Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XVIII — Tres sanciones
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CAPÍTULO XVIII — Tres sanciones

El mundo.

El decreto se emitió a las nueve de la mañana, hora de Berlín, y se repitió cada hora durante todo el día.

A mediodía lo habían reproducido todas las agencias de prensa del mundo.

A las seis de la tarde estaba en la primera página de los periódicos vespertinos de Europa.

A medianoche, en los de la mañana siguiente de América, de Asia, de África.

Tres sanciones. Tres frases, en el fondo. Y cada una de ellas cayó en un sitio distinto del mundo, sobre gente distinta, y abrió una herida distinta.

* * *

I. TODOS LOS HOMbrES

Nueva York. Quinta Avenida, 69. 14:00 hrs, hora local.

En la redacción de The Crisis , la revista de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color, en un edificio de oficinas de la Quinta Avenida, el redactor jefe leyó el cable de la Associated Press de pie, junto a la ventana, con el abrigo todavía puesto.

Se llamaba Roy Wilkins. Tenía treinta y cuatro años.

Había crecido en Saint Paul, en Minnesota, en casa de unos tíos, porque su madre había muerto de tuberculosis cuando él tenía cuatro años.

En 1920, siendo estudiante, había visto en los periódicos las fotografías de tres hombres negros linchados en Duluth, a doscientos kilómetros de su casa, colgados de una farola delante de una multitud de diez mil personas blancas que posaban para la cámara.

No había dejado de ver esas fotografías desde entonces.

Leyó la sanción primera tres veces. Todos los hombres. Todos los hombres. Todos los hombres. Son iguales. Un crimen contra cualquiera de ellos será un crimen de lesa majestad y de lesa humanidad. Punible con la muerte.

Se volvió hacia la redacción. Había seis personas, todas negras, mirándolo.

—Escuchad —dijo.

Lo leyó en voz alta.

Cuando terminó, una de las secretarias, una mujer joven de Georgia que había llegado a Nueva York el año anterior, preguntó:

—¿Eso es en Alemania, señor Wilkins?

—En Alemania.

—¿La Alemania de Hitler?

—La Alemania de después de Hitler.

La secretaria se quedó callada. Luego dijo:

—El año pasado lincharon a una veintena de hombres en este país. Que se sepa. Varios en Georgia, en mi condado. Ninguno de los que lo hicieron ha ido a la cárcel. Ni un día.

Wilkins no contestó.

—Y en Alemania —siguió la secretaria— un rey dice que matar a un hombre es como atentar contra él. Contra el rey. —Se le quebró la voz—. A cualquier hombre, señor Wilkins. ¿A uno como nosotros también?

Wilkins volvió a mirar el cable.

—Dice todos los hombres —dijo—. Tres veces.

Esa misma tarde, Wilkins escribió un telegrama a Atlanta, a la universidad, al hombre que había fundado The Crisis y la había dirigido durante veinticuatro años, hasta que se peleó con la asociación y se fue a enseñar al Sur: William Edward Burghardt Du Bois.

Doctor por Harvard. Sociólogo, historiador, poeta, el negro más culto de América.

Un hombre que había estudiado en Berlín de joven, en 1892, con becas, en la universidad de Federico Guillermo, y que decía que allí, en la Alemania del Káiser, por primera vez en su vida, los blancos lo habían tratado como a un hombre.

El telegrama decía:

Ha leído usted el decreto de Berlín. Necesitamos su palabra. Para el número de marzo. Lo que quiera, de la extensión que quiera.

La respuesta llegó a las once de la noche. Una sola línea.

Lo escribiré. Pero antes quiero ir a verlo. Du Bois.

* * *

Tokio. Kasumigaseki. Ministerio de Asuntos Exteriores. 11 de febrero, 09:30 hrs, hora local.

En Tokio, el decreto llegó en la madrugada del día 11, por el cable de la agencia Dōmei, y a las nueve y media de la mañana el ministro de Asuntos Exteriores, Hirota Kōki, lo tenía sobre la mesa traducido al japonés.

Hirota era un hombre de cincuenta y siete años, hijo de un picapedrero de Fukuoka, que había llegado a ministro sin pertenecer a ninguna familia noble, cosa casi imposible en el Japón de su tiempo. Tenía la cara redonda, impasible, y unos ojos pequeños que no dejaban ver nada.

Leyó la sanción primera dos veces. Luego llamó a su viceministro.

—¿Se acuerda usted de París, Shigemitsu?

El viceministro, Shigemitsu Mamoru, un hombre de cuarenta y ocho años que cojeaba de la pierna derecha, se acordaba. Todo diplomático japonés de su generación se acordaba de París.

—1919, señor ministro. La conferencia de paz.

—La conferencia de paz —repitió Hirota—.

Cuando nuestra delegación propuso añadir al pacto de la Sociedad de Naciones una cláusula de igualdad racial.

Una frase. Que los Estados miembros reconocieran la igualdad de todas las naciones y el trato justo a sus ciudadanos, sin distinción de raza ni de nacionalidad. ¿Se acuerda usted de lo que pasó?

—La votación salió a favor, señor ministro. Once votos de diecisiete. Y el presidente Wilson, que presidía la comisión, declaró que hacía falta unanimidad y la retiró. Porque Australia se oponía. Y Gran Bretaña con ella. Y él no quería problemas en el Senado con los del Sur.

—Once de diecisiete —dijo Hirota—. Y la retiraron.

—Puso la mano sobre el papel—. Diecisiete años, Shigemitsu.

Diecisiete años llevamos en este ministerio sabiendo que el mundo blanco no nos considera iguales.

Que nos dejan sentarnos a la mesa porque tenemos acorazados, no porque seamos hombres.

Por eso nos fuimos de la Sociedad de Naciones. Por eso.

Hizo una pausa larga.

—Y esta mañana un rey alemán ha dicho por la radio, a toda Europa, que todos los hombres son iguales. Tres veces. Sin distinción. Y que matar a uno es atentar contra él.

Shigemitsu no dijo nada.

—No sé quién es ese hombre —dijo Hirota—.

No sé qué quiere. Puede que sea el más peligroso de todos los europeos.

Pero ha dicho en una mañana lo que Wilson no se atrevió a firmar en tres meses.

—Se quedó mirando el papel—. Mande un telegrama a nuestro embajador en Berlín.

Que pida audiencia. Que sea el primero de Asia en pedirla.

—Señor ministro, el Ejército…

—El Ejército —dijo Hirota, sin levantar la voz— no ha leído la cláusula de 1919. Yo sí. Mande el telegrama.

* * *

Lausana. Pensión cerca de la clínica de Sylvana. 10 de febrero, 20:00 hrs.

En una pensión modesta de Lausana, a pocos minutos de la clínica donde su mujer se estaba muriendo, un hombre de cuarenta y seis años estaba sentado en el suelo de su habitación, con las piernas cruzadas, rodeado de periódicos, y no lloraba porque no había llorado en público desde que era niño y no pensaba empezar.

Jawaharlal Nehru había salido de la cárcel británica cinco meses antes, en septiembre, para estar con su mujer, Kamala, enferma de tuberculosis.

Había pasado con ella el otoño en un sanatorio de Badenweiler, en la Selva Negra, y en enero la había traído a Lausana.

Iba a verla todas las mañanas y todas las tardes. Ahora dormía.

Moriría dieciocho días después. Él todavía no lo sabía.

Leyó la sanción primera en la Gazette de Lausanne , en francés, en la página dos, en una columna de agencia que el periódico había publicado sin comentario.

La leyó en voz alta, para su hija, Indira, de dieciocho años, que había venido a acompañarle y estaba sentada en una silla junto a la ventana.

— Todos los hombres son iguales. Ante Dios. Ante la justicia.

Indira lo escuchó en silencio.

—¿Qué piensas, papá?

Nehru tardó en contestar.

—Pienso que en Londres, esta mañana, más de uno habrá leído esto y se habrá puesto nervioso —dijo al fin—.

Porque el Imperio británico tiene cuatrocientos millones de súbditos que no son iguales ante su justicia.

Que no pueden votar. Que no pueden sentarse en ciertos clubes, ni en ciertos vagones de tren, ni en ciertos bancos de ciertos parques.

Y un rey europeo, un rey blanco, acaba de decir que eso es un crimen.

—Dejó el periódico—. No lo ha dicho de nosotros.

Ha hablado de Alemania. Pero lo ha dicho.

Y una vez que una cosa así se dice en voz alta, en Europa, ya no se puede desdecir.

—¿Te fías de él?

Nehru la miró.

—No me fío de ningún rey, Indu. Ni de los nuestros ni de los suyos.

Pero me fío de las palabras. Las palabras, una vez dichas, trabajan solas.

Hacen su camino sin que nadie las empuje.

Ese hombre ha soltado una frase en el mundo que no le pertenece ya.

Que nos pertenece a todos. —Volvió a coger el periódico—. Y nosotros la vamos a usar.

Esa noche, Nehru escribió en su cuaderno, como hacía siempre. Habló de Kamala, de Indira, del partido. Y al final copió la sanción primera, a mano. Debajo escribió: ¿Te acuerdas de lo que decía Bapu? Que la verdad acaba encontrando su camino, aunque sea por la boca de quien menos esperamos.

* * *

Dessie, Etiopía. Cuartel general imperial. 11 de febrero, 06:00 hrs, hora local.

En una casa de piedra de Dessie, en las tierras altas de Etiopía, a cuatrocientos kilómetros al norte de Addis Abeba, un hombre pequeño, delgado, de barba negra cuidadosamente recortada, con una capa militar sobre los hombros, escuchó la noticia de boca de su secretario a las seis de la mañana, antes de que amaneciera.

Haile Selassie I, Rey de Reyes de Etiopía, León Conquistador de la Tribu de Judá, Elegido de Dios, llevaba cuatro meses en guerra contra la Italia de Mussolini.

Llevaba cuatro meses viendo cómo los aviones italianos bombardeaban a sus soldados y a sus aldeas con iperita, el gas mostaza, rociándolo desde el aire como quien riega un campo.

Había mandado telegramas a la Sociedad de Naciones.

Había pedido armas a Francia y a Gran Bretaña.

Le habían contestado con sanciones a Italia que no incluían el petróleo.

Su secretario le leyó la sanción primera en amárico, traducida de una emisión de la BBC.

Todos los hombres son iguales. Ante Dios.

El emperador escuchó en silencio. Luego, después de un rato largo, preguntó, en francés, que era la lengua que usaba con sus consejeros extranjeros:

—¿Lo ha dicho un emperador?