CAPÍTULO XVIII — Tres sanciones #3
Su secretaria, que estaba en la puerta, lo vio sonreír. Una sonrisa pequeña, torcida, de catedrático al que un alumno le acaba de corregir un error en la pizarra delante de toda la clase y que no tiene más remedio que reconocer que el alumno tiene razón.
—Fraude —dijo Schacht, en voz baja—. Lo ha llamado fraude.
—¿Herr Reichsbankpräsident?
Schacht se volvió hacia ella.
—Durante tres años, Frau Lange, he dicho en público que los efectos Mefo eran un instrumento de financiación innovador.
He dicho en privado, a Norman, a Basilea, a dos o tres más, que eran un truco genial.
Y nunca, ni una sola vez, ni siquiera a mí mismo, me he atrevido a decir la palabra que acaba de decir ese hombre por la radio.
—Se ajustó el cuello duro—. Fraude. Tiene razón. Es exactamente eso.
Se sentó.
—Y lo ha arreglado mejor de lo que yo lo habría arreglado —dijo—. Acciones de fábricas. Al dos coma cuatro. Sin inflación, sin quiebras, sin pánico. —Movió la cabeza—. Lleva dos semanas en este país y ya sabe hacer mi trabajo mejor que yo.
—¿Y eso es bueno, Herr Reichsbankpräsident?
Schacht tardó en contestar.
—Para Alemania, sí —dijo—. Para mí, todavía no lo sé.
* * *
III. LOS TRATADOS
Ginebra. Palacio de las Naciones. Secretaría General de la Sociedad de Naciones. 10 de febrero, 12:00 hrs.
En el despacho del secretario general de la Sociedad de Naciones, en el viejo Palais Wilson, a orillas del lago Lemán, mientras al fondo del parque seguía en obras el palacio nuevo, Joseph Avenol leyó la sanción tercera a mediodía y se quedó un rato mirando el lago por la ventana.
Avenol era un francés de cincuenta y siete años, inspector de Finanzas, hombre de números, que había llegado a la secretaría general hacía tres años sin creer demasiado en la Sociedad que dirigía.
En tres años había visto cómo Japón se iba de la Sociedad por Manchuria, cómo Alemania se iba por el desarme, cómo Italia invadía Etiopía y la Sociedad respondía con sanciones que no incluían el petróleo.
Y ahora esto.
El Imperio no reconoce ningún tratado limitante impuesto al Estado anterior. Esas leyes fueron impuestas por las armas. Si quieren que acatemos esos límites, tendrán que hablar sus armas, no sus juristas.
— No sus juristas —repitió Avenol, en voz alta, al lago.
La Sociedad de Naciones era, en el fondo, eso: juristas. Diecisiete años de juristas. Comisiones, informes, resoluciones, votaciones, artículos del Pacto, sanciones económicas, llamamientos a la conciencia de la humanidad. Juristas hablando a gobiernos que tenían ejércitos.
Y un hombre en Berlín acababa de decir, por la radio, lo que todo el mundo en aquel palacio sabía y nadie decía: que los juristas no podían obligar a nadie a nada.
Que los tratados que se imponen por las armas solo se mantienen con las armas.
Que Versalles no lo había mantenido la Sociedad de Naciones, sino el ejército francés.
Y que el ejército francés no había movido un dedo en diecisiete años, ni cuando Alemania se rearmó, ni cuando Alemania se fue de la Sociedad, ni cuando Alemania entró en Renania hacía dos semanas.
Avenol se volvió hacia su secretario.
—Convoque al Consejo —dijo—. Sesión extraordinaria. Para el lunes que viene.
—¿Con qué orden del día, señor secretario general?
Avenol lo pensó.
— Situación en Alemania —dijo—. Nada más. Que cada delegación traiga lo que quiera decir. Y prepare la sala grande. Va a venir todo el mundo. Y no va a decir nada nadie.
* * *
París. Hôtel Matignon. 10 de febrero, 13:00 hrs.
En París, la sanción tercera llegó al Consejo de Ministros en mitad del almuerzo, y el almuerzo se terminó en ese momento.
Sarraut leyó el texto en voz alta, con la servilleta todavía en la mano. Cuando terminó, nadie habló.
Luego el general Maurin, ministro de la Guerra, se levantó de la mesa.
—Señor presidente —dijo—. Esta vez no es una amenaza.
Es una declaración. Formal. Pública. Grabada.
El Imperio alemán declara que no reconoce el Tratado de Versalles.
Ni el de Locarno, por extensión. Ni ningún otro.
—Golpeó la mesa con los nudillos—. Y nos dice que, si queremos que los cumpla, tendremos que obligarle por las armas. Y que le gustaría vernos intentarlo .
—Lo he leído, general.
—Entonces el Gobierno tiene que decidir hoy si lo intentamos o no.
Flandin, el ministro de Asuntos Exteriores, dejó la servilleta.
—General —dijo—, se lo pregunté hace dos semanas y se lo vuelvo a preguntar. ¿Con qué?
Maurin no contestó.
—Gamelin —dijo Flandin, volviéndose hacia el jefe del Estado Mayor, que también estaba a la mesa—. ¿Puede el ejército francés entrar en Renania mañana? No movilizar: entrar. Con lo que tiene.
Gamelin tardó mucho en contestar. Tenía las manos blancas juntas sobre el mantel.
—Mañana no, señor ministro —dijo al fin—. Para entrar en Renania contra dos divisiones de ese tipo, con esos carros, necesitaría la movilización general. Tres semanas. Un millón de hombres. —Hizo una pausa—. Y no sé si bastaría.
—¿No sabe si bastaría un millón de hombres contra veinticuatro mil?
Gamelin miró el mantel.
—No sé lo que hay detrás de esos veinticuatro mil, señor ministro —dijo—. Nadie lo sabe. Hace dos semanas había una división. Al día siguiente había siete. Si entro en Renania con un millón de hombres, no sé si al día siguiente habrá setenta.
Nadie dijo nada.
Sarraut se quitó las gafas. Se frotó los ojos. Se las volvió a poner.
—Entonces —dijo— la respuesta es no.
—¿No qué, señor presidente? —preguntó Maurin.
—No lo intentamos. —Sarraut dejó el papel sobre la mesa—.
Lo que ese hombre ha dicho es exactamente lo que habría dicho cualquier gobierno alemán desde 1919 si hubiera tenido el valor y la fuerza.
Ninguno los tuvo. Este sí. —Miró a Maurin—.
Y hace dos semanas, general, yo dije por la radio que no estábamos dispuestos a dejar Estrasburgo bajo el fuego de los cañones alemanes.
Lo dije. Y Estrasburgo sigue sin estar bajo el fuego de nadie.
Ese hombre no ha disparado un tiro hacia Francia.
Ha dicho que no reconoce nuestros tratados.
No ha dicho que vaya a cruzar nuestras fronteras.
—Todavía.
—Todavía —concedió Sarraut—. Y mientras sea todavía , Francia no va a empezar una guerra por un papel firmado hace diecisiete años con un emperador que ya no existe.
Se levantó.
—Señores, se levanta la sesión. Flandin, prepare una nota de protesta. Firme. Correcta. Y que se entregue en Berlín mañana. Aunque me temo que irá a parar a la misma carpeta que las demás.
* * *
Londres. Cámara de los Comunes. 10 de febrero, 16:00 hrs.
En Londres, esta vez, sí hubo debate en los Comunes. No hubo forma de evitarlo.
Eden habló el primero, desde el banco del gobierno.
Habló de la gravísima preocupación del gobierno de Su Majestad.
De la violación unilateral de los tratados.
Del respeto al derecho internacional . De las consultas con Francia, Bélgica e Italia , garantes de Locarno.
Habló veinte minutos y no dijo nada que nadie no esperara.
Luego se levantó Churchill.
Habló treinta minutos. Lo escucharon en un silencio que no le habían concedido en seis años.
—Señor presidente. Hace tres años que advierto a esta Cámara de que Alemania se estaba rearmando en secreto.
Nadie me escuchó. Hace dos semanas advertí a esta Cámara de que el hombre que ha tomado Berlín debía ser tomado en serio.
Nadie me contestó. Hoy ese hombre ha dicho en voz alta, por la radio, lo que todos los gobiernos alemanes desde 1919 pensaban en voz baja: que Versalles no lo reconocen.
Y ha dicho algo más. Ha dicho que, si queremos que lo reconozca, tendrán que hablar nuestras armas.
»Señor presidente, voy a decir algo que no le va a gustar a nadie en esta Cámara. Ni a los de este lado ni a los de aquel.
»Tiene razón.
Hubo un murmullo. Churchill levantó la mano.
—Tiene razón. Los tratados que se imponen por las armas se mantienen por las armas o no se mantienen.
Y nosotros, en diecisiete años, no hemos querido mantenerlos por las armas.
Ni nosotros ni los franceses. Hemos querido que se mantuvieran solos.
Por la buena voluntad. Por la Sociedad de Naciones.
Por los juristas. —Golpeó el atril—. Ese hombre nos ha dicho hoy, con toda la crudeza de un soldado, lo que nosotros nunca hemos querido decirnos: que los juristas no bastan.
»Y ahora, señor presidente, viene lo que de verdad importa.
Ese hombre ha dicho tres cosas esta mañana.
No una. Tres. Ha dicho que todos los hombres son iguales.
Ha dicho que el dinero de su Estado era un fraude y que lo va a pagar.
Y ha dicho que no reconoce nuestros tratados.
—Se quedó un momento callado—. Las tres en la misma emisión. En el mismo aliento.
»Un tirano, señor presidente, habría dicho solo la tercera.
Un santo, solo la primera. Un banquero, solo la segunda.
Este hombre ha dicho las tres. Y yo no sé qué es un hombre que dice las tres a la vez.
Pero sé que no se parece a nada que hayamos visto antes.
Y sé que, si lo tratamos como si se pareciera a algo que ya conocemos, nos equivocaremos.
Se sentó.
Esta vez sí aplaudió alguien. No muchos.
Pero desde los bancos laboristas, un diputado de Lanarkshire, minero, socialista, que había votado contra Churchill toda su vida, se levantó y aplaudió solo, de pie, durante diez segundos, hasta que se dio cuenta de que nadie más lo hacía y volvió a sentarse, rojo.
* * *
Varsovia. Palacio Brühl. 10 de febrero, 14:00 hrs.
En Varsovia, la sanción tercera se leyó de una sola manera.
— Ningún tratado limitante impuesto al Estado anterior —leyó el coronel Józef Beck, en voz alta, en su despacho, con el cigarrillo apagado—. Ningún.
Su jefe de gabinete esperó.