Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XX — Sin papeles #2
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CAPÍTULO XX — Sin papeles #2

El jefe local del partido, un maestro de escuela de unos cuarenta años con gafas, se subió a una silla.

—Camaradas —dijo—. Ya lo habéis oído. Mañana podéis ir a trabajar a Sajonia. Sin papeles. Y volver cuando queráis.

Hubo un murmullo.

—Pero quiero que penséis una cosa —siguió el maestro—.

Durante tres años hemos dicho que éramos alemanes.

Que queríamos volver al Reich. Que Praga nos trataba como a extranjeros.

Y Hitler nos decía que un día vendría a buscarnos.

—Se ajustó las gafas—. Ese hombre de Berlín no ha dicho que venga a buscarnos.

No ha dicho nada de los Sudetes. Ha dicho que cualquier hombre que vaya tendrá trabajo.

Cualquiera. Un checo también. Un polaco. Un judío. Cualquiera.

—No nos quiere porque seamos alemanes —dijo al fin—. Nos quiere porque somos hombres que trabajan. Lo mismo que a los checos.

Desde el fondo de la sala, un obrero viejo, de bigote blanco, gritó:

—¿Y qué más da, maestro? ¡Paga cuatro mil marcos!

Hubo risas. Muchas. Y luego aplausos.

El maestro se bajó de la silla. No sonreía.

A la mañana siguiente, en el paso de Zinnwald, en el de Hřensko, en el de Náchod, había colas de tres kilómetros.

Alemanes de los Sudetes, sobre todo. Pero también checos.

Muchos checos. De los pueblos de abajo, de los valles, de las afueras de Praga.

Hombres que no habían votado nunca a Henlein y que no lo votarían nunca. Que solo querían trabajar.

Los soldados grises de la 2. Sturmdivision les dieron sopa a todos. Y credenciales a todos. Sin preguntar en qué lengua hablaban.

* * *

Praga. Castillo de Hradčany. 10 de marzo, 10:00 hrs.

Beneš leyó el informe del Ministerio del Interior con las gafas en la punta de la nariz.

Cuarenta y dos mil ciudadanos checoslovacos habían cruzado la frontera alemana en un solo día. Treinta y un mil alemanes de los Sudetes. Once mil checos.

—Once mil checos —dijo Beneš.

—Sí, señor presidente.

—Hitler habría querido a los treinta y un mil alemanes. Para quitárnoslos. Para quitarnos los Sudetes con ellos. —Dejó el informe—. Este quiere a los once mil checos igual que a los alemanes. Y eso es peor.

—¿Peor, señor presidente?

—Peor —dijo Beneš—. Contra Hitler, los checos y los alemanes de este país teníamos algo en común, aunque fuera poco: los checos le tenían miedo y la mitad de los alemanes también.

Contra este… —Movió la mano—. Contra este no hay nada en común.

Solo un sueldo que este país no puede pagar ni en cien años.

Se volvió a poner las gafas.

—No podemos cerrar la frontera. Si la cerramos, la mitad del país nos acusará de matarlos de hambre.

Y no podemos dejarla abierta, porque en un año la mitad de nuestros obreros estarán trabajando en Alemania y la otra mitad estará pensando en ir.

Ese hombre no ha disparado un tiro. No ha amenazado a nadie.

No ha dicho la palabra Checoslovaquia . Y nos está conquistando con una cocina de campaña.

* * *

Salzburgo. Puesto fronterizo del Walserberg. 10 de marzo, 07:00 hrs.

En el Walserberg, en la frontera austro-alemana entre Salzburgo y Bad Reichenhall, el gendarme austríaco Josef Huber vio llegar a los primeros a las seis de la mañana, todavía de noche.

Eran tres. Hombres jóvenes de Hallein, de la fábrica de tabaco, que había despedido a la mitad de la plantilla en el 33. Se pararon delante de la barrera austríaca, con las manos en los bolsillos, mirando al otro lado.

—Josef —dijo uno de ellos, que lo conocía del pueblo—. Ábrenos.

Huber negó con la cabeza.

—No tengo órdenes, Franzl.

—Ha dicho que no hacen falta papeles.

—Para entrar en Alemania. No para salir de Austria. —Huber señaló el reglamento colgado en la pared de la garita—. Para salir hace falta pasaporte y visado de salida. Lo dice ahí.

—Yo no tengo pasaporte, Josef. No he tenido nunca.

—Pues no puedes salir.

Franzl lo miró un rato. Luego miró al otro lado. A cien metros, en el puesto alemán, la barrera estaba levantada. Había una mesa con un toldo gris. Una cocina de campaña humeando. Un sargento gris con un cazo.

—Josef —dijo Franzl—. Hace tres años que no tengo trabajo. Mi madre come en el comedor de las monjas. Mi hermana se ha ido a Viena a servir y no sé lo que hace. —Se le quebró la voz—. Al otro lado me dan cuatro mil marcos al mes. Y tú me dices que no puedo salir porque no tengo un papel.

Huber no contestó.

A las siete había cuarenta hombres delante de la barrera. A las ocho, doscientos. A las nueve, el comandante del puesto llamó a Salzburgo. A las diez, Salzburgo llamó a Viena.

A las once, Viena dijo que no se abriera la barrera bajo ningún concepto.

A las once y cuarto, los doscientos hombres de la barrera echaron a andar por el monte, por los senderos de los contrabandistas que todo el mundo en el Walserberg conocía desde niño, y cruzaron a Alemania por el bosque, en la nieve, en fila india.

Los gendarmes no dispararon. Ninguno. Huber, desde la garita, los vio subir por la ladera, entre los abetos, hacia el otro lado. Vio a Franzl, el último, volverse en lo alto de la loma y levantar la mano.

Huber no le devolvió el saludo. Pero tampoco apartó la vista hasta que lo perdió entre los árboles.

* * *

Viena. Cancillería federal. 10 de marzo, 15:00 hrs.

—Han cruzado por el monte —dijo Schuschnigg.

—Sí, señor canciller. En el Walserberg, en Kufstein, en Braunau, en Passau. Unos cuatro mil hoy. Mañana serán más.

—¿Y los gendarmes?

—No han disparado, señor canciller.

—No. —Schuschnigg asintió—. Claro que no han disparado. ¿A quién iban a disparar? ¿A sus vecinos? ¿A sus primos, que van a trabajar?

Se quedó un rato mirando la ventana.

—Braunau —dijo—. Han cruzado por Braunau.

Todo el mundo en Austria sabía quién había nacido en Braunau.

—Hitler quería venir a Austria por Braunau —dijo Schuschnigg—. Con sus tropas. Con sus banderas. Para hacernos alemanes a la fuerza. —Movió la cabeza—. Y ahora los austríacos se van a Alemania por Braunau. Por el monte. Por su propio pie. Para trabajar.

Se volvió hacia el secretario.

—Abra las fronteras —dijo—. De día. Con registro. Como los polacos. Prefiero saber cuántos se van a enterarme por los gendarmes de cuántos han cruzado por el monte.

* * *

Lille. Bolsa del Trabajo. 10 de marzo, 12:00 hrs.

En Lille, en el norte de Francia, en la Bolsa del Trabajo de la CGT, el sindicato socialista, el secretario regional leyó la traducción del decreto a los delegados de los sindicatos de las minas, del textil y de la metalurgia, y cuando terminó hubo un silencio largo.

Luego habló un minero de Lens, un hombre grande, de manos negras, con el carné del Partido Comunista en el bolsillo.

—Cuatro mil marcos —dijo—. ¿Cuánto es eso en francos?

—Unos veintiséis mil francos, camarada.

—Al mes.

—Al mes.

El minero se rio. Una risa corta, sin alegría.

—Yo gano novecientos. Cuando trabajo. —Se volvió hacia los demás—.

Camaradas, hace cinco años que el Partido nos dice que la Unión Soviética es la patria de los trabajadores.

Que allí el obrero es el dueño. Que allí hay pan y trabajo para todos.

Y ahora resulta que la patria de los trabajadores es Alemania. Y que el que paga es un rey.

—Es una trampa, Marcel —dijo el secretario—. Es propaganda. Ningún país del mundo puede pagar eso.

—Entonces mañana iré a Aquisgrán y lo comprobaré —dijo el minero—. Y, si es una trampa, volveré. Ha dicho que podemos volver cuando queramos.

El secretario no contestó.

Esa semana, la CGT del Norte perdió a mil doscientos afiliados. No se dieron de baja. Simplemente, no volvieron a pagar la cuota. Estaban en Aquisgrán.

* * *

París. Hôtel Matignon. 11 de marzo, 10:00 hrs.

Sarraut había convocado al Consejo de Ministros a las diez de la mañana, y a las diez y cinco el ministro de Trabajo, Frossard, estaba de pie leyendo cifras.

—Desde el lunes, unos dieciocho mil franceses han cruzado la frontera alemana.

Sobre todo desde el Norte, desde Lorena y desde Alsacia.

Mineros, metalúrgicos, obreros del textil.

En Alsacia y en Lorena hablan alemán: no tienen ni que aprender el idioma.

Los prefectos calculan que, a este ritmo, a final de mes serán cien mil.

—¿Y qué propone? —preguntó Sarraut.

Frossard dejó los papeles sobre la mesa.

—Señor presidente, no propongo nada. Porque no hay nada que proponer. Si cerramos la frontera, tendremos huelgas en todo el Norte antes del domingo. Con las elecciones a seis semanas. Y si no la cerramos…

—Si no la cerramos, ¿qué?

—Si no la cerramos —dijo Frossard—, dentro de un año los mejores obreros de Francia estarán construyendo autopistas en Alemania. Y los acorazados de ese hombre los harán soldadores franceses.

—Hay otra cosa, señor presidente —dijo Frossard, más bajo—. Que me preocupa más.

—Diga.

—Los que vuelven. —Frossard cogió otro papel—.

Los primeros han vuelto el sábado, después de la primera semana.

Con el sueldo en el bolsillo. En florines.

Un minero de Lens ha vuelto con setenta y ocho florines por seis días de trabajo, que en el banco de Lille le han cambiado por seis mil francos.

Lo que gana aquí en siete meses. —Dejó el papel—.

Ha vuelto a su casa, ha pagado las deudas de la tienda, le ha comprado zapatos a sus hijos y el lunes se ha vuelto a ir.

»Y en el café de su pueblo, el domingo, ha contado que en Alemania nadie le ha preguntado si era francés, ni si era comunista, ni si era católico.

Que le dieron sopa antes que la credencial.

Que el sargento que lo procesó le estrechó la mano.

—Frossard se quedó un momento callado—. Señor presidente, ese hombre ha vuelto a Francia contando que Alemania lo ha tratado mejor que Francia. Y todo su pueblo lo ha escuchado.

Nadie dijo nada en el Consejo.

—Hitler —dijo al fin Flandin— quería conquistar Europa con tanques. Este la va a conquistar con nóminas.

* * *

Aquisgrán. Cuartel de la 3. Sturmdivision. 12 de marzo, 08:00 hrs.