Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XIX — Picos y palas
62%

CAPÍTULO XIX — Picos y palas

Berlín. La residencia.

Tres semanas después del decreto, el Königliches Heer había empezado a reclutar hombres.

No para la mili. Para construir.

Lo había decidido una noche, a finales de febrero, con la lista de doce palabras delante, que ya ocupaba siete hojas.

Había una palabra en la tercera hoja que llevaba días mirando sin saber qué hacer con ella: parados .

Dos millones y medio de alemanes sin trabajo, según los números de Seldte.

En pleno invierno. Hombres de pie en las colas de los subsidios, en los portales de las oficinas de empleo, en las esquinas, con las manos en los bolsillos y la gorra calada, mirando pasar los camiones grises del Heer.

Hitler los había puesto a trabajar con el rearme.

Con las fábricas de armas, con el servicio militar, con el Servicio de Trabajo del Reich, con las primeras autopistas.

Había bajado el paro de seis millones a dos y medio en tres años, y lo había hecho a crédito, con los efectos Mefo, con una deuda que habría estallado en el 39 o en el 40 si no hubiera estallado antes la guerra que la tapó.

Yo no necesitaba crédito.

Así que una mañana llamé a Hollenbach y a Seldte a la sala alargada y les dije lo que quería. Seldte, con su brazo inmóvil sobre la mesa, me escuchó con la boca entreabierta. Hollenbach lo apuntó en su libreta con su letra pequeña y vertical.

Dos millones de hombres. Los primeros. Los parados, antes que nadie.

Con picos y palas, sí. Pero no solo. Con maquinaria pesada: excavadoras de vapor y de gasóleo, grúas, apisonadoras, hormigoneras, locomotoras de obra, vagonetas, tractores de orugas.

Con miles de millones de toneladas de material de construcción: cemento, grava, acero en barras, traviesas, raíles, piedra, ladrillo. Todo lo que hiciera falta.

Lo traje en tres noches. A los patios de las estaciones de mercancías, a los muelles de los puertos, a los solares de las afueras de las ciudades, a los campos de maniobras vacíos del antiguo Heer.

Lo traje despacio, pensándolo, pieza por pieza, como había traído las divisiones.

Y por la mañana, los alemanes que pasaban por delante de los patios de mercancías de Leipzig, de Hamburgo, de Colonia, de Breslau, se encontraban montañas de grava del tamaño de una iglesia y filas de excavadoras nuevas, todavía con la pintura brillante, que no estaban allí la noche anterior.

Nadie preguntó de dónde habían salido. Ya nadie en Alemania preguntaba eso.

Los objetivos eran cuatro.

Autopistas. Las que Hitler había empezado y las que no se le habían ocurrido. Una red que cruzara el país de norte a sur y de este a oeste, de Königsberg a Aquisgrán, de Flensburgo a Múnich, de Hamburgo a Viena —esa la dejé en el papel, sin decirla—.

Vías férreas. Dobles donde eran sencillas. Electrificadas donde eran de vapor. Nuevas donde no había. La red alemana era buena, pero se había construido para un país de 1900, y yo la quería para un país de 1950.

Diques. En la costa del Mar del Norte, en Frisia, en Schleswig-Holstein, en la desembocadura del Elba, donde el mar se comía la tierra cada invierno. Y en el Óder, que se desbordaba cada primavera. Los holandeses llevaban siglos haciéndolo. Alemania no.

Astilleros. Nuevos. Tres. En Wilhelmshaven, en Kiel y en la desembocadura del Weser.

Gradas para barcos que todavía no existían y que no existirían hasta que Raeder me trajera sus cálculos.

Y mano de obra para los astilleros que ya había: Blohm & Voss en Hamburgo, Deutsche Werke en Kiel, la Kriegsmarinewerft en Wilhelmshaven, Deschimag en Bremen.

Que llevaban años trabajando a medio gas, con la mitad de los obreros de los que necesitaban.

Las Sturmdivisionen se encargaron del reclutamiento.

Abrieron oficinas en todos sus cuarteles, en todas las guarniciones, en las estaciones, en las plazas de los pueblos.

Un sargento gris detrás de una mesa de campaña, con un tampón y un fajo de credenciales.

Se presentaba uno, daba su nombre, decía qué sabía hacer, recibía una credencial y un destino. Al día siguiente estaba trabajando.

En tres semanas se habían presentado un millón cuatrocientos mil.

* * *

El acorazado se puso en quilla el viernes 28 de febrero.

No lo había pedido Raeder. Raeder todavía no había presentado sus cálculos: le quedaban doce días del plazo de cuarenta. Lo había pedido yo.

Fue en la grada nueva de Wilhelmshaven, la más grande, la que habían terminado los Pioniere de las Sturmdivisionen en diez días con hormigón y acero que no habían salido de ninguna fábrica.

Trescientos cincuenta metros de largo. Junto a ella, las gradas viejas de la Kriegsmarinewerft parecían juguetes.

Le había dado yo el nombre.

Attila der Hunne, die Geißel.

Atila el Huno, el Azote.

Lo había pensado mucho. Lo había pensado una noche entera, en la sala alargada, con el fuego de la chimenea casi apagado.

Porque sabía de dónde venía la palabra huno .

Sabía que en julio de 1900, en Bremerhaven, el emperador que ahora cortaba leña en Doorn había despedido a las tropas que se iban a China contra los bóxers con un discurso: No se dará cuartel.

No se harán prisioneros. Así como hace mil años los hunos, bajo su rey Atila, se hicieron un nombre que todavía hoy los hace parecer formidables en la tradición y en la leyenda, que el nombre de Alemania sea conocido en China de tal manera que ningún chino se atreva nunca más a mirar con desdén a un alemán.

Y sabía lo que había pasado después. Que los ingleses habían recogido la palabra.

Que en el 14, en el 15, en el 16, en todos los carteles de reclutamiento, en todas las caricaturas de los periódicos de Londres, en todos los discursos, los alemanes eran the Huns .

Los hunos. Bárbaros con casco de punta que violaban monjas belgas y clavaban niños en las bayonetas.

Durante cuatro años. Y después, durante veinte más.

Una palabra de un emperador vanidoso convertida en un insulto para setenta millones de personas.

Así que se la devolví. Como quien se cobra una afrenta en el tiempo.

El mayor barco de guerra del mundo, el más blindado, el más armado, el más rápido de su tamaño, llevaría en la popa, en letras de bronce de dos metros, el nombre que los ingleses habían usado para insultar a Alemania durante veinte años.

Y cada vez que un almirante británico lo viera en un informe, tendría que escribirlo.

Attila.

Clase J-36. Blindaje de cinturón de trece pulgadas.

Catorce cañones de trece coma cuatro pulgadas en torres dobles: ocho a proa, en cuatro torres escalonadas, y seis a popa, en tres.

Máquinas de doscientos treinta mil caballos al eje.

Ningún acorazado del mundo había tenido nunca ni la mitad de esa potencia.

El Hood , el orgullo de la Marina británica, tenía ciento cuarenta y cuatro mil.

Raeder lo había visto en la grada el viernes, cuando le enseñé los planos. Se había quedado de pie junto a la quilla, una línea de acero de trescientos metros sobre los picaderos de hormigón, con la cara larga de pastor protestante blanca como el papel. Luego se había vuelto hacia mí.

—Majestad. ¿Este es… uno de los nuestros?

—No, Herr Großadmiral —le dije—. Este no es de los suyos. No es de los que usted me va a pedir dentro de doce días. Esos se los daré cuando me traiga los cálculos.

Raeder me miró sin entender.

—Este es mi yate personal —dije.

Raeder no se rio. No se rio nadie. Hollenbach, a mi lado, no movió un músculo.

—En tiempo de necesidad —seguí— estará a disposición de la Überwasserflotte. De la de usted. Hasta entonces, es mío.

Raeder se quedó mucho rato mirando la quilla. Luego asintió una sola vez.

* * *

París. Ministerio de Trabajo, rue de Grenelle. 3 de marzo, 10:00 hrs.

En París, la noticia de los dos millones de obreros alemanes llegó con las fotografías: montañas de grava en la estación de mercancías de Colonia, filas de excavadoras en un campo de Sajonia, miles de hombres con pico y pala en una trinchera de la autopista Berlín-Stettin, todos con la misma gorra gris y la misma credencial colgada del cuello.

El ministro de Trabajo, Ludovic-Oscar Frossard, un socialista independiente de cuarenta y seis años que había sido secretario general del Partido Comunista francés y luego lo había dejado, las extendió sobre la mesa de su despacho y llamó a su director de empleo.

—¿Cuántos parados tenemos?

—Cuatrocientos sesenta mil inscritos, señor ministro. Los reales, el doble. Quizá el triple.

—¿Y qué hacemos con ellos?

El director no contestó.

—Ya sé lo que hacemos —dijo Frossard—. Nada.

Les damos un subsidio que no da para comer y esperamos a que el mercado se recupere.

Llevamos seis años esperando. —Señaló las fotografías—.

Ellos no esperan. Tienen dos millones de hombres trabajando en tres semanas.

Con máquinas que nosotros no podemos comprar y cemento que nosotros no podemos pagar.

—Señor ministro, eso es el rearme. Las autopistas son militares. Sirven para mover tropas hacia la frontera.

—Las autopistas sirven para lo que se quiera que sirvan —dijo Frossard—. Y los diques del Mar del Norte no sirven para mover tropas hacia ninguna parte. —Cogió otra fotografía—. Mire esto. Diques. En Frisia. Para que el mar no se coma las granjas de los campesinos.

El director no dijo nada.

—En abril hay elecciones —dijo Frossard—. Y el Frente Popular va a ganar. Y Blum va a ser presidente del Consejo. Y el primer día, el primer día, todos los obreros de Francia le van a poner estas fotografías delante y le van a preguntar por qué los alemanes pueden y nosotros no.

Dejó la fotografía sobre la mesa.

—Y yo no sé qué le va a contestar.

* * *

La Haya. Ministerio de Asuntos Sociales. 3 de marzo, 11:00 hrs.

En La Haya, la palabra que se repetía en el Ministerio de Asuntos Sociales era diques .