CAPÍTULO XVIII — Tres sanciones #2
—Un rey y emperador, Majestad. Rex et Imperator. En latín.
Haile Selassie asintió.
—Un emperador cristiano —dijo— que dice que todos los hombres son iguales ante Dios. —Hizo una pausa—. En Ginebra, los otros emperadores cristianos nos han dicho que lo sienten mucho, pero que el petróleo no.
Se levantó. Fue hasta la ventana. Fuera, todavía a oscuras, se oía a lo lejos un motor de avión. Italiano. Siempre eran italianos.
—Escriba —dijo, sin volverse—. Al rey de Alemania.
Una carta. De emperador a emperador. No le pida nada.
No le pida armas. No le pida que hable en Ginebra.
Solo dígale que el Rey de Reyes de Etiopía ha oído sus palabras.
Y que en este país, ahora mismo, mientras él las decía, caía gas sobre hombres que también son imagen de Dios.
—¿Nada más, Majestad?
—Nada más. —El emperador se volvió—. Si es el hombre que dicen, sabrá qué hacer con eso. Si no lo es, no habremos perdido nada que no estuviéramos perdiendo ya.
* * *
II. LOS BONOS
Londres. Threadneedle Street. Banco de Inglaterra. 10 de febrero, 11:30 hrs.
Montagu Norman llevaba dieciséis años de gobernador del Banco de Inglaterra y en dieciséis años nadie le había visto nunca levantar la voz.
Esa mañana tampoco la levantó. Pero cuando su secretario le trajo la transcripción de la sanción segunda, a las once y media, el gobernador se quedó de pie junto a la ventana de su despacho, con la barba de chivo gris y el sombrero de ala ancha que llevaba incluso dentro del banco, y la leyó cuatro veces seguidas sin decir nada.
Luego se sentó.
—Mefo —dijo—. Ha dicho Mefo .
—Sí, señor gobernador.
—Por la radio. En público. A toda Europa. —Norman dejó el papel—. Señor Siepmann, ¿sabe usted cuántas personas en este mundo sabían hasta esta mañana lo que eran los efectos Mefo?
Harry Siepmann, el jefe del departamento extranjero del banco, un hombre alto, rubio, de origen alemán, se lo pensó.
—¿Veinte, señor gobernador?
—Doce. Quizá quince. Hjalmar y su gente en Berlín.
Yo. Usted. Dos o tres en Basilea, en el Banco de Pagos Internacionales.
Nadie más. —Norman se quitó el sombrero, cosa que no hacía nunca, y lo dejó sobre la mesa—.
Hjalmar me lo contó en confianza, el año pasado, en Basilea, después de cenar.
Me explicó cómo funcionaba. Una sociedad pantalla con cuatro empresas detrás.
Letras a tres meses, renovables hasta cinco años, descontadas por el Reichsbank.
Un rearme entero financiado fuera del presupuesto, sin que el Reichstag lo votara, sin que nadie lo supiera.
Una obra maestra de ingeniería financiera.
Y una estafa. Las dos cosas a la vez. Yo se lo dije. Él se rio.
Norman miró la transcripción.
— Queda derogado todo fraude económico. —Leyó en voz alta—. Los efectos Mefo quedan sin valor. —Movió la cabeza—. Lo ha llamado por su nombre. Fraude. Delante de todo el mundo. Y ha dejado sin valor tres mil millones de marcos de un plumazo.
—Señor gobernador, eso va a hundir a la banca alemana. Los bancos que tienen esos efectos en cartera…
—No. —Norman lo interrumpió con un gesto—.
Lea el resto, Siepmann. Su importe será repartido en acciones de las empresas y fábricas militares de la Corona.
Al dos coma cuatro por ciento anual. Hasta que mi bolsillo lo pague.
—Dejó el papel—. No ha hundido nada. Ha convertido una deuda falsa en una participación real.
En fábricas. En acero. En algo que existe.
Y ha puesto un interés modesto, honrado, sin trampas.
Dos coma cuatro. Lo que pagaría un bono del Estado suizo.
—Y ha dicho mi bolsillo . No el Tesoro .
No el Estado . Mi bolsillo. —Norman se volvió a poner el sombrero—.
Siepmann, llevo dieciséis años defendiendo una idea: que un banco central tiene que ser independiente de los gobiernos, porque los gobiernos mienten sobre el dinero y los banqueros no deben mentir.
Esta mañana un rey ha dicho por la radio que su gobierno anterior mintió sobre el dinero, y que él lo va a pagar de su bolsillo.
—Hizo una pausa larga—. No sé si es el mayor loco de Europa o el único hombre honrado que ha gobernado Alemania desde Bismarck.
—¿Y el florín, señor gobernador?
Norman tardó en contestar.
—El florín —dijo— es lo que me quita el sueño.
Ha anunciado una moneda nueva sin decir con qué la respalda.
Sin decir el cambio. Sin decir cuándo. —Miró por la ventana, hacia la Bolsa, al otro lado de la calle—.
Una moneda nueva de un hombre que hace aparecer divisiones de la nada, Siepmann.
Si la respalda con lo mismo con lo que respalda sus carros, la libra esterlina va a tener un problema que no hemos tenido nunca.
* * *
Nueva York. Wall Street, 23. J. P. Morgan & Co. 10 de febrero, 10:00 hrs, hora local.
En la esquina de Wall Street con Broad Street, en el edificio de cuatro plantas de piedra caliza que todavía conservaba en la fachada las marcas de la bomba anarquista de 1920, el socio principal de J. P. Morgan & Co., Thomas Lamont, reunió a sus socios a las diez de la mañana en la sala de juntas.
Lamont tenía sesenta y cinco años, el pelo blanco, la cara afable, y había negociado en su vida dos de los grandes planes de reparaciones de la guerra, el Dawes y el Young, y sabía de deuda alemana más que ningún banquero vivo.
—Señores —dijo—. Sanción segunda. Todo fraude económico, derogado. —Miró alrededor de la mesa—. Les recuerdo que la casa tiene en cartera bonos alemanes del préstamo Dawes y del préstamo Young por un valor nominal de…
—Lo sabemos, Tom.
—Entonces sabrán que esta mañana nadie sabe si el nuevo soberano considera esos préstamos fraude económico o no.
Si los considera tratados limitantes impuestos al Estado anterior .
—Lamont dejó el papel sobre la mesa—. Lean la sanción tercera.
El Imperio no reconoce ningún tratado limitante.
El plan Dawes era un tratado. El plan Young era un tratado.
Los dos se firmaron para que Alemania pagara las reparaciones de Versalles.
Hubo un silencio en la sala.
—Si no los reconoce —dijo un socio joven—, perdemos…
—Perdemos mucho. —Lamont asintió—. Pero no es eso lo que me preocupa.
Lo miraron.
—Lo que me preocupa —dijo Lamont— es que no lo ha dicho.
No ha dicho si los reconoce o no. Ha dicho fraude , y ha dicho tratados limitantes , y nos ha dejado a nosotros decidir si estamos en una de las dos categorías.
—Se quitó las gafas—. Llevo cuarenta años negociando con gobiernos.
Todos los gobiernos dicen exactamente lo que van a pagar y lo que no, porque necesitan que les vuelvan a prestar.
Este no ha dicho nada. Porque no necesita que le presten.
Volvió a ponerse las gafas.
—Un deudor que no necesita crédito, señores, es la cosa más peligrosa que existe en este negocio. Mandad a alguien a Berlín. Hoy.
* * *
Ámsterdam. Damrak. Bolsa de Ámsterdam. 10 de febrero, 15:00 hrs.
En la Bolsa de Ámsterdam, en el gran edificio de ladrillo de Berlage sobre el Damrak, la noticia del florín provocó primero risas.
Los corredores holandeses se la contaban unos a otros en el parqué, entre las columnas de hierro, con los sombreros echados hacia atrás.
El florín. Los alemanes han llamado florín a su moneda nueva.
El florín. Los holandeses tenían el florín, el gulden , desde el siglo XVII.
Era la moneda más vieja y más estable de Europa después de la libra. Era el orgullo de la casa.
—Nos lo han robado —decía un corredor viejo, riéndose—. Como robaron a Rembrandt, como robaron los tulipanes. Ahora nos roban el nombre de la moneda.
Las risas duraron hasta las tres de la tarde.
A las tres, el presidente del Nederlandsche Bank, el doctor Trip, llamó por teléfono al presidente de la Bolsa y le dijo una sola frase, que en media hora se había repetido en todo el parqué:
Si ese florín alemán sale respaldado en oro, el nuestro deja de ser el florín.
Ya nadie se reía.
* * *
Basilea. Banco de Pagos Internacionales. 10 de febrero, 17:00 hrs.
En el Banco de Pagos Internacionales de Basilea, el banco de los bancos centrales, en un antiguo hotel junto a la estación, el director general, un francés llamado Pierre Quesnay, leyó la sanción segunda con un lápiz rojo en la mano y subrayó tres palabras: fraude , acciones , florín .
Luego dejó el lápiz y escribió una nota a mano, para los gobernadores de los bancos centrales miembros, que se reunirían en marzo:
Tres observaciones.
Primera: el nuevo soberano alemán ha calificado públicamente de fraude un instrumento de financiación diseñado y gestionado por el presidente del Reichsbank, que es miembro del consejo de este banco. No tenemos precedente de una situación así.
Segunda: la conversión de deuda en participaciones industriales de la Corona constituye, en la práctica, una nacionalización encubierta de la industria de armamento alemana a favor del soberano personalmente. No tenemos precedente en ninguna monarquía moderna.
Tercera: el soberano ha mantenido, en el mismo decreto, la deuda moral y económica de la población alemana con las víctimas de la persecución racial, y ha expresado que esta no se ve afectada por la conversión. Es decir: ha cancelado una deuda falsa y ha confirmado una verdadera.
No sé si eso es política monetaria. Creo que es otra cosa. Pero tendremos que aprender a tratar con ella.
* * *
Berlín. Reichsbank, Jägerstraße. 10 de febrero, 09:20 hrs.
En el despacho del presidente del Reichsbank, en el gran edificio de piedra junto al Werderscher Markt, Hjalmar Schacht había escuchado la emisión de pie, con el cuello duro hasta la barbilla y las manos a la espalda, delante de la radio.
Cuando la voz dijo los efectos Mefo quedan sin valor , Schacht cerró los ojos.
Cuando dijo fraude , los abrió.