Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXII — Divisiones con nombre #2
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CAPÍTULO XXII — Divisiones con nombre #2

El movimiento en la mesa fue mayor esta vez.

Manstein era coronel. Jefe de la sección de operaciones del Estado Mayor.

Uno de los oficiales más brillantes del antiguo Heer: lo sabía todo el mundo en aquella sala, y lo sabía él mejor que nadie.

Pero era coronel. Y acababa de oírse llamar con el rango que Rundstedt, Leeb y Bock habían recibido siete semanas antes después de cuarenta años de servicio.

Vi a Beck mirarlo. Manstein había sido su subordinado directo. Su mejor oficial. El que le escribía los borradores de los planes que Beck firmaba.

Manstein no miró a nadie. Me miraba a mí.

—Y el mando de tres divisiones nuevas —dije—. Una clase nueva de división. Que no existe todavía en ningún ejército del mundo. La Königliche Husaren-Division . La División de Húsares Reales.

Silencio en la mesa.

—Cada una de ellas —seguí—: nueve batallones de carros de combate. Nueve batallones de infantería mecanizada. Nueve batallones de artillería autopropulsada.

Guderian se inclinó hacia delante.

Veintisiete batallones. El triple que una Sturmdivision. Más carros que todo el antiguo Heer de enero. Una división que no era una división: era un cuerpo de ejército acorazado entero metido en una sola unidad, con un solo estado mayor, con un solo mando.

—Las tres —dije— formarán el primer grupo de divisiones con nombre del Königliches Heer.

Hice una pausa.

—La primera, Große Gerechtigkeit . Gran Justicia.

»La segunda, Große Tugend . Gran Virtud.

»La tercera, Schwarzer Schatten . Sombra Negra.

Nadie dijo nada.

Manstein seguía de pie. No había cambiado de expresión. Pero tenía las manos a la espalda y vi, porque estaba mirando, cómo se le cerraban los dedos de la mano derecha sobre los de la izquierda.

—A sus órdenes, Majestad —dijo.

Se sentó.

* * *

Me volví hacia el tercero.

Se puso de pie antes de que dijera su nombre. De golpe, como se había puesto de pie al entrar los demás. Se cuadró. Los ojos azules, muy claros, fijos en mí. La Pour le Mérite al cuello.

—Oberstleutnant Erwin Rommel.

—¡Majestad!

—Desde hoy, Generalleutnant .

Rommel no se movió. No parpadeó. Pero se le fue el color de la cara de golpe, y le volvió de golpe, como le había pasado a Blomberg siete semanas antes.

Teniente coronel a teniente general. Tres rangos.

Un instructor de la escuela de guerra de Potsdam, un oficial de infantería de montaña que no había pisado nunca el Estado Mayor, que no era noble, que no era prusiano, que era hijo de un maestro de escuela de Heidenheim.

Y que en la Gran Guerra, con unas pocas compañías de infantería de montaña de Wurtemberg, había tomado el monte Matajur en Italia, en el 17, en cincuenta horas de combate sin dormir, y había capturado a nueve mil italianos y ochenta y un cañones.

—Al mando de otra división con nombre —dije—. Fuera del grupo del Generaloberst von Manstein. Directamente a las órdenes del Feldmarschall Guderian. La cuarta. Purpurrote Panzerschule.

La Escuela Acorazada Púrpura.

Púrpura. El color de la llave del escudo de las Sturmdivisionen. El color de los emperadores romanos. El color que no llevaba ninguna otra unidad de ningún ejército del mundo.

Rommel tragó saliva.

—A sus órdenes, Majestad.

No se sentó. Se quedó de pie, firme, esperando. Como un teniente que espera a que su capitán le diga que puede retirarse.

—Siéntese, Herr Generalleutnant.

Rommel se sentó.

* * *

Entonces me quedé de pie. A la cabecera de la mesa. Con las manos apoyadas en el borde de la madera, como el día de los ministros.

Los miré a todos. Veintidós hombres. Los viejos y los nuevos. Los de gris y los de azul. Los que habían jurado a Hitler y los que habían venido conmigo de otra Alemania.

Y hablé para que lo oyeran todos. No solo Manstein y Rommel.

—Estos mandos —dije—, el mandar divisiones con nombre, vienen con una responsabilidad.

—Las divisiones con nombre son la élite del Königliches Heer. Las mejores. Las que tendrán los mejores carros, los mejores hombres, los mejores oficiales. Las que irán primero. Las que irán donde ninguna otra pueda ir.

Hice una pausa.

—Espero que, si algún día estas fuerzas son derrotadas, sea porque sus estados mayores, y ustedes dos —miré a Manstein; miré a Rommel—, estén ardiendo junto a sus carristas. Dentro de sus carros de mando.

Nadie se movió en la mesa.

Nadie respiró, me pareció.

Manstein no apartó la mirada. Rommel tampoco.

Y Bock, en el otro lado de la mesa, el hombre al que en el antiguo Heer llamaban der Sterber , el que muere, por su costumbre de decir que la mayor gloria de un soldado era morir por la patria, cerró los ojos un momento. Muy despacio. Como quien escucha una música que conoce.

—Eso es todo, caballeros —dije—. Retírense.

Se levantaron. Se cuadraron. Veintiún taconazos a la vez sobre el suelo de roble.

Salieron.

Me quedé solo con Hollenbach.

Hollenbach no dijo nada durante un rato. Luego, sin mirarme, dijo:

—Rommel, Majestad.

—Rommel.

—De Oberstleutnant a Generalleutnant. —Hizo una pausa—. Y le ha dado el color de la corona.

—Sí.

Hollenbach asintió.

—Los demás no lo van a entender —dijo.

—No hace falta que lo entiendan, Herr General —dije—. Hace falta que lo vean.