Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXII — Divisiones con nombre
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CAPÍTULO XXII — Divisiones con nombre

Berlín. La residencia.

El Oberkommando des Heeres. El alto mando del Königliches Heer. Así lo llamaban ahora en los papeles, aunque yo seguía pensando en ellos como los once , y ya no eran once.

Habían pasado siete semanas desde la mañana de la mesa larga, cuando les había dado rangos, mandos y plazos.

Los plazos se habían cumplido. Algunos antes de tiempo.

Raeder había traído sus cálculos el día treinta y ocho; Dönitz, los suyos de medios, el día diecinueve, y me había pedido diez días más para la doctrina, que le di; Wever, los estratégicos, el día cuarenta exacto, a las once y cincuenta y nueve de la noche, en mano, en un sobre lacrado, con una nota que decía: revisado personalmente el avión antes del despegue, como ordenó Vuestra Majestad .

Guderian no tenía plazo, pero había mandado un informe cada viernes.

Había leído todo. Ahora quería oírlo.

La sala alargada de la casa barroca había cambiado.

Kessel había mandado traer una segunda mesa y la había unido a la primera, y alrededor ya no había diecisiete sillas, sino veinticuatro.

En la pared del fondo, frente a la chimenea, había colgado el mapa de Europa, con las siete Sturmdivisionen marcadas con banderitas grises, las tres Panzer-Divisionen en reequipamiento con banderitas rojas, y las veinticuatro divisiones de infantería del antiguo Heer marcadas en negro, cada una con una etiqueta de papel con un porcentaje: el de su mecanización.

Ninguna pasaba del cuarenta.

Me senté a la cabecera. A mi derecha, Hollenbach. A mi izquierda, por primera vez, nadie: la silla vacía.

A las diez en punto entraron.

* * *

Los conocía a casi todos. Blomberg, mariscal general de campo, con las hombreras nuevas que todavía no le sentaban del todo.

Fritsch. Beck. Rundstedt, Leeb, Bock, ahora generales coroneles, con el rango equivalente que Mahlberg y Eschenbach habían tardado tres semanas en dibujar.

Weichs y Feßmann, que ya no mandaban divisiones porque sus divisiones eran de Guderian.

Guderian, mariscal de campo, con el bastón que le habían entregado hacía unas semanas y que llevaba siempre en la mano izquierda, como si tuviera miedo de que se lo quitaran.

Raeder y Dönitz, los dos de azul, los dos grandes almirantes.

Wever, de gris azulado, con su cara afilada de intelectual y una carpeta bajo el brazo.

Thorbeck y los otros cinco generales de las Sturmdivisionen que había hecho venir para la ocasión.

Y tres hombres más.

Los vieron todos al entrar. Ya estaban sentados cuando los demás llegaron: los había hecho pasar Ewers media hora antes, por la puerta del jardín, y les había indicado sus sillas. En el lado izquierdo de la mesa, en las tres primeras sillas después de la vacía.

Los otros los miraron al pasar. Algunos los reconocieron. Otros no.

El primero era un hombre de cincuenta años, de cara redonda, bávara, con una sonrisa que parecía no quitarse nunca, aunque en ese momento no sonreía. Llevaba uniforme de la Luftwaffe con insignias de Generalmajor . Se levantó cuando entraron los demás, se cuadró, volvió a sentarse.

El segundo era más joven, cuarenta y ocho años, alto, delgado, de pelo oscuro peinado hacia atrás, con una nariz larga y aristocrática y unos ojos de párpados pesados que miraban a los demás como quien mira un tablero de ajedrez.

Uniforme de Oberst del Estado Mayor, con las franjas carmesí en el pantalón. No se levantó. Inclinó la cabeza.

El tercero era el más joven de todos, cuarenta y cuatro años, de estatura media, ancho de hombros, de cara cuadrada, con la mandíbula fuerte de un campesino suabo y unos ojos azules, muy claros, que no dejaban de moverse.

Uniforme de Oberstleutnant de infantería.

Y, colgada del cuello, sobre el cuello de la guerrera, una cruz azul de esmalte con águilas doradas entre los brazos: la Pour le Mérite .

La condecoración más alta del ejército prusiano de la Gran Guerra.

Era el único en toda la sala, salvo Göring, que ya no estaba, que la había llevado alguna vez siendo oficial subalterno.

Se puso de pie de un salto cuando entraron los demás. Se cuadró. No se volvió a sentar hasta que se sentaron todos.

Guderian lo miró al pasar. Se detuvo un instante. Luego siguió hasta su silla.

—Siéntense, caballeros —dije.

* * *

Escuché los informes durante dos horas.

No voy a contarlos todos. Los papeles están en los archivos, y algún día alguien los leerá con más paciencia de la que yo tenía aquella mañana. Pero hubo cosas que se me quedaron.

Raeder habló cuarenta minutos, sin papeles, con la voz seca de pastor protestante.

Tenía un programa de flota en tres fases, hasta 1944, con acorazados, cruceros, portaaviones —los primeros de Alemania—, destructores.

Lo había calculado contra la flota británica, contra la francesa y contra las dos juntas.

Al final, cuando terminó, dijo una sola frase que no estaba en el informe:

—Majestad, con todo esto, la Kriegsmarine podrá enfrentarse a la Royal Navy en 1944 con alguna posibilidad. No antes. Y eso sin contar su yate.

Algunos sonrieron. Raeder no.

Dönitz habló veinte. Había hecho una cuenta que yo conocía de mi otra historia, porque la había hecho entonces también, en el 39, y nadie le había hecho caso: para estrangular a Gran Bretaña había que hundir setecientas cincuenta mil toneladas de barcos mercantes al mes, durante un año.

Para eso hacían falta trescientos submarinos operativos.

Trescientos. Cien en la zona de operaciones, cien en tránsito, cien en reparación. Con menos no se podía.

—¿Y con trescientos se puede? —le pregunté.

Dönitz me miró con sus ojos claros.

—Con trescientos se puede, Majestad. Si se empiezan a construir mañana y no se empieza la guerra hasta que estén todos.

—No se va a empezar ninguna guerra, Herr Großadmiral.

—Entonces, Majestad, con trescientos no hará falta.

Wever habló media hora y habló de lo que yo esperaba: de un bombardero de cuatro motores, de largo alcance, capaz de llegar a los Urales o a Escocia y volver.

Lo había llamado, en sus papeles, el bombardero de los Urales .

Tenía los cálculos, las cifras, los diseños preliminares de dos casas, Dornier y Junkers.

Y tenía también, al final del informe, una petición: que la aviación de apoyo al Ejército —la de los bombarderos en picado, la de los cazas, la de cooperación con los carros— se separara de la estratégica.

Que eran dos guerras distintas y que no se podían mandar desde el mismo despacho.

Le dije que lo pensaría. Ya lo había pensado.

Guderian habló una hora y diez minutos y nadie lo interrumpió, porque nadie se atrevía y porque lo que decía era bueno.

Las tres Panzer-Divisionen estaban recibiendo el PzKw-1: doscientos treinta por división, como las Sturmdivisionen.

Sus tripulaciones se estaban entrenando en Wünsdorf, en Zossen, en Munster, con instructores de las Sturmdivisionen, en campos de maniobras que hasta hacía dos meses habían usado carros de madera.

Las veinticuatro divisiones de infantería estaban recibiendo camiones, tractores de artillería, transportes acorazados de orugas.

El cuarenta por ciento, la mejor. El diez, la peor. A ese ritmo, marzo del 37 era posible.

—Posible no basta, Herr Feldmarschall —le dije.

—Lo sé, Majestad. —Guderian no bajó los ojos—. Por eso le pido doce mil instructores más de las Sturmdivisionen. Y que me deje mandar a los oficiales del antiguo Heer a las Sturmdivisionen, en comisión de servicio, seis meses, para que aprendan con ellos. No en un aula. En los carros.

—Concedido.

Guderian asintió y se sentó. Tenía la cara roja.

* * *

Cuando terminaron los informes, eran las doce y diez.

Me levanté.

—Caballeros. Ahora voy a presentarles a tres oficiales que no conocen todos. Y a darles a ellos tres, delante de todos ustedes, sus mandos.

Me volví hacia el primero. El de la cara redonda de bávaro.

—Generalmajor Albert Kesselring.

Kesselring se levantó.

—Desde hoy, General der Flieger . General del aire. Al mando de una rama nueva. Independiente del Heer. E independiente de la aviación de Wever.

Hubo un movimiento en la mesa. Wever no se movió. Lo había leído en mi nota, la noche anterior, y había contestado con una sola línea: Comprendo y agradezco, Majestad. Era lo que le pedía.

—Su misión —dije a Kesselring— será atacar la retaguardia profunda del enemigo. Puentes. Ferrocarriles. Nudos de comunicaciones. Centrales eléctricas. Depósitos. Todo lo que un ejército necesita para moverse y no puede defender. A doce mil metros de altura.

Kesselring no se movió. Pero lo vi parpadear.

Doce mil metros. Ningún avión del mundo volaba a doce mil metros en 1936 con carga de bombas.

El récord de altura era de catorce mil, con un aparato experimental, un hombre solo, un traje presurizado y nada más.

Los bombarderos de la Luftwaffe volaban a cinco mil, a seis mil.

Los cazas que podían interceptarlos subían a siete u ocho.

A doce mil metros no había nadie.

—Su primer trabajo, Herr General —seguí— es buscar las mentes que diseñen los vectores necesarios.

Los aviones. Los motores. Las cabinas presurizadas.

Las miras de bombardeo. Lo que haga falta.

Búsquelas donde estén. En Junkers, en Heinkel, en Messerschmitt, en las universidades.

Fuera de Alemania si hace falta. Y hacer los cálculos tácticos y estratégicos para usarlos.

Kesselring tardó un momento en contestar.

—¿Plazo, Majestad?

—Noventa días para los primeros cálculos. Para los diseños, el que haga falta. Pero que empiece hoy.

—A sus órdenes, Majestad.

Kesselring se sentó. Esta vez no sonreía.

* * *

Me volví hacia el segundo. El de la nariz aristocrática.

—Oberst Erich von Manstein.

Manstein se levantó sin prisa.

—Desde hoy, Generaloberst .