Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XX — Sin papeles
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CAPÍTULO XX — Sin papeles

Aeródromo de Tempelhof.

Había leído, durante el fin de semana, los informes que me había hecho llegar Bülow de los consulados del Reich en las fronteras.

Los había leído todos, con la carpeta azul al lado, que ya no era una carpeta sino tres.

Breslau, Reichenberg, Salzburgo, Emden, Aquisgrán, Estrasburgo, Basilea, Flensburgo.

En todos decía lo mismo con otras palabras.

Llegan hombres de fuera a preguntar por trabajo. Se les dice que no. Vuelven a sus casas. Al día siguiente vuelven otros.

Había leído también el informe de Seldte.

Un millón novecientos mil alemanes trabajando ya en las obras.

Las oficinas de reclutamiento de las Sturmdivisionen seguían abiertas y seguía llegando gente, pero cada día menos.

A finales de marzo, decía Seldte, no quedaría en Alemania un solo parado que quisiera trabajar y no estuviera trabajando.

Y las obras necesitaban más. Muchos más. Las autopistas, las vías, los diques, los astilleros, y lo que vendría después.

Había pasado la noche del domingo pensándolo. Con la lista delante. Con el mapa de Europa en la pared de la sala, que Kessel me había colgado a petición mía la semana anterior. Mirando las fronteras. Polonia. Checoslovaquia. Austria. Suiza. Francia. Luxemburgo. Bélgica. Holanda. Dinamarca.

Millones de hombres sin trabajo al otro lado de cada una de ellas.

En mi otra historia, dentro de tres años y medio, millones de hombres de esos mismos países vendrían a Alemania a trabajar.

Los traerían en vagones de ganado. Con una letra cosida en el pecho: una P para los polacos, un OST para los rusos y los ucranianos.

Trabajarían en las fábricas de Krupp, de IG Farben, de Siemens, de Daimler, en las minas, en las granjas, por un plato de sopa y la vida. Doce millones. Muchos no volverían.

Ese lunes, a las nueve menos cinco, me senté frente al micrófono de carbón decidido a que vinieran antes. Por su propio pie. Con su nombre. Y pudiendo volver a casa cuando quisieran.

Fenske levantó la mano. Bajó un dedo. Otro. Otro.

* * *

— Todo hombre que llegue a Alemania buscando trabajo lo tendrá.

» El salario por trabajo es el mismo para cualquiera. Se paga en una escala de setenta y dos escalones salariales. Un obrero gana al mes unos trescientos cuarenta y dos florines, que al cambio de normalización son cuatro mil trescientos treinta y tres marcos imperiales.

» A los que vengan de fuera: no necesitan ningún tipo de papel.

Ni visado, ni permiso, ni pasaporte. Solo tienen que presentarse ante los cuarteles de las Sturmdivisionen.

Allí los procesarán, les darán la credencial y les asignarán el sector en el que trabajar.

Y luego podrán volver a su casa cuando quieran.

» A los que vivan lejos de la frontera y quieran venir: a su sueldo se le añadirán cuarenta y cuatro florines, a cargo de la Corona, para su alojamiento y sus gastos de vida en los días que estén trabajando.

Solté el botón.

Fenske, detrás del cristal, me miraba con la boca un poco abierta. Había hecho la cuenta. Cuatro mil trescientos treinta y tres marcos al mes. Un obrero alemán ganaba en 1936 ciento cincuenta. Un coronel del antiguo Heer, quinientos. Un ministro, dos mil.

—Repítalo cada hora —le dije—. Y que lo traduzcan. Al polaco, al checo, al francés, al holandés, al danés, al italiano. Que lo lean en todas las lenguas que se hablan al otro lado de nuestras fronteras.

—A sus órdenes, Majestad.

Me levanté. En la puerta del barracón me detuve.

—Fenske.

—Majestad.

—Esos hombres van a venir con miedo. Con el miedo con el que vienen los hombres pobres a un país rico a pedir trabajo. Dígales a los cuarteles que el primer día les den de comer. Antes de la credencial. Antes de nada.

* * *

Katowice. Frontera germano-polaca. 9 de marzo, 14:00 hrs.

A las dos de la tarde, en el puesto fronterizo de la carretera de Katowice a Beuthen, en la Alta Silesia, el teniente de la Guardia de Fronteras polaca Stanisław Wróbel tenía delante a ochocientas personas.

Habían empezado a llegar a las once, una hora y media después de que la radio polaca —la de Katowice, que había captado la emisión de Berlín y la había traducido sin permiso de nadie, porque el locutor de guardia no supo qué otra cosa hacer— leyera el decreto.

Primero eran veinte. Luego cien. A mediodía, cuatrocientos.

Ahora, ochocientos. Hombres, sobre todo.

Jóvenes y no tan jóvenes. Mineros en paro de las minas de carbón de Silesia, que llevaban años cerradas o a medio turno.

Campesinos de los pueblos de alrededor, con las botas llenas de barro.

Algunos con un hatillo. La mayoría con nada.

Esperaban delante de la barrera, en la carretera, en silencio. No gritaban. No empujaban. Esperaban a que el teniente Wróbel levantara la barrera.

Y el teniente Wróbel no tenía órdenes de levantarla.

—Mi teniente —le dijo un sargento, en voz baja—. Al otro lado.

Wróbel miró. Al otro lado de la barrera, a cien metros, en el puesto alemán, la barrera alemana estaba levantada.

Y delante de ella, en la carretera, había una mesa de campaña con un toldo gris y dos soldados del Königliches Heer sentados detrás, con un tampón y un fajo de papeles.

Y junto a la mesa, una cocina de campaña con la chimenea humeando.

Y junto a la cocina, un sargento gris con un cazo, que había puesto en fila una docena de tazones de lata sobre una tabla.

Esperando.

—¿Qué hago, mi teniente? —preguntó el sargento.

Wróbel tenía veintiséis años. Era hijo de un minero de Rybnik. Su padre llevaba cuatro años sin trabajo.

Llamó a Katowice por el teléfono del puesto. El comandante de la región de la Guardia de Fronteras no estaba. Llamó a Varsovia. En Varsovia le dijeron que esperara instrucciones.

Esperó una hora.

A las tres de la tarde, un hombre mayor, de unos cincuenta años, con un abrigo raído y una gorra de minero, se separó de la multitud y se acercó a la barrera. Se quitó la gorra. Le habló a Wróbel en polaco, con acento de Silesia.

—Teniente. Yo tengo cuatro hijos. Llevo cinco años sin bajar a la mina. Mi mujer limpia escaleras en Katowice. —Hizo una pausa—. Al otro lado hay sopa. Lo veo desde aquí. Huele.

Wróbel no contestó.

—No le pido que me deje ir a Alemania para siempre —dijo el minero—. Ha dicho que podemos volver cuando queramos. Lo ha dicho por la radio. Lo he oído. —Volvió a ponerse la gorra—. Solo le pido que me deje ir a trabajar.

Wróbel miró al minero. Miró la barrera. Miró la cocina de campaña del otro lado, con su chimenea humeando.

Luego levantó la barrera.

No pidió permiso a nadie. No esperó más instrucciones. Le quitó el seguro a la palanca y la levantó él mismo, con las dos manos. Y se quedó a un lado, firme, mientras ochocientos polacos cruzaban la frontera en silencio, de dos en dos, sin correr, hacia la mesa del toldo gris.

Al día siguiente lo destituyeron.

Una semana después, el general jefe de la Guardia de Fronteras recibió en Varsovia una carta firmada por cuatrocientos mineros de Silesia, que habían vuelto a casa el sábado con su primer sueldo en el bolsillo, pidiendo que se le devolviera el cargo al teniente Wróbel. La carta no tuvo respuesta.

Pero el lunes siguiente, en el puesto de Beuthen, el nuevo teniente tenía órdenes de Varsovia de levantar la barrera de seis de la mañana a seis de la tarde.

* * *

Varsovia. Palacio Brühl. 9 de marzo, 18:00 hrs.

El coronel Józef Beck leyó el informe de Katowice con el cigarrillo apagado entre los dedos, y después el de Poznań, y el de Toruń, y el de Gdynia, y el del corredor.

En todos, lo mismo. Colas en la frontera.

Barreras que se levantaban o no se levantaban según el oficial de guardia. Miles de hombres.

—Cuatro mil trescientos marcos —dijo—. Al mes. ¿Sabe usted cuánto gana un ministro polaco, señor jefe de gabinete?

—Mil doscientos złotys, señor ministro.

—Unos seiscientos marcos. —Beck dejó el informe—. Un minero de Silesia que cruce la frontera mañana va a ganar siete veces lo que gano yo.

No era una queja. Era un dato.

—Hay ocho millones de campesinos de más en este país —siguió—.

Ocho millones. Llevamos quince años sin saber qué hacer con ellos.

Unos dicen que hay que repartir las grandes fincas.

Otros, que hay que mandarlos a América, pero América ya no los quiere.

Otros, que hay que mandar a los judíos a Madagascar para que los campesinos ocupen sus tiendas.

—Encendió el cigarrillo—. Y ese hombre acaba de resolver el problema en dos minutos por la radio. Los quiere. Todos. Sin papeles.

—Señor ministro, el Estado Mayor dice que es una amenaza. Que, si un millón de polacos van a trabajar a Alemania, Alemania tendrá un millón de rehenes.

Beck echó el humo hacia el techo.

—El Estado Mayor tiene razón —dijo—. Y el Estado Mayor no le ha dado a esos hombres de comer en quince años.

Abran las fronteras. De día. Con control.

Que se registren al salir, para saber cuántos son.

Y que el Ministerio de Hacienda empiece a pensar cómo cobrar impuestos sobre cuatro mil trescientos marcos al mes.

* * *

Reichenberg, Bohemia del Norte. Sede local del Partido Alemán de los Sudetes. 9 de marzo, 20:00 hrs.

En Reichenberg, en la sede del partido de Konrad Henlein, en el primer piso de una cervecería de la plaza mayor, había doscientos hombres apretados escuchando la radio, y cuando terminó la tercera repetición de la emisión, nadie aplaudió.

No hacía falta. Se miraban unos a otros.

Eran alemanes de los Sudetes. Ciudadanos checoslovacos.

Obreros de las fábricas de vidrio y de tejidos de la comarca, cerradas desde el 30.

Llevaban dos semanas yendo a la frontera a preguntar en las oficinas de la 2.

Sturmdivision, y les habían dicho que no, que el reclutamiento era para ciudadanos del Reich.

Y ahora la radio de Berlín decía que no hacía falta ningún papel.