CAPÍTULO XXI — La comida de los hombres #3
—El decreto dice empresas manufactureras extranjeras , señor Rosenblatt. No dice de qué religión.
Rosenblatt se quedó un momento callado.
—En tres años de Hitler —dijo al fin— no he vendido una sola pieza de tela a Alemania. Ni una. Me devolvían los pedidos con una nota: no se aceptan productos judíos . —Se quitó las gafas—. Mañana mando a mi hijo a Berlín. Con muestras.
* * *
Manchester. Cámara de Comercio. 17 de marzo, 12:00 hrs.
En Manchester, la reacción fue la contraria.
La Cámara de Comercio de Manchester, la de la industria algodonera británica, la más grande del mundo hasta hacía veinte años, la que había vestido medio planeta, se reunió el martes a mediodía con un solo punto en el orden del día: Aranceles alemanes .
El presidente leyó la transcripción. Luego leyó el telegrama que había recibido esa mañana de la embajada británica en Berlín, que había preguntado al Ministerio de Economía alemán, como le habían dicho que hiciera, a él .
Régimen arancelario preferente de tres por ciento: aplicable a empresas manufactureras de los países limítrofes del Imperio. Francia, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Suiza, Austria, Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca. Otros países: arancel general vigente.
El presidente dejó el telegrama.
—No somos limítrofes —dijo.
—No, señor presidente.
—Inglaterra no tiene frontera con Alemania.
Así que los belgas, los holandeses y los franceses van a vender en Alemania al tres por ciento, y nosotros al veinticinco.
—Miró a los industriales de la sala—. Señores, ese hombre acaba de dividir Europa en dos.
Los de la frontera y los demás. Y nosotros estamos en los demás.
Un industrial joven, de Oldham, levantó la mano.
—Señor presidente, el rey dijo naciones vecinas . Nosotros somos vecinos. Por mar.
—Dígaselo a Schacht —contestó el presidente—. Yo ya se lo he dicho. Y me ha contestado que un vecino que nombra hunos a sus vecinos durante veinte años no es un vecino, es un espectador.
* * *
Basilea. Banco de Pagos Internacionales. 18 de marzo, 10:00 hrs.
Pierre Quesnay, el director general del Banco de Pagos Internacionales, escribió su segunda nota a los gobernadores de los bancos centrales el miércoles 18 de marzo. Era más corta que la primera.
Las dos emisiones del 9 y del 16 de marzo, leídas juntas, constituyen la mayor operación de política económica emprendida por un Estado europeo desde la guerra.
Primera fase: el Imperio absorbe la mano de obra parada de sus vecinos con salarios que ningún vecino puede igualar. Los vecinos pierden obreros y ganan divisas, porque los obreros vuelven con florines.
Segunda fase: el Imperio abre su mercado a la industria manufacturera de los vecinos con aranceles mínimos y paga en florines. Los vecinos recuperan, en pedidos industriales, lo que pierden en mano de obra.
Resultado: en seis meses, la economía de todos los países limítrofes del Imperio dependerá del florín. Sus obreros cobrarán en florines. Sus industriales venderán en florines. Sus bancos centrales tendrán reservas en florines.
Nadie ha disparado un tiro. Nadie ha firmado una alianza. Nadie ha cedido un metro de territorio.
Y, sin embargo, a final de año, la mitad de Europa estará atada al Imperio con un vínculo más fuerte que cualquier tratado: el de la nómina.
No sé si eso es imperialismo o es otra cosa. Sé que es nuevo. Y sé que, cuando el Imperio dijo que no quería hacer la guerra con la comida de los hombres, decía la verdad. No la hace con la comida.
La hace con el salario.
* * *
Berlín. Ministerio de Economía, Behrenstraße. 18 de marzo, 23:00 hrs.
A las once de la noche del miércoles, Hjalmar Schacht seguía en su despacho.
Llevaba tres días sin ir a casa. Había dormido en el sofá de cuero del despacho dos noches.
Había atendido doscientas catorce llamadas.
Había recibido a cuarenta y tres delegaciones de industriales extranjeros.
Había firmado, en nombre del Imperio, pedidos por valor de mil cien millones de florines.
Locomotoras de Škoda, raíles de Wendel, válvulas de radio de Philips, turbinas de Brown Boveri, tejidos de Łódź, maquinaria de Cockerill, cemento de Dinamarca, aunque no hiciera falta cemento.
Estaba agotado. Y se sentía como no se había sentido desde 1923, cuando había parado la inflación con el Rentenmark y todo el mundo lo había llamado mago.
Su jefe de gabinete entró con un último papel.
—Herr Minister. Un telegrama. De Cambridge.
—¿De Cambridge?
—De un tal Keynes, Herr Minister. Pide audiencia. Con usted y con Su Majestad. Dice que quiere ver de dónde sale el cemento .
Schacht se quedó mirando el telegrama.
Conocía a Keynes. Se habían visto en conferencias, en Basilea, en Londres. Se despreciaban cordialmente. Keynes pensaba que Schacht era un banquero sin imaginación. Schacht pensaba que Keynes era un profesor sin experiencia.
— De dónde sale el cemento —repitió Schacht.
Se rio. Por primera vez en tres días. Una carcajada corta, cansada, que le salió de muy adentro.
—Hoffmann —dijo—. Contéstele que sí. Que venga. Que yo también quiero saberlo.