CAPÍTULO XX — Sin papeles #3
Delante del cuartel de la 3. Sturmdivision des Königlichen Heeres, en Aquisgrán, a tres kilómetros de la frontera belga y a seis de la holandesa, la cola empezaba a las cinco de la mañana.
Ese jueves había cuatro mil personas.
Belgas de Lieja y de Verviers, mineros del Borinage, obreros de las acerías de Seraing.
Holandeses de Limburgo, de Heerlen, de Kerkrade, mineros de carbón también.
Luxemburgueses de las minas de hierro de Esch.
Franceses del Norte. Y, mezclados con ellos, de vez en cuando, uno que no era de ninguno de esos sitios: un italiano que había venido desde Charleroi, un español refugiado de Asturias que llevaba dos años en Bélgica, un polaco de las minas de Lens.
Un sargento gris recorría la cola con un cazo y un cubo, sirviendo café en tazones de lata.
Al frente de la cola, en una mesa de campaña bajo el toldo, tres soldados del Königliches Heer procesaban a la gente. Nombre. Edad. Oficio. Huella del pulgar. Credencial. Sector. Siguiente.
En el extremo de la mesa, de pie, con las manos a la espalda, un capitán gris miraba la cola.
Un belga de Lieja, un hombre de unos cuarenta años con un abrigo demasiado grande, llegó a la mesa y se detuvo. No dio su nombre. Se quedó mirando al capitán.
—Mi capitán —dijo, en un alemán torpe, de valón—. En el 14. En agosto. Yo tenía dieciocho años. Vivía en Visé. Ustedes… los alemanes… entraron en Visé. —Hizo una pausa—. Quemaron el pueblo. Fusilaron a mi padre en la plaza. Contra la pared de la iglesia.
El capitán no se movió.
—Yo vine aquí a trabajar —siguió el belga—. Porque tengo cinco hijos y no hay trabajo en Lieja. Pero quería decírselo. Antes de firmar nada. Que lo sepa.
El capitán lo miró mucho rato.
Luego hizo algo que ninguno de los tres soldados de la mesa le había visto hacer nunca. Se quitó la gorra.
—Lo siento —dijo.
No dijo nada más. No se justificó. No dijo eso fue otro ejército ni eso fue otra Alemania . Se quedó de pie, con la gorra en la mano, delante del belga.
El belga lo miró un rato más. Luego se volvió hacia la mesa.
—Me llamo Joseph Lambert —dijo—. Minero. Cuarenta años.
El soldado de la mesa escribió. Le tomó la huella. Le dio la credencial. Le asignó el sector.
Joseph Lambert cogió la credencial y se fue hacia el patio, donde esperaban los camiones.
El capitán se volvió a poner la gorra.
* * *
Copenhague. Christiansborg. 12 de marzo, 16:00 hrs.
En Copenhague, el primer ministro Thorvald Stauning, socialdemócrata, un hombre de sesenta y tres años con la barba blanca de un profeta y la cara de un tabaquero, que es lo que había sido antes de ser político, leyó el informe del cónsul en Flensburgo con una pipa en la boca.
Dinamarca tenía cien mil parados. Pocos, comparados con los demás. Pero en el sur de Jutlandia, en la frontera con Schleswig, la mitad de los obreros del campo estaban sin trabajo desde el otoño.
Y en Schleswig, al otro lado, se estaba construyendo un dique de cuarenta kilómetros en la costa del Mar del Norte, desde Husum hasta la frontera danesa.
—Cuatro mil marcos —dijo Stauning—. Es una locura.
—Sí, primer ministro.
—Una locura que funciona. —Stauning dio una chupada a la pipa—.
Llevo cuarenta años en el movimiento obrero.
He visto huelgas, cierres patronales, crisis, hambre.
Y he visto a todos los gobiernos de Europa, el mío también, decir que no había dinero para dar trabajo a los parados.
Que el mercado se ajustaría solo. Que había que tener paciencia.
Dejó la pipa en el cenicero.
—Y un rey alemán acaba de demostrar que lo único que hacía falta era querer hacerlo.
—Primer ministro, con todo respeto, ese rey hace aparecer cemento de la nada. Nosotros no.
Stauning lo miró.
—Ya lo sé —dijo—. Y por eso tengo miedo. Porque nuestros obreros no lo saben. Y no les importa.
* * *
Basilea. Puente del Rin. 13 de marzo, 07:00 hrs.
En Basilea, donde la frontera suiza con Alemania pasa por el medio de la ciudad, los obreros suizos no tuvieron que cruzar ninguna montaña.
Les bastaba con cruzar un puente.
La mañana del viernes 13, a las siete, el guardia de fronteras suizo del puente de Kleinhüningen contó a quinientos hombres cruzando hacia el lado alemán en una hora.
Suizos. Obreros de la industria química de Basilea, de la textil, del puerto del Rin.
Suiza tenía en 1936 noventa mil parados, la cifra más alta de su historia, y Basilea estaba entre las ciudades más golpeadas.
Ninguno llevaba hatillo. Iban como se va al trabajo. Con la fiambrera bajo el brazo.
Al otro lado, a doscientos metros, empezaba la obra de la nueva autopista de Basilea a Fráncfort. Cuatro mil hombres con picos, palas, excavadoras y hormigoneras, trabajando en tres turnos. Y de esos cuatro mil, a final de mes, mil doscientos serían suizos.
Por la noche volvían a dormir a sus casas. Por el mismo puente.
El guardia de fronteras suizo, un hombre de unos cincuenta años con bigote, los vio volver esa noche, a las siete, con la fiambrera vacía y la gorra en la mano, hablando entre ellos en dialecto de Basilea.
Uno de ellos, al pasar, le dijo:
—¿Sabes cuánto me han pagado por una semana, Ruedi?
El guardia no contestó.
—Más de lo que gano aquí en dos meses. —El obrero se rio—. Y mañana el sargento gris me va a enseñar a manejar una excavadora.
Pasó de largo.
El guardia lo vio alejarse por el puente hacia la ciudad, hacia las luces de Basilea, con la fiambrera vacía balanceándose.
Luego miró hacia el otro lado. Hacia los focos de la obra de la autopista, que se veían desde allí, en la oscuridad, como una ciudad nueva encendida en mitad del campo alemán.