Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XVIII — Tres sanciones #5
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CAPÍTULO XVIII — Tres sanciones #5

Ningún Hohenzollern había pagado nada. Ni un marco. La guerra la había empezado él —o la había dejado empezar, que era lo mismo— y la habían pagado los demás. Con sus ahorros, con sus hijos, con sus piernas.

Hasta que mi bolsillo lo pague.

El joven había dicho eso de una deuda que no era suya. Que había dejado otro. Que había dejado el cabo bohemio.

Y él, el emperador, nunca lo había dicho de una deuda que sí era suya.

* * *

Los tratados.

El anciano abrió los ojos.

Se levantó despacio de la silla de montar.

Fue hasta la estantería del fondo del despacho, la de los libros que no leía nunca.

Buscó con la mano derecha, a la luz escasa de la lámpara.

Lo encontró. Un volumen encuadernado en tela gris, con el título en letras doradas en francés y en inglés: Traité de Paix.

Treaty of Peace. Versailles, 28 juin 1919.

Lo había comprado en el 20. No sabía por qué. No lo había abierto nunca.

Volvió a la mesa con él. Se sentó. Lo abrió. Buscó.

Parte VII. Sanciones. Artículo 227.

Lo leyó. En francés, que leía perfectamente.

Las Potencias aliadas y asociadas acusan públicamente a Guillermo II de Hohenzollern, ex emperador de Alemania, de ofensa suprema contra la moral internacional y la santidad de los tratados.

Se constituirá un tribunal especial para juzgar al acusado.

Las Potencias aliadas y asociadas dirigirán al Gobierno de los Países Bajos una solicitud de entrega del ex emperador para que sea juzgado.

El anciano se quedó mirando la página.

Diecisiete años. Diecisiete años había vivido en aquella casa, en aquel país, sabiendo que existía aquel artículo.

Que el tratado que había terminado la guerra, el tratado que había deshecho su imperio, llevaba su nombre dentro.

Guillermo II de Hohenzollern. Acusado. Como un criminal.

Y que, si Holanda no se hubiera negado a entregarlo —si la reina Guillermina no hubiera dicho que no, una y otra vez, a los franceses, a los ingleses, a Lloyd George que quería ahorcarlo—, lo habrían juzgado en Londres y quizá lo habrían ahorcado.

Hang the Kaiser. Ahorcad al Káiser. Lo habían gritado en las calles de Londres en el 18. Lo había ganado Lloyd George en unas elecciones.

Y esa mañana, el joven había dicho por la radio: el Imperio no reconoce ningún tratado limitante impuesto al Estado anterior .

Ninguno.

Tampoco ese.

Tampoco el artículo 227.

El anciano se dio cuenta de que le temblaba la mano derecha, la buena, sobre la página.

El joven no lo había dicho por él. Lo sabía. No había pensado en él. No lo había nombrado. Había pensado en el ejército, en Renania, en los submarinos, en los cañones. Había pensado en Alemania. No en un anciano en Holanda.

Pero lo había dicho. Y, al decirlo, sin saberlo o sabiéndolo, había roto el único papel del mundo que llamaba criminal a Guillermo II.

Diecisiete años.

Y no se lo había pedido nadie. Ni él. Ni su hijo. Ni un solo monárquico alemán. Lo había hecho un hombre sin apellido que había tomado su país, su capital, su Puerta, sus regimientos y su hurra , y que había dicho, el mismo día, que todos los hombres eran iguales. Que el rey también era polvo.

* * *

El reloj de su abuelo dio las doce.

La campanada grave, la de siempre, la del palacio de Berlín. El anciano la contó sin darse cuenta. Doce.

Cerró el libro. Lo dejó sobre la mesa, al lado del retrato de Augusta Victoria.

Pensó en los hereros, que nadie había juzgado.

Pensó en los diez millones de muertos de su guerra, que nadie había juzgado tampoco.

Pensó en el artículo 227, que lo acusaba de algo de lo que, en el fondo, sabía que era culpable, aunque no lo había dicho nunca, ni a Hermine, ni a su confesor, ni a sí mismo.

Y pensó en el joven. Que había roto el artículo por la mañana. Y que, la misma mañana, había dicho que un crimen contra cualquier hombre era un crimen contra el rey.

El anciano entendió entonces lo que había hecho el joven. Y no le gustó entenderlo, y no pudo dejar de entenderlo.

No lo había absuelto.

Le había quitado el tribunal de los aliados, el de los vencedores, el de los que gritaban ahorcad al Káiser .

Y le había dejado el otro. El que no necesitaba tratados, ni juristas, ni artículos.

El del testigo inmutable. El que el capitán de la Puerta de Brandeburgo le había recordado al joven delante de cien mil personas: que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio.

El anciano tenía setenta y siete años. No le quedaba mucho.

Y el joven, sin nombrarlo, sin pensar en él, le acababa de quitar la última excusa. La de que lo habían juzgado mal, los vencedores, por venganza. Ya no lo juzgaba nadie en la tierra.

Solo quedaba el otro juicio.

* * *

Se quedó en el despacho hasta las tres de la madrugada.

No escribió nada. No leyó nada más. No rezó, porque no sabía cómo hacerlo de verdad; había rezado toda su vida en voz alta, en la capilla del palacio, delante de la corte, como se reza en las ceremonias, y nunca había aprendido a rezar solo.

Se quedó sentado en la silla de montar, con la mano derecha sobre el libro cerrado de Versalles, mirando la ventana oscura.

A las tres, Hermine, que no dormía, subió y empujó la puerta. Lo vio desde el umbral: la espalda encorvada, la barba blanca, la luz de la lámpara sobre la mesa, la mano sobre el libro.

No entró. No dijo nada.

Pero lo oyó hablar. Muy bajo. No a ella. A la ventana. A la oscuridad. A nadie.

—Todos los hombres —decía el anciano—. Todos los hombres. Todos los hombres.

Una vez detrás de otra. Como quien aprende de memoria una lección que debería haber aprendido de niño.

Hermine cerró la puerta sin hacer ruido y bajó la escalera. Y en el rellano, a oscuras, por primera vez en trece años, la segunda esposa del último emperador alemán se sentó en un escalón y lloró. Sin saber muy bien por quién.