Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XVII — Decreto imperial primero #2
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CAPÍTULO XVII — Decreto imperial primero #2

—Yo he asistido a la coronación de un rey —dijo—. Y voy a coronar a otro, si Dios quiere. Y les confieso, milords, que llevo desde ayer preguntándome qué le diré a Su Majestad el día de su coronación que no le haya dicho ya un capitán alemán delante de la Puerta de Brandeburgo.

Hubo un murmullo en la Cámara.

—Ese capitán le dijo a su rey que era mortal.

Que era polvo. Que sería juzgado. Nosotros, en nuestras coronaciones, le decimos a nuestro rey que es ungido del Señor.

Le damos el cetro con la cruz y el orbe con la cruz.

Le decimos que reina por la gracia de Dios.

Todo eso es verdad, milords. Pero hay otra verdad que no le decimos.

Que Dios mismo, en su palabra, dice de todos los hombres. Que el rey también.

Volvió a ponerse las gafas.

—Y ese rey, ese rey extranjero sin Iglesia, cuatro días después de oír esa verdad, ha restituido a cientos de miles de hombres la dignidad de ser imagen de Dios.

No sé quién es, milords. No sé si es cristiano.

No sé si es un buen hombre. Pero sé que ha hecho lo que la Iglesia de Inglaterra, en tres años, no ha conseguido que hiciera ningún gobierno de Europa. Ni el suyo. Ni el nuestro.

Se sentó.

Nadie habló durante un rato. Luego, desde los bancos de los lores temporales, se levantó despacio un hombre de mediana edad, con el brazalete negro de un luto de cinco semanas: el marqués de Reading, hijo del primer judío que había sido virrey de la India, muerto a finales de diciembre.

Se quedó de pie, en silencio, mirando hacia el banco de los obispos.

No dijo nada. Inclinó la cabeza hacia el arzobispo y volvió a sentarse.

Esa noche, en Downing Street, Baldwin leyó la transcripción del discurso de Lang con la pipa apagada.

—El arzobispo —le dijo a Eden— ha hecho algo muy peligroso esta tarde.

—¿Qué, primer ministro?

—Ha comparado a ese hombre con el rey. Con el nuestro. —Baldwin dejó la transcripción—. Y no ha salido ganando el nuestro.

* * *

Berlín. La residencia. Lunes, 10 de febrero de 1936, 08:50 hrs.

Había tardado cinco días.

Los cinco que había prometido a los ministros. Cinco días en la sala alargada de la casa barroca, con la carpeta azul de Bülow abierta a un lado de la mesa, el informe de Schacht al otro y en medio mi lista de doce palabras, que había crecido hasta cubrir tres hojas.

No había dormido mucho. Había leído. Todo lo que los ministros me habían mandado después de la reunión, sin que yo se lo pidiera: los presupuestos de Schwerin von Krosigk, los balances del Reichsbank, los informes de Gürtner sobre los tribunales y los campos, las listas de Seldte, los telegramas de Bülow.

Había leído también las transcripciones de lo que se decía fuera: Roosevelt, Blum, Sarraut, el arzobispo de Canterbury, el diputado de Lorena.

Un hombre justo puede ser también un hombre peligroso.

Tenía razón el diputado de Lorena. Lo había subrayado.

Y el viernes por la tarde, Hollenbach me había traído los partes del Sturm-Regiment 9. Los había leído todos. Con nombres. Hasta el último.

Después de eso, había escrito el decreto en una hora.

No lo leería Krauz. Ni Ewers. Esta vez no.

* * *

El barracón del transmisor de Tempelhof seguía allí, con el generador tosiendo detrás. Ewers lo había vuelto a poner en marcha a las siete. Fenske estaba dentro, junto a los armarios grises, comprobando las agujas.

Entré a las nueve menos cinco. Me senté en la silla de madera, frente al micrófono de carbón. El mismo de la primera vez, el domingo 26 de enero, cuando no había dicho mi nombre.

Tenía el papel delante. Una hoja. No la miré.

Fenske levantó la mano. Bajó un dedo. Otro. Otro.

Señaló el micrófono.

* * *

— Decreto imperial primero.

» Sanción primera.

Me detuve. Respiré.

— TODOS LOS HOMbrES.

» TODOS LOS HOMbrES.

» TODOS LOS HOMbrES.

No lo grité. Pero lo dije tres veces, cada vez más alto, hasta el borde de la voz, hasta donde la voz de un hombre deja de ser voz y empieza a ser otra cosa.

Como en la sala, el miércoles, delante de los ministros.

Y vi a Fenske, detrás del cristal de los armarios, mover la mano hacia una de las ruedas de volumen y detenerse, y dejarla donde estaba.

— SON IGUALES.

» Ante Dios.

» Ante la justicia, que es reflejo de Él.

» Ante el honor, ante la verdad y ante la dignidad. Lo mismo.

» Un crimen contra cualquiera de ellos será un crimen de lesa majestad. Y de lesa humanidad. Punible con la muerte, en el momento en que sea demostrado. Conmutable en el acto por treinta años de trabajo forzado. Sin apelación.

Hice una pausa. Larga. Dejé que sesenta y siete millones de personas, y todos los que estuvieran escuchando más allá de las fronteras, se quedaran un momento con eso.

Lesa majestad. Un crimen contra la persona del rey.

El más grave de todos en cualquier monarquía de la historia.

Y yo acababa de decir que matar a un judío, a un comunista, a un gitano, a un enfermo, a cualquiera, era lo mismo que atentar contra mí.

Que cada hombre del Imperio llevaba encima la misma majestad que yo llevaba en la cabeza.

Porque la mía era de hierro y la suya era de Dios.

— Sanción segunda.

Bajé la voz. La normal. La de un hombre que lee un parte.

— Queda derogado todo fraude económico del Estado anterior.

» Los efectos Mefo quedan sin valor.

Detrás del cristal, Fenske levantó la cabeza. No sabía qué eran los efectos Mefo. Casi nadie en Alemania lo sabía. Hasta ese momento.

— Su importe será repartido en acciones de las empresas y fábricas militares de la Corona, que serán levantadas antes de 1938. Lo pagado devengará un dos coma cuatro por ciento anual, que aumentará su valor hasta que mi bolsillo lo pague.

» Esto no deroga, ni afloja, ni desvía un solo florín —la nueva moneda imperial— de la deuda de cada alemán por haber aprobado o permitido, plácida y cobardemente, las leyes inhumanas que habrían evolucionado, al final, en cosas peores.

Habrían evolucionado. Lo dije así. En condicional. Sabiendo que nadie en el mundo, nadie más que yo, sabía hasta dónde habrían evolucionado. Sabiendo que nadie lo sabría nunca.

Cosas peores. Dos palabras. Para seis millones.

No podía decir más. No podía decir lo que sabía. Así que dije cosas peores , y lo dejé ahí, y que cada alemán que lo oyera pensara lo que se atreviera a pensar.

— Sanción tercera.

Volví a subir la voz. No tanto como en la primera. Lo justo.

— El Imperio no reconoce ningún tratado limitante impuesto al Estado anterior.

» Esas leyes fueron impuestas por las armas. Si quieren que acatemos esos límites, tendrán que hablar sus armas. No sus juristas.

Me detuve.

— Y ya me gustaría verlos intentarlo.

Solté el botón.

* * *

En el barracón no se oía nada más que el zumbido de los tubos y el generador, detrás, tosiendo.

Fenske no se movió. Ewers, junto a la puerta, tampoco.

Me quedé un rato con la mano encima del botón, sin apartarla. Como la primera vez.

Ya me gustaría verlos intentarlo.

Sabía lo que acababa de hacer. Lo sabía mejor que nadie.

Acababa de decir en una frase lo que Hitler había tardado tres años en hacer a escondidas, con mentiras, con tratados navales y batallones que cruzaban el Rin con órdenes de retirarse.

Acababa de romper Versalles por la radio, delante de toda Europa, el mismo día en que les había dicho a los alemanes que todos los hombres eran iguales y que matar a uno era atentar contra el rey.

En la misma emisión. Las tres cosas.

El diputado de Lorena tenía razón. Un hombre justo puede ser también un hombre peligroso.

Yo no sabía todavía si era justo. Pero sabía que era peligroso. Y sabía que, a partir de esa mañana, toda Europa lo sabría también.

Me levanté.

—Fenske.

—Majestad.

—Repítalo cada hora. Todo el día.

—A sus órdenes, Majestad.

Salí del barracón. Fuera hacía frío, el frío limpio de una mañana de febrero, y el cielo estaba despejado por primera vez en dos semanas.

El campo de aviación se extendía blanco hasta el horizonte.

Al fondo, al otro lado de la valla, se veía el edificio de ladrillo de Columbia-Haus, con las puertas abiertas de par en par y nadie dentro.

Me quedé mirándolo un rato.

Luego metí la mano en el bolsillo del capote y toqué la caja de cerillas. La del primer día. Treinta y nueve.

No saqué ninguna.