CAPÍTULO XXIII — El suabo y el prusiano
Berlín. Patio de la residencia.
Salieron al patio de grava como siempre, y como siempre se quedaron.
Ya no les sorprendía. Era casi una costumbre: la tercera vez en siete semanas. Salían de la sala alargada, cruzaban el vestíbulo, bajaban los tres escalones del portal y se detenían a veinte pasos, en el centro del patio, entre la fachada gris y los coches que esperaban en la calle. Y hablaban.
Esta vez eran más. Y hacía menos frío. Era el primer día de marzo en que el sol calentaba algo, y la grava del patio estaba seca, y en el jardín de detrás de la casa, por encima de la tapia, asomaban las ramas de un castaño con los brotes hinchados.
Los nuevos se quedaron al principio un poco apartados.
Kesselring junto a Wever, como si buscara a alguien de su arma.
Manstein solo, de pie, con las manos a la espalda, mirando la fachada.
Rommel junto al portal, firme, sin saber dónde ponerse, como un teniente que llega a un casino de oficiales donde no conoce a nadie.
Fue Bock quien rompió el silencio. Como la otra vez.
— Ardiendo junto a sus carristas —dijo—. Dentro de sus carros de mando.
Lo dijo en voz alta, separando las palabras. Y luego, para sorpresa de todos, sonrió. Una sonrisa larga, estrecha, en su cara larga, que nadie le había visto nunca.
—Por fin —dijo Bock—. Por fin alguien lo dice.
Los demás lo miraron.
—Treinta y cinco años llevo diciendo que la mayor gloria de un soldado es morir por la patria —siguió Bock—.
Me llaman der Sterber por eso. Se ríen de mí en los casinos.
Dicen que lo digo porque yo no voy a morir nunca, porque los generales no mueren, porque los generales mandan a los demás a morir desde un castillo a cincuenta kilómetros del frente.
—Hizo una pausa—. Y tienen razón. En la Gran Guerra murieron dos millones de soldados alemanes.
¿Saben cuántos generales murieron en combate?
En primera línea, con sus hombres. No en un accidente, no de una enfermedad.
Nadie contestó.
—Muy pocos —dijo Bock—. Muy pocos. —Se volvió hacia Manstein, hacia Rommel—.
Y ese hombre acaba de decirles a ustedes dos, delante de todos nosotros, que si sus divisiones son derrotadas, espera encontrarlos muertos dentro de sus carros.
No en un puesto de mando en un castillo.
No en un tren blindado. Dentro de un carro. Junto a un cabo de veinte años.
—No me lo ha dicho a mí, Herr Generaloberst —dijo Manstein, sin volverse—. Me lo ha dicho a todos.
—Se lo ha dicho a usted. A todos nos lo ha dicho para que lo oyéramos. Pero se lo ha dicho a usted.
Manstein se volvió por fin. Miró a Bock con sus ojos de párpados pesados.
—Lo sé —dijo—. Y estoy de acuerdo.
* * *
—Doce mil metros —dijo Kesselring.
Lo dijo a Wever, en voz baja, pero lo oyeron todos.
—Doce mil metros, Wever. ¿Usted sabe lo que es eso?
—Kesselring tenía la cara redonda, bávara, y una sonrisa que no se le quitaba casi nunca, pero ahora no sonreía—.
A doce mil metros hace sesenta grados bajo cero.
El aire tiene un quinto de la presión que aquí.
Un hombre sin oxígeno pierde el conocimiento en treinta segundos.
Los motores se ahogan. El aceite se congela.
Las miras de bombardeo no ven nada porque entre el avión y el suelo hay doce kilómetros de nubes, de bruma, de lo que sea.
—Movió la cabeza—. No hay ningún avión en el mundo que pueda hacer eso con bombas. Ninguno. Ni en proyecto.
—Lo sé —dijo Wever.
—¿Y entonces?
Wever lo miró. Tenía la cara afilada de intelectual tranquila.
—Entonces —dijo— le ha encargado a usted que los invente, Kesselring. No que los encuentre. Que los invente. Por eso le ha dicho busque las mentes que diseñen los vectores . No los aviones. Las mentes.
—¿Y si no hay mentes?
—Las hay. —Wever se encogió de hombros—.
En Junkers hay un hombre que lleva dos años trabajando en una cabina presurizada para el Ju 49.
En Heinkel hay dos hermanos, los Günter, que dibujan aviones como si fueran pájaros.
En Gotinga hay un profesor, Prandtl, que sabe más de aerodinámica que nadie en el mundo.
Y en Gotinga hay un muchacho que se llama Von Ohain, de veinticuatro años, que está haciendo cosas raras con turbinas de gas.
Las mentes existen. Lo que no existía era alguien que les dijera doce mil metros y les diera el dinero.
Kesselring se quedó callado un rato.
—¿Y usted? —preguntó al fin—. ¿No le molesta? Que me haya dado una rama independiente de la suya.
—Se lo pedí yo —dijo—. En mi informe. Que separara la aviación estratégica de la de apoyo. Pensé que me daría la estratégica a mí. Le ha dado a usted una estratégica distinta de la que yo pensaba. Más alta. Más lejos. Más… —Buscó la palabra—. Más imposible.
—¿Y eso le parece bien?
Wever se ajustó las gafas.
—Me parece que ese hombre sabe algo sobre la guerra aérea que yo no sé —dijo—. Y que usted tampoco. Me pidió que revisara personalmente el avión antes de cada despegue, Kesselring. Personalmente. El primer día. Y no me dijo por qué.
—¿Y lo hace?
—Cada vez. —Wever lo miró—. Cada vez, Kesselring. Y el mes pasado, en Dresde, encontré los alerones bloqueados. El mecánico se había olvidado de quitar el seguro. Si hubiera despegado así, me habría estrellado en la pista.
Kesselring no dijo nada.
—Desde entonces —dijo Wever— hago lo que ese hombre me dice sin preguntar por qué. Le aconsejo que haga usted lo mismo.
* * *
Manstein estaba de pie solo, junto a la fachada, cuando Beck se le acercó.
Se miraron un momento sin hablar. Manstein había sido durante tres años el subordinado directo de Beck: el jefe de la sección de operaciones, el hombre que le escribía los borradores, el que le preparaba los mapas, el que le corregía los errores en voz baja para que nadie los oyera.
Beck lo había elegido entre todos los oficiales del Estado Mayor. Lo había protegido. Lo había formado.
Y desde hacía media hora tenía el mismo rango que él.
—Herr Generaloberst —dijo Beck.
Manstein no contestó enseguida. Luego inclinó la cabeza.
—Herr General. —Hizo una pausa—. Yo no lo he pedido.
—Lo sé.
—No me lo esperaba. Me llamaron ayer por la tarde, a las seis. Un capitán. Ewers, se llama. Me dijo que Su Majestad deseaba verme hoy a las nueve y media, por la puerta del jardín. Nada más. —Manstein se quedó mirando la grava—. Pensé que me iba a destituir.
—¿Por qué?
Manstein levantó la vista.
—Porque en abril del 34 escribí un memorándum contra el párrafo ario en el Ejército.
Contra la expulsión de los soldados de ascendencia judía.
Se lo mandé a usted. Usted lo pasó a Fritsch.
Fritsch lo pasó a Blomberg. Blomberg quiso abrirme expediente, y Fritsch lo paró.
Pensé que ese hombre lo había encontrado en algún archivo y que me llamaba por eso.
Para castigarme o para premiarme. No sabía cuál.
Beck lo miró mucho rato.
—Quizá lo ha encontrado —dijo.
—Quizá. —Manstein se encogió de hombros—. Pero no me ha dicho nada. Me ha dado tres divisiones. Con nombre.
— Große Gerechtigkeit —dijo Beck—. Große Tugend. Schwarzer Schatten.
—Gran Justicia. Gran Virtud. Sombra Negra. —Manstein lo repitió como quien prueba el sabor de algo—. Llevo media hora pensando en esos nombres, Herr General. ¿Usted ha entendido por qué?
—No.
—Yo creo que sí. —Manstein se volvió hacia la casa, hacia la ventana alta de la sala alargada—.
Las dos primeras son lo que él quiere ser.
Lo que quiere que sea su ejército. Justicia.
Virtud. Las dijo en el juicio, las dijo en la coronación, las dijo en el decreto.
—Hizo una pausa—. La tercera es lo que sabe que es.
Lo que sabe que es ese ejército, aunque no quiera. Una sombra negra. Sobre Europa.
Beck no dijo nada.
—Y me ha dado las tres —dijo Manstein—. A mí. A la vez. —Se ajustó los guantes—. Para que no olvide nunca que van juntas.
* * *
En el centro del patio, Guderian hablaba con las manos.
No podía evitarlo. Tenía delante a Rundstedt, a Fritsch, a Weichs, a Feßmann, y les estaba explicando la Königliche Husaren-Division como si fuera suya, aunque no lo era: era de Manstein.
—Veintisiete batallones —decía—. ¡Veintisiete! Nueve de carros, nueve de infantería mecanizada, nueve de artillería autopropulsada. Y en la misma proporción. Uno a uno a uno. ¿Se dan cuenta de lo que significa eso?
—Que es muy grande —dijo Rundstedt, seco.
—Que es equilibrada , Herr Generaloberst. —Guderian golpeó la palma con el puño—.
Llevo diez años diciendo que una división acorazada no puede ser solo carros.
Que los carros solos no toman nada: rompen, pero no ocupan.
Que necesitan infantería que vaya con ellos, al mismo ritmo, en vehículos acorazados, no a pie detrás.
Y artillería que vaya con ellos, que dispare desde las orugas, que no tenga que desenganchar y emplazar.
Y que las tres cosas tienen que estar en la misma proporción y bajo el mismo mando.
Se detuvo. Respiró.
—Eso es la Husaren-Division . Exactamente eso. Es lo que yo habría diseñado si me hubieran dejado. Y la ha diseñado él.
—Y se la ha dado a Manstein —dijo Weichs.
Guderian se calló un momento.
—Sí —dijo—. A Manstein.
—¿Le molesta?
Guderian tardó en contestar. Luego negó con la cabeza.
—No. Manstein es mejor que yo para eso. Yo sé de carros.
Manstein sabe de operaciones. De mover cuerpos de ejército sobre un mapa.
De ver dónde está el punto débil de un frente de quinientos kilómetros.
—Se volvió hacia la fachada, hacia donde estaba Manstein con Beck—.
Esas tres divisiones juntas no son tres divisiones.
Son un ejército. Y un ejército lo tiene que mandar un hombre que piense como un ejército. Manstein piensa así.
—¿Y usted, Herr Feldmarschall? —preguntó Feßmann—. ¿Cómo piensa usted?
Guderian lo miró.
—Yo pienso como un carro —dijo.
Feßmann sonrió. Era la primera vez que alguno de ellos le veía sonreír.
* * *