando de toda la caballería acorazada de este Imperio. Y que usted va a mandar una de mis divisiones. La que lleva el color de la corona. Y necesito saber qué clase de hombre es usted. No qué clase de soldado. Eso ya lo sé. Qué clase de hombre.
Rommel se quedó callado un rato largo. Miraba por la ventanilla, hacia el lago.
—Soy de Heidenheim, Herr Feldmarschall —dijo al fin—. En Suabia. Mi padre era maestro de escuela. Director de un instituto. Mi abuelo, también. Somos protestantes. Gente sencilla. Gente que trabaja.
»En mi casa no había generales. Ni nobles.
Ni oficiales de Estado Mayor. Cuando entré en el Ejército, en 1910, entré en un regimiento de infantería de Wurtemberg, no en la Guardia.
Y aprendí pronto que en el Ejército alemán había dos clases de oficiales: los que habían nacido para mandar y los que habían aprendido a hacerlo. Yo era de los segundos.
»En la guerra lo vi muy claro. Los que habían nacido para mandar estaban en los Estados Mayores. A cincuenta kilómetros. En los castillos. Mandando a los demás por teléfono. Y los que habíamos aprendido a mandar estábamos delante. En el barro. Con los hombres.