Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XVIII — Tres sanciones #4
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CAPÍTULO XVIII — Tres sanciones #4

—Versalles creó Polonia —dijo Beck—. Nos devolvió Poznania. Nos dio el corredor. Nos dio salida al mar. Hizo de Danzig una ciudad libre. Todo eso está en Versalles. Todo. —Dejó el papel sobre la mesa—. Si ese hombre no reconoce Versalles, ¿reconoce la frontera de Polonia?

—No lo ha dicho —siguió Beck—. Ha dicho tratados limitantes .

Limitantes para Alemania. El desarme, el ejército de cien mil hombres, la desmilitarización de Renania, la prohibición de carros, de aviones, de submarinos.

Eso son limitaciones. La frontera polaca, ¿es una limitación? Para nosotros, no. Para él…

No terminó la frase.

—Mande llamar a Lipski —dijo al fin—. Que venga de Berlín. Hoy. En avión. Quiero saber, de su boca, si ese hombre ha pensado en Polonia cuando ha dicho ningún . —Encendió por fin el cigarrillo—. Porque si ha pensado, es peor. Y si no ha pensado, también.

* * *

Roma. Palazzo Venezia. 10 de febrero, 18:00 hrs.

Mussolini leyó la sanción tercera de pie, en la Sala del Mappamondo, y cuando terminó la arrugó, otra vez, en una bola.

Esta vez no la recogió del suelo.

—Stresa —dijo—. Hace diez meses. Abril del 35.

Francia, Inglaterra e Italia. En la isla de Stresa, en el lago Maggiore.

Firmamos un comunicado conjunto. Que nos oponíamos, por todos los medios adecuados , a cualquier repudio unilateral de los tratados que pudiera poner en peligro la paz de Europa.

—Se volvió hacia Suvich—. Lo firmé yo. Contra Hitler. Para que no se tocara Austria.

—Sí, Duce.

—Y ahora ese hombre repudia unilateralmente todos los tratados.

Por la radio. —Mussolini se acercó a la ventana—.

Y yo estoy en guerra en Etiopía, con media flota en el Mar Rojo y la Sociedad de Naciones sancionándome.

Y Francia e Inglaterra me odian por Etiopía.

Y si mañana ese hombre decide que Austria es un tratado limitante …

No terminó la frase.

Se quedó un rato largo mirando la Piazza Venezia, con las manos en las caderas.

—Suvich —dijo al fin, sin volverse—. Escriba a Attolico.

Que pida audiencia. Hoy. Que le diga al rey de Alemania que el Duce le felicita por su valentía al denunciar la injusticia de Versalles, que Italia también sufrió en la conferencia de paz, que Italia también fue tratada como vencida aunque había ganado.

—¿Y Austria, Duce?

Mussolini se volvió.

—De Austria no le diga nada —dijo—. Nada. Que no la nombre. Que no la piense siquiera delante de él. Ese hombre todavía no ha dicho Austria. Que no seamos nosotros los que se lo recordemos.

* * *

Doorn, Países Bajos. Huis Doorn. 10 de febrero de 1936.

Esa mañana, el anciano había escuchado el decreto en la biblioteca, a las nueve, de pie, como el día de la coronación. Pero esta vez no se había puesto el uniforme. Llevaba la chaqueta de tweed y las polainas de todos los días.

No había dicho nada cuando terminó la emisión. Había apagado la radio, se había puesto el abrigo y el sombrero, había cogido el hacha del perchero de la entrada y había salido al parque.

Hermine lo había visto desde la ventana. No le había dicho nada. Hacía años que el anciano cortaba leña en el parque todas las mañanas, y había aprendido que había días en que la cortaba porque le gustaba y días en que la cortaba porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos.

Ese día era de los segundos.

* * *

Eligió un roble.

No uno pequeño. Un roble viejo, de los grandes, de los que había al fondo del parque, junto al foso, que tendría ochenta o cien años y que el jardinero jefe le había pedido hacía tiempo que no tocara porque daba sombra al estanque. El anciano no se acordó del jardinero. Se acordó del roble.

Cortaba con un solo brazo. El derecho. El izquierdo, el corto, el que tenía paralizado desde el parto, lo apoyaba en el mango del hacha, por debajo, solo para guiarlo.

Había aprendido a cortar así de niño, en Potsdam, porque su madre, la emperatriz Victoria, la hija de la reina de Inglaterra, había decidido que un príncipe prusiano no podía ser menos que los demás por culpa de un brazo, y lo había obligado a montar a caballo, a nadar, a disparar, a cortar leña, hasta que lo hacía todo mejor que los demás, con un brazo solo, llorando de rabia por las noches.

Cortó durante cuatro horas.

Los jardineros lo vieron desde lejos y no se acercaron. El ayudante de cámara, a las once, le llevó un termo de café y lo dejó en un banco, sin decir nada, y se fue. El anciano no lo tocó.

A la una y media, el roble cayó.

Cayó hacia el foso, despacio primero, luego de golpe, con un crujido largo de madera que se rompe y luego un estruendo que hizo levantar el vuelo a todos los cuervos del parque. Quedó atravesado sobre el foso, con la copa en la otra orilla, como un puente.

El anciano se quedó mirándolo, con el hacha en la mano, sudando a pesar del frío.

Tenía setenta y siete años. Era la primera vez en mucho tiempo que tumbaba un árbol de ese tamaño él solo.

No sintió ninguna satisfacción.

* * *

Por la noche, después de la cena, a la que no bajó, el anciano se encerró en su despacho del primer piso.

Era una habitación pequeña, para lo que había sido su vida.

Una mesa de escritorio de caoba, la misma que había tenido en el Neues Palais de Potsdam.

La silla de montar en lugar de sillón. Las paredes cubiertas de fotografías: sus padres, sus abuelos, sus hijos, sus nietos, sus regimientos, sus barcos.

El retrato de Augusta Victoria, la primera mujer, sobre la mesa.

Un busto de Federico el Grande. Un reloj de pared que había sido de su abuelo, Guillermo I, y que daba las horas con la misma campanada grave con la que las había dado en el palacio de Berlín.

Encendió solo la lámpara de la mesa. Se sentó en la silla de montar.

Y se quedó así, mucho tiempo, con la mano derecha sobre la mesa y la izquierda en el bolsillo, mirando la oscuridad de la ventana.

* * *

Todos los hombres.

Lo había oído tres veces. La voz del joven, subiendo, cada vez más alta, hasta el borde. Todos los hombres. Todos los hombres. Todos los hombres.

Y luego: un crimen contra cualquiera de ellos será un crimen de lesa majestad .

El anciano había sido majestad durante treinta años.

Lo había sido de verdad. No como un título, como un cargo, como una función.

Lo había sido con todo su cuerpo, con toda su alma.

Había creído, desde niño, desde que su abuelo lo sentaba en las rodillas en el palacio y le decía que un día sería rey, que la majestad era suya.

Que Dios se la había dado a él, a su casa, a su sangre, y a nadie más.

Que entre él y los demás hombres había una distancia que no era de grado, sino de naturaleza.

Que él respondía ante Dios y los demás respondían ante él.

Por la gracia de Dios, Rey de Prusia, Emperador Alemán.

Lo había creído. Lo seguía creyendo, en el fondo, a los setenta y siete años, en un país extranjero, cortando leña.

Y aquel joven, aquel hombre sin apellido, sin casa, sin sangre, coronado con una banda de hierro por un capitán de guardia, acababa de decir por la radio que matar a cualquier hombre —a un judío, a un obrero, a un campesino polaco, a un comunista— era un crimen contra su majestad.

Contra la del rey. Que la majestad del rey estaba en cada hombre.

O que la de cada hombre estaba en el rey. No sabía cuál de las dos.

Las dos, probablemente.

El anciano pensó en los hereros.

No quería pensar en ellos. Llevaba treinta y dos años sin pensar en ellos. Pero esa noche, en su despacho, con la lámpara encendida y el reloj de su abuelo marcando los segundos, pensó en ellos.

Namibia. África del Sudoeste Alemana. 1904.

Los hereros se habían levantado contra los colonos.

Él había mandado al general Von Trotha. Y Von Trotha había publicado una orden: todo herero, con o sin fusil, con o sin ganado, que se encontrara dentro de la frontera alemana sería fusilado.

No se aceptarían más mujeres ni niños. Se les empujaría al desierto.

Y los habían empujado al desierto del Omaheke, y habían envenenado los pozos, y habían muerto de sed decenas de miles.

Hombres, mujeres, niños. Los que quedaron, a los campos.

Él había leído la orden. Lo recordaba. La había leído en el informe del Estado Mayor, en Berlín, y no había dicho nada.

Había tardado semanas en anularla, y la había anulado por presión del canciller, no por conciencia.

Porque eran negros. Porque eran salvajes.

Porque eran rebeldes. Porque estaban lejos.

Todos los hombres son iguales. Ante Dios.

El anciano cerró los ojos.

Un crimen contra cualquiera de ellos será un crimen de lesa majestad.

Si aquella sanción hubiera existido en 1904, pensó, el reo de lesa majestad habría sido él. Su general. Su Estado Mayor. Él.

Se quedó mucho rato con los ojos cerrados.

* * *

Los bonos.

Eso le importaba menos. El dinero no le había importado nunca, porque nunca le había faltado. Ni siquiera ahora. La República le había devuelto en el 26 buena parte de las propiedades de la casa: castillos, tierras, bosques, dinero. Vivía bien. Mejor que bien.

Pero había una frase que se le había quedado clavada.

Hasta que mi bolsillo lo pague.

Mi bolsillo. No el Tesoro , no el Estado , no el Reich . El bolsillo de un hombre.

El anciano pensó en las reparaciones. En los ciento treinta y dos mil millones de marcos oro que los aliados habían exigido a Alemania en el 21.

En la inflación del 23, que había arruinado a la clase media alemana, a los funcionarios, a los oficiales retirados, a las viudas de guerra, a todos los que habían tenido sus ahorros en marcos.

Las carretillas de billetes. Las familias de oficiales de su ejército vendiendo la plata en la calle.

Él no había pagado nada de eso. Estaba en Holanda. Cortando leña.