Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXI — La comida de los hombres #2
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CAPÍTULO XXI — La comida de los hombres #2

Wendel tenía sesenta y dos años. Era el dueño de la mitad de las acerías de Lorena, diputado, senador, regente del Banco de Francia.

Su familia llevaba fabricando acero en Hayange desde el siglo XVIII.

Sus fábricas estaban a veinte kilómetros de la frontera alemana, y en el 14 los alemanes las habían ocupado y habían fundido sus cañones con su hierro.

Llevaba una semana viendo cómo sus obreros cruzaban la frontera.

—Señores —dijo—, les he convocado para hablar de una sola frase. Un régimen arancelario beneficioso para las empresas manufactureras extranjeras.

Los industriales esperaron.

—He llamado esta mañana al ministro alemán de Economía. Personalmente. Porque el rey dijo pregúntenle a él , y yo le he preguntado. Y me ha contestado. Personalmente.

Hubo un murmullo en la sala.

—Schacht —siguió Wendel— me ha dicho tres cosas.

La primera: que el Imperio va a reducir los aranceles de importación sobre los productos manufacturados de los países vecinos al tres por ciento.

Al tres por ciento, señores. Hoy están al veintidós.

La segunda: que el Imperio va a necesitar, para sus obras, para sus astilleros, para sus fábricas, cantidades de productos manufacturados que la industria alemana no puede producir sola.

Máquinas, herramientas, equipos eléctricos, vehículos, material ferroviario.

Y que preferirá comprarlos a sus vecinos antes que a nadie. Y la tercera: que pagará en florines.

—¿Y qué vale un florín, monsieur de Wendel? —preguntó alguien desde el fondo.

Wendel lo miró.

—Esa es la pregunta. Y le he hecho a Schacht exactamente esa pregunta. Y me ha contestado: pregúntele a sus obreros que vuelven de Aquisgrán con florines en el bolsillo. Ellos lo saben .

—Señores —dijo Wendel—, mis obreros vuelven de Aquisgrán con florines, y en el banco de Metz se los cambian por francos a un tipo que me da miedo.

Porque es estable. Lleva una semana estable.

Ni un céntimo arriba ni un céntimo abajo.

Y el franco, en esa misma semana, ha perdido un dos por ciento frente al dólar.

Dejó los papeles sobre la mesa.

—Llevo treinta años luchando contra la industria alemana —dijo—.

En el mercado y en el Parlamento. Llevo treinta años diciendo que Alemania es nuestro enemigo.

Y lo sigo creyendo. —Hizo una pausa larga—.

Pero esta mañana, al teléfono con Schacht, he hecho un pedido.

Material ferroviario. Raíles. Para la línea de Saarbrücken a Fráncfort. Doce mil toneladas.

Hubo un murmullo más fuerte.

—Si no lo hago yo, señores, lo hará mañana Cockerill en Bélgica.

O Škoda en Checoslovaquia. Y mis obreros, los que todavía no se han ido a Aquisgrán, se quedarán sin trabajo.

—Wendel se levantó—. El enemigo nos compra raíles.

Y nos los paga con una moneda que no se mueve.

Yo no sé qué es esto, señores. Pero sé que si no lo aprovechamos nosotros, lo aprovechará otro.

* * *

Eindhoven. Philips. 16 de marzo, 16:00 hrs.

En Eindhoven, en el despacho del presidente de Philips, Anton Philips leyó la transcripción con un puro encendido, y antes de terminarla ya había llamado a su director comercial.

Philips tenía sesenta y dos años y había convertido una pequeña fábrica de bombillas de su padre en la mayor empresa de electrónica de Europa.

Fabricaba bombillas, válvulas de radio, aparatos de rayos X, receptores de radio.

Vendía en todo el mundo. En Alemania, los aranceles eran del veinticinco por ciento, y los nazis, además, le habían boicoteado las ventas porque su empresa tenía directivos judíos y porque era holandesa.

—Tres por ciento —le dijo al director comercial, que acababa de entrar—. Si lo que dice la prensa es verdad, tres por ciento.

—Sí, señor Philips.

—¿Cuántas válvulas de radio necesita un país que va a construir emisoras como la de Tempelhof en cada ciudad?

El director comercial no lo sabía.

—Yo tampoco —dijo Philips—. Pero quiero saberlo esta semana. Y quiero a alguien en Berlín el miércoles. En el despacho de Schacht. —Dio una chupada al puro—. Y que lleve un catálogo de aparatos de rayos X.

—¿De rayos X, señor?

—Los informes dicen que el Königliches Heer ha sacado de los campos a miles de personas enfermas. Y que tiene hospitales de campaña en todas sus guarniciones. —Philips dejó el puro—. Un rey que manda médicos antes que soldados a los campos de concentración va a comprar aparatos de rayos X. Muchos.

* * *

Pilsen. Škoda. 16 de marzo, 17:00 hrs.

En Pilsen, en las oficinas centrales de Škoda, la mayor fábrica de armas de Europa central, el director general, Karel Loevenstein, leyó la transcripción con la cara de un hombre al que le acaban de dar una noticia excelente y una noticia terrible a la vez.

La excelente era el tres por ciento. Škoda fabricaba locomotoras, maquinaria pesada, turbinas, material eléctrico, automóviles. Todo lo que el Imperio iba a necesitar para sus obras.

La terrible era que Škoda fabricaba, sobre todo, cañones. Para el ejército checoslovaco. Para defender a Checoslovaquia contra Alemania.

—Si vendemos locomotoras al Imperio —dijo Loevenstein a su consejo, reunido de urgencia a las cinco de la tarde—, ganaremos más dinero en un año que en los últimos cinco. Y con ese dinero, señores, podremos fabricar más cañones para defendernos del Imperio.

Nadie se rio.

—Y si no vendemos —siguió Loevenstein—, venderá la competencia. Los franceses. Los belgas. Los suizos. Y nosotros, con un treinta por ciento de nuestra plantilla cruzando la frontera de los Sudetes cada mañana para trabajar en Sajonia, cerraremos dentro de un año.

Dejó la transcripción sobre la mesa.

—Vendemos. Locomotoras. Turbinas. Maquinaria. —Hizo una pausa—. Cañones, no. Los cañones son para nosotros.

* * *

Varsovia. Łódź. Asociación de Industriales Textiles. 17 de marzo, 10:00 hrs.

En Łódź, la Manchester polaca, la ciudad de las fábricas textiles de ladrillo rojo, la asociación de industriales se reunió el martes por la mañana en un salón con las cortinas echadas.

Eran polacos, alemanes y judíos. Los tres. Como Łódź. Los Scheibler y los Grohman, alemanes, que habían construido las primeras fábricas en el siglo XIX. Los Poznański, judíos, que tenían el palacio más grande de la ciudad. Y polacos que habían llegado después.

La industria textil de Łódź había vendido durante cien años al Imperio ruso. Cuando el Imperio ruso desapareció, en el 17, se quedó sin mercado. Desde entonces vivía a medias, vendiendo a Polonia, a Rumanía, a los Balcanes, con las máquinas viejas y los obreros en huelga.

—Tres por ciento —dijo el presidente de la asociación, un alemán de Łódź que hablaba polaco con acento—.

Para tejidos. Para algodón, lana, lino. ¿Ustedes saben cuántos uniformes, cuántas mantas, cuántas sábanas necesita un ejército de setenta y dos mil hombres?

¿Y uno que va a ser más grande? ¿Y dos millones de obreros en las obras, con ropa de trabajo?

—Señor presidente —dijo un industrial judío, un hombre mayor con kipá—. Ese rey ha dicho que los judíos son alemanes. Esos alemanes. ¿Le venderá a un judío polaco igual que a un polaco?

El presidente lo miró.