CAPÍTULO XIX — Picos y palas #2
Los holandeses sabían de diques más que nadie en el mundo.
Llevaban ochocientos años construyéndolos.
Hacía cuatro años habían terminado el mayor de su historia, el Afsluitdijk, que cerraba el Zuiderzee, y ahora empezaban a desecar los pólderes de detrás.
Treinta y dos kilómetros de dique en mar abierto. Les había costado diez años.
Y el informe del cónsul holandés en Emden decía que los alemanes estaban levantando en Frisia Oriental, al otro lado del Dollart, un dique de veinte kilómetros. Que habían empezado hacía dos semanas. Y que iban por el kilómetro cuatro.
—Cuatro kilómetros en dos semanas —dijo el ministro, con el informe en la mano—. En el mar. En invierno.
—Sí, señor ministro.
—Nosotros tardamos dos meses en hacer un kilómetro del Afsluitdijk. Con buen tiempo.
—Sí, señor ministro.
El ministro dejó el informe.
—Tenemos trescientos ochenta mil parados —dijo—. Con un dique de veinte kilómetros al otro lado de la frontera, haciéndose a dos kilómetros por semana. Les doy un mes antes de que los primeros pescadores de Groninga crucen el Dollart a preguntar si les dan trabajo.
* * *
Varsovia. Ministerio de Asistencia Social. 3 de marzo, 12:00 hrs.
En Polonia no había dos millones y medio de parados.
Había más. Nadie sabía cuántos. En las ciudades, quinientos mil inscritos.
En el campo, donde nadie se inscribía porque no había dónde, entre cuatro y ocho millones de campesinos que sobraban en las tierras de sus padres, que trabajaban cuatro meses al año y se morían de hambre los otros ocho.
El ministro de Asistencia Social leyó el informe del consulado de Breslau y se quedó callado mucho rato.
Breslau estaba a cuarenta kilómetros de la frontera polaca.
Y el informe decía que en Breslau, desde hacía diez días, la autopista nueva hacia Berlín tenía a cuarenta mil hombres trabajando en tres turnos, de día y de noche, con focos.
Y que la Sturmdivision concentrada en la frontera había abierto una oficina de reclutamiento en la plaza mayor.
—Para alemanes —dijo el subsecretario—. Solo para alemanes, señor ministro.
—Por ahora —dijo el ministro.
* * *
Praga. Ministerio de Asistencia Social. 3 de marzo, 13:00 hrs.
En Praga, el problema tenía nombre y apellidos.
Los Sudetes. La franja de montañas y valles de la frontera con Alemania, donde vivían tres millones de alemanes con pasaporte checoslovaco.
Las fábricas de vidrio de Bohemia del Norte, los textiles de Reichenberg, las porcelanas de Karlsbad, la industria de juguetes, de instrumentos musicales, de guantes.
Todo exportación. Todo hundido desde el 29.
En los distritos alemanes de Bohemia, el paro llegaba al veinticinco, al treinta por ciento.
Pueblos enteros donde la mitad de los hombres no había trabajado en cinco años.
Y al otro lado de la frontera, a veinte, a treinta kilómetros, en Sajonia, en Silesia, en las mismas montañas, se estaban construyendo autopistas, vías férreas y diques con dos millones de hombres.
El informe de la policía de Reichenberg decía que, en dos semanas, unos tres mil hombres de los Sudetes habían cruzado la frontera para preguntar en las oficinas de reclutamiento de la 2.
Sturmdivision. Que los habían rechazado: el reclutamiento era solo para ciudadanos del Reich.
Que habían vuelto. Y que, al volver, habían ido directamente a las sedes del partido de Henlein.
El ministro cerró el informe.
—No los han aceptado —dijo.
—No, señor ministro.
—Todavía.
Nadie contestó.
* * *
Viena. Ministerio de Asuntos Sociales. 3 de marzo, 14:00 hrs.
En Viena, el ministro no dijo nada. Leyó el informe, lo dejó en la mesa y se fue a ver al canciller.
Schuschnigg lo recibió en su despacho de la Ballhausplatz.
Leyó el informe en silencio. Austria tenía un paro del veinte por ciento.
Trescientos cincuenta mil hombres sin trabajo en un país de seis millones y medio.
Desde hacía seis años. Las colas de los comedores populares de Viena daban la vuelta a la manzana.
Y en Baviera, a una hora de Salzburgo, la autopista de Múnich a la frontera austríaca tenía veinte mil hombres trabajando.
Schuschnigg dejó el informe.
—Hitler nos quería —dijo—. Lo decía en voz alta.
Lo escribió en su libro. Austria y Alemania, un solo pueblo, un solo Reich.
Y nosotros podíamos resistir, porque Hitler era un enemigo.
La gente lo odiaba o lo temía. Los católicos, los socialistas, los monárquicos.
Hasta los nazis austríacos tenían miedo de él, en el fondo.
Hizo una pausa.
—Este no nos quiere. No ha dicho una palabra de Austria.
Ni una. Y, sin quererlo, sin pedirlo, sin una amenaza, está construyendo una autopista hasta nuestra frontera con veinte mil hombres que cobran un sueldo.
—Se quitó las gafas—. A Hitler podíamos resistirlo con patriotismo.
A esto, ¿con qué lo resistimos? ¿Con el comedor popular de la Westbahnhof?
* * *
Bruselas. 3 de marzo, 15:00 hrs.
En Bruselas, el primer ministro Van Zeeland, que era economista antes que político, leyó el informe y no dijo nada de los parados ni de los diques.
Dijo una sola cosa, a su ministro de Hacienda:
—¿De dónde sale el cemento?
El ministro de Hacienda no lo sabía.
—Los cementeros alemanes trabajan al sesenta por ciento de su capacidad —dijo Van Zeeland—.
Lo sé porque tenemos acciones en dos de ellos.
No han recibido ningún pedido grande en febrero.
Ninguno. Las acerías del Ruhr, tampoco. Krupp tampoco.
Thyssen tampoco. —Dejó el informe—. Y en Alemania hay ahora mismo, en los patios de las estaciones, millones de toneladas de cemento, de acero, de grava, que nadie ha fabricado, que nadie ha comprado, que nadie ha pagado.
Lo miró.
—Llevo veinte años de economista, señor ministro. Y le digo una cosa. Si se puede hacer aparecer cemento de la nada, la economía, tal como la conocemos, se ha terminado.
* * *
Londres. Almirantazgo. Departamento de Inteligencia Naval. 6 de marzo, 10:00 hrs.
El informe del agregado naval británico en Berlín, el capitán Gerald Muirhead-Gould, llegó al Almirantazgo el viernes 6 de marzo, con tres fotografías tomadas desde una lancha pesquera holandesa que había pasado, por casualidad o no, frente a la boca del puerto de Wilhelmshaven el domingo anterior.
Las fotografías eran malas. Granulosas, tomadas con teleobjetivo, con niebla. Pero se veía la grada.
Y en la grada, la quilla.
El jefe del Departamento de Inteligencia Naval, el contraalmirante James Troup, las extendió sobre la mesa de su despacho, junto a un plano de Wilhelmshaven de 1918, y llamó a tres de sus analistas: un capitán de navío, un ingeniero naval de la Dirección de Construcciones y un joven teniente de navío que sabía alemán.
Tardaron cuatro horas.
Midieron la grada en las fotografías, comparándola con la altura de las grúas de la Kriegsmarinewerft, que conocían, y con la de los edificios de la base, que estaban en el plano de 1918.
Midieron la quilla: la línea de acero oscuro sobre los picaderos, de la que solo se veía el tramo central.
Calcularon la eslora a partir de la longitud de la grada y de la posición de los picaderos.
Calcularon la manga a partir de la anchura de los picaderos. Hicieron los números tres veces.
A las dos de la tarde, el ingeniero naval dejó el lápiz sobre la mesa.
—Eslora, entre trescientos y trescientos veinte metros —dijo—. Manga, entre cuarenta y cuarenta y cuatro. Con esas dimensiones y las proporciones normales de un acorazado… —Se detuvo.
—Siga.
—Entre sesenta y cinco mil y ochenta mil toneladas de desplazamiento estándar, señor.
—El Hood —dijo el contraalmirante Troup— desplaza cuarenta y dos mil. El mayor barco de guerra del mundo.
—Sí, señor.
—El Tratado de Washington limita los acorazados a treinta y cinco mil toneladas. El tratado que estamos negociando ahora mismo, aquí, en Londres, en la Conferencia Naval, con los americanos, los franceses y los italianos, quiere mantener ese límite.
—Sí, señor.
—Y los alemanes están construyendo uno del doble.
—Del doble, señor. O más.
Troup se quedó mirando la fotografía.
—¿Armamento?
—No se puede saber por la quilla, señor.
Pero un barco de ochenta mil toneladas no se construye para llevar cañones de once pulgadas.
Llevará catorce. O dieciséis. O algo que no tenemos todavía.
Y para mover ochenta mil toneladas a una velocidad razonable, señor, necesitará más de doscientos mil caballos.
No hay ninguna máquina en el mundo que dé eso.
El joven teniente que sabía alemán levantó la mano.
—Señor. El informe del agregado naval. Página tres. Dice que, según fuentes de la base, el barco ya tiene nombre.
Troup buscó la página tres. La leyó.
Se quedó un rato muy quieto.
— Attila der Hunne —leyó en voz alta—. Die Geißel.
Nadie dijo nada.
—Atila el Huno —tradujo el teniente—. El Azote.
Troup dejó el informe sobre la mesa.
—Llevamos veinte años llamándolos hunos —dijo—. Desde el 14. En los carteles. En los periódicos. En la Cámara. Y ese hombre ha cogido la palabra y la ha puesto en la popa del barco más grande del mundo. Para que cada vez que lo escribamos en un informe nos acordemos de quién la inventó.
Se volvió hacia el capitán de navío.
—Quiero esto en la mesa de lord Chatfield antes de las cinco. Y una copia para la delegación de la Conferencia Naval. Que lo lean antes de firmar nada. Que lo lean despacio.
Esa noche, en su casa de Kensington, el almirante sir Ernle Chatfield, primer lord del Mar, miembro de la delegación británica en la Conferencia Naval de Londres, leyó el informe de Troup dos veces.
Luego cogió el borrador del tratado que Gran Bretaña iba a firmar a finales de mes con los Estados Unidos y Francia, con el límite de treinta y cinco mil toneladas para los acorazados y de catorce pulgadas para los cañones.
Lo miró un rato largo.
Y lo guardó en el cajón.