Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XXI — La comida de los hombres
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CAPÍTULO XXI — La comida de los hombres

Berlín. La residencia.

Notas verbales. Protestas formales. Peticiones de aclaración.

De Varsovia, de Praga, de Viena, de París, de Bruselas, de La Haya, de Berna, de Copenhague, de Luxemburgo.

Todas decían, con más o menos cortesía, la misma cosa: que el Imperio estaba vaciando sus fábricas, sus minas y sus campos.

Que se estaba llevando a sus mejores obreros.

Que les pagaba lo que ningún país del mundo podía pagar. Que aquello era una agresión económica.

Bülow me las había resumido en una hoja, el sábado. Al final de la hoja había escrito, con su letra fina de diplomático, una frase que no era suya sino de un embajador:

Si el Imperio no quiere la guerra con sus vecinos, ¿por qué les hace la guerra con el pan?

La había leído muchas veces durante el fin de semana.

Tenía razón el embajador. No había querido hacer eso.

Había querido que los hombres vinieran por su pie, con su nombre, y no en vagones de ganado.

Y había conseguido que vinieran. Pero detrás de cada hombre que venía quedaba una fábrica sin obrero, un pueblo sin brazos, un gobierno que veía irse a su gente y no podía hacer nada.

Había resuelto un problema y había creado otro. Como siempre. Como había aprendido en cinco semanas que pasaba siempre.

Ese lunes, a las nueve menos diez, había decidido cómo resolver el segundo. No el todo. Una parte.

Antes de ir a Tempelhof, me detuve un momento delante del mapa de Europa de la pared. Miré Alemania. Sus fronteras. Pensé en cómo llamarla.

Llevaba cinco semanas sin nombre. Los periódicos extranjeros decían el nuevo régimen , la monarquía alemana , el Reich de Konrad . En los decretos yo había escrito el Imperio , sin más. Pero un Imperio necesita un nombre, aunque sea para que lo nombren sus enemigos.

Cuarto Reich. Lo descarté en el acto. Hitler había llamado al suyo el Tercero, contando el de Carlomagno y el de Bismarck, y yo no iba a contar el suyo. No iba a ser el siguiente de nadie.

Miré la caja de pino de los mapas, sobre la repisa de la chimenea, donde seguía la corona sobre su cojín gris. Messtischblätter. 1:25 000. Teltow.

Que el hierro ha sido quien os ha dado el trono.

—El Imperio de Hierro —dije en voz alta, a la sala vacía.

Me sonó bien. Me sonó a lo que era. Sin oro, sin sangre en el nombre, sin número detrás.

Lo dejé así.

* * *

Aeródromo de Tempelhof. 09:00 hrs.

— No es intención del Imperio de Hierro jugar a la guerra económica con sus vecinos.

» Yo soy un hombre de pocas sutilezas. Y pienso firmemente que, si los asuntos de nuestro tiempo se han de resolver, se resuelvan con sangre y con hierro. No con la comida de los hombres.

» Por tanto, y en vista de las dificultades que esto pueda acarrear a las naciones vecinas, el Imperio acordará un régimen arancelario beneficioso para las empresas manufactureras extranjeras.

» Está a cargo de ello el ministro de Economía. Pregúntenle a él.

Solté el botón.

Fenske, detrás del cristal, tardó un segundo en reaccionar. Luego anotó algo en su libreta.

—¿Eso es todo, Majestad?

—Eso es todo.

—Es la emisión más corta que ha hecho Vuestra Majestad.

—Es la que más trabajo le va a dar a otro —dije—. Repítala cada hora. Y mande una copia al doctor Schacht, con mis saludos. Que la va a necesitar.

* * *

Berlín. Ministerio de Economía del Reich, Behrenstraße. 09:15 hrs.

Hjalmar Schacht escuchó la emisión de pie, en su despacho del Ministerio de Economía, con el cuello duro hasta la barbilla y la taza de café a medio camino de la boca.

Cuando la voz dijo pregúntenle a él , Schacht dejó la taza sobre el plato.

— Pregúntenle a él —repitió.

Su jefe de gabinete, que estaba junto a la puerta, no dijo nada.

Schacht se quedó un rato mirando la radio. Luego, muy despacio, se le dibujó en la cara la misma sonrisa torcida que le habían visto en el Reichsbank el día de los efectos Mefo: la del catedrático al que un alumno acaba de poner en un aprieto delante de toda la clase.

—Me ha pasado el problema —dijo—. Entero. Sin una sola instrucción. Un régimen arancelario beneficioso para las empresas manufactureras extranjeras. —Movió la cabeza—. Ni una cifra. Ni un porcentaje. Ni un plazo. Ni una lista de productos. Nada. Y luego: pregúntenle a él . Delante de toda Europa.

—Herr Minister, el teléfono…

El teléfono del despacho llevaba sonando desde las nueve y cinco. Schacht no lo había cogido.

—Lo sé. Y va a sonar todo el día. Y toda la semana. Va a llamar todo el mundo. Las embajadas, las cámaras de comercio, los industriales, los bancos, los periodistas. —Schacht se sentó—. Y yo tengo que tener las respuestas. Hoy.

Se quedó un momento callado.

—¿Sabe lo que acaba de hacer ese hombre, Hoffmann?

—No, Herr Minister.

—Acaba de convertirme en el hombre más importante de Europa durante una semana. —Schacht cogió un lápiz y un bloc—. Y acaba de asegurarse de que, si algo sale mal, la culpa sea mía.

Empezó a escribir.

—Y tiene razón —añadió, sin levantar la vista—. Porque es mi oficio.

* * *

Cambridge. King’s College. 16 de marzo, 11:00 hrs.

En sus habitaciones del King’s College de Cambridge, un hombre alto, de cincuenta y dos años, con bigote, el pelo ralo peinado hacia atrás y unas manos largas que no dejaban de moverse, leía la transcripción de la emisión de Berlín que le había traído un alumno a las diez y media, corriendo, sin quitarse la toga.

John Maynard Keynes había publicado su libro hacía seis semanas.

Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero.

Llevaba seis semanas defendiéndolo en cartas, en artículos, en cenas, contra los economistas que decían que era un disparate.

El libro decía, en el fondo, una sola cosa: que, cuando hay paro, el Estado debe gastar.

Que el mercado no se ajusta solo. Que esperar a que el paro desaparezca por sí mismo es esperar a que la gente se muera de hambre.

Que hay que construir, contratar, invertir, aunque sea endeudándose, aunque sea cavando agujeros y volviéndolos a tapar.

Keynes leyó la transcripción de la emisión del lunes 9 —la de los salarios— y luego la de esa mañana —la de los aranceles—.

Dos veces cada una. Luego la dejó sobre la mesa, se levantó y se fue a la ventana, desde la que se veía la capilla del King’s College, con sus pináculos, contra el cielo gris de marzo.

Se quedó allí mucho rato.

Su mujer, Lydia, la bailarina rusa, entró en la habitación a las once con el té y lo encontró así, de pie junto a la ventana, con las manos a la espalda.

—Maynard. ¿Qué pasa?

Keynes se volvió.

—Lydia —dijo—, acabo de leer la mejor reseña de mi libro que se ha escrito en el mundo. Y la ha escrito un rey alemán que no lo ha leído.

Lydia dejó la bandeja.

—No entiendo.

—Dos millones de parados, puestos a trabajar en tres semanas.

En obras públicas. Autopistas, ferrocarriles, diques.

Con salarios altos, altísimos, absurdos.

Y luego, abiertos a cualquiera que venga de fuera, sin papeles.

—Keynes cogió la transcripción—. Es exactamente lo que yo digo en el libro.

El gasto público como motor del empleo. La demanda efectiva.

El multiplicador. Todo. Llevado hasta el extremo.

Hasta un extremo que yo no me habría atrevido a escribir porque me habrían encerrado.

—¿Y eso es bueno?

—Eso es imposible. —Keynes se sentó—. Ningún Estado puede pagar cuatro mil marcos al mes a cada obrero. Ninguno. Ni con déficit, ni con deuda, ni con inflación. Generaría una inflación tal que en seis meses el florín no valdría el papel en que está impreso. Salvo…

Se detuvo.

—¿Salvo qué, Maynard?

Keynes no contestó enseguida.

—Salvo que el Estado no necesite comprar lo que construye —dijo—.

Salvo que el cemento, el acero, las máquinas, no cuesten nada.

Salvo que aparezcan. —Se quitó las gafas—.

Los informes dicen que aparecen, Lydia. En los patios de las estaciones.

De noche. Millones de toneladas. Nadie los ha fabricado. Nadie los ha pagado.

Lydia lo miró.

—Si eso es verdad —siguió Keynes, muy bajo—, entonces los salarios no son inflacionarios.

Porque detrás de cada florín hay cemento, hay acero, hay autopistas reales, hay diques reales.

Hay riqueza que no ha costado nada producir.

—Se volvió a poner las gafas—. Y entonces ese hombre no es un keynesiano.

Es otra cosa. Algo para lo que no hay teoría.

Cogió la segunda transcripción. La de esa mañana.

—Y luego esto. No es intención del Imperio jugar a la guerra económica con sus vecinos.

Se resuelvan con sangre y con hierro, no con la comida de los hombres.

—Keynes la leyó en voz alta, y se le quebró un poco la voz—.

Lydia, en 1919, en la conferencia de paz de París, yo dimití de la delegación británica.

Me fui. Y escribí un libro, Las consecuencias económicas de la paz , diciendo que Versalles mataría a Alemania de hambre.

Que las reparaciones eran una venganza. Que una paz que se hace con la comida de los hombres es una paz que prepara la próxima guerra.

Se quedó callado.

—Nadie me escuchó. Y aquí estamos.

Dejó la transcripción sobre la mesa.

—Y ahora un rey alemán, diecisiete años después, dice exactamente lo mismo que dije yo. No con la comida de los hombres. Y lo dice para no hacerles a sus vecinos lo que les hicimos nosotros a ellos.

Lydia le puso la mano en el hombro.

—Escríbele, Maynard.

Keynes negó con la cabeza.

—No. Voy a hacer algo mejor. Voy a ir a verlo. Quiero ver con mis propios ojos de dónde sale ese cemento.

* * *

París. Comité des Forges, rue de Madrid. 16 de marzo, 15:00 hrs.

En la sede del Comité des Forges, la patronal de la siderurgia francesa, en el octavo distrito de París, el presidente, François de Wendel, había reunido a los grandes industriales del acero, del carbón y de la mecánica a las tres de la tarde.