Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XVII — Decreto imperial primero
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CAPÍTULO XVII — Decreto imperial primero

Washington, D.C. La Casa Blanca.

El secretario del Tesoro llegó a la Casa Blanca sin cita, a las nueve y cuarenta de la mañana, y pidió ver al presidente.

Henry Morgenthau Jr. tenía cuarenta y cuatro años, la cabeza grande y calva, gafas redondas sin montura y la cara seria, algo triste, de un hombre que no había sabido nunca contar un chiste.

Era el único judío del gabinete de Roosevelt.

Era también el amigo más antiguo que el presidente tenía en Washington: vecinos en el valle del Hudson desde hacía veinte años, granjeros los dos, aficionados los dos a los árboles.

Roosevelt le llamaba, en broma, «el Depósito de Cadáveres», por la cara.

Morgenthau se dejaba llamar así porque se lo decía Roosevelt.

Esa mañana no entró con cara de depósito de cadáveres. Entró con un papel en la mano y la cara roja.

Roosevelt estaba en la cama, con la bandeja del desayuno y el New York Times . Levantó la vista.

—Henry. ¿Qué pasa?

Morgenthau le dio el papel. Era un cable de la Associated Press, de las seis de la mañana. La traducción del decreto de Berlín.

Roosevelt lo leyó. Despacio. Dos veces.

Cuando levantó la vista, Morgenthau estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con las manos en los bolsillos. No se volvía.

—Henry —dijo Roosevelt.

Morgenthau no se volvió.

—Mi abuelo vino de Mannheim —dijo, sin volverse—.

En el 66. Con once hijos. Era fabricante de tabaco.

Se fue porque en Baden no podía ser lo que quería ser.

Y aquí lo fue. Y su hijo fue embajador de los Estados Unidos en Constantinopla.

Y su nieto es secretario del Tesoro. Siempre he pensado que mi abuelo tuvo suerte de irse.

Que los que se quedaron en Mannheim no la tuvieron.

Se volvió por fin.

—Esta mañana un rey alemán ha dicho que los que se quedaron en Mannheim son alemanes.

Y que se les devolverá trescientas veces lo que se les quitó.

Y que lo pagará cada alemán. Porque todos fuimos responsables.

—Se quitó las gafas. Las limpió con el pañuelo.

Le temblaban un poco los dedos—. Franklin, en tres años no he conseguido que este gobierno diga una sola palabra en público sobre lo que pasa en Alemania.

Ni una. Porque había elecciones. Porque el Congreso no quería.

Porque el Departamento de Estado decía que era un asunto interno alemán.

Roosevelt no contestó.

—Y un rey —siguió Morgenthau— que nadie conoce, que no tiene apellido, que ha tomado su país por la fuerza y que lo ha dicho por la radio sin avergonzarse, ha dicho en diez días lo que nosotros no hemos dicho en tres años.

Se volvió a poner las gafas.

—No te lo reprocho, Franklin. Sé por qué no lo dijimos. Lo entiendo. Pero quiero que sepas que esta mañana, cuando he leído ese cable en el desayuno, mi mujer me ha encontrado llorando en la cocina. Y que no me he avergonzado de ello.

Roosevelt lo miró mucho rato.

—Siéntate, Henry —dijo al fin.

Morgenthau se sentó en la silla junto a la cama.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó Roosevelt.

—Dos cosas. —Morgenthau se inclinó hacia delante—. La primera: que el gobierno de los Estados Unidos diga hoy, en público, que se felicita del decreto. Hoy. Antes que Londres. Antes que París. Que no se diga que los Estados Unidos fueron los últimos en alegrarse de algo justo.

—¿Y la segunda?

—La segunda es mía. —Morgenthau cogió otra vez el cable—.

Trescientas veces. Lo pagará cada alemán.

Franklin, soy el secretario del Tesoro. Sé hacer cuentas.

Eso no lo puede pagar Alemania. No en cien años.

Ese hombre lo sabe, o lo sabrá cuando su ministro de Economía se lo explique.

Quiero saber cómo piensa hacerlo. Quiero que el Tesoro mande a alguien a Berlín.

Discretamente. A hablar con quien haya que hablar.

Porque si ese decreto se cumple, Franklin, aunque sea en una décima parte, va a mover más dinero en Europa del que ha movido nada desde las reparaciones de la guerra.

Y nadie en el mundo sabe todavía de dónde va a salir.

Roosevelt asintió.

—Hull no va a querer que digamos nada en público. Dirá que no hemos reconocido al nuevo régimen. Que felicitar un decreto es reconocerlo.

—Que lo diga.

—Lo dirá.

—Entonces dilo tú, Franklin. —Morgenthau lo miró—. En la rueda de prensa de esta tarde. Una frase. No hace falta más.

Roosevelt se quedó callado un rato. Luego cogió el lápiz que tenía en la bandeja y escribió algo en el margen del New York Times . Lo arrancó. Se lo dio a Morgenthau.

Morgenthau lo leyó.

El pueblo americano celebra cualquier acto, de cualquier gobierno, que devuelva a los hombres la dignidad que les corresponde como hijos de Dios.

— Cualquier acto, de cualquier gobierno —leyó Morgenthau, en voz alta—. No lo nombras.

—No lo nombro —dijo Roosevelt—. Pero todo el mundo sabrá de quién hablo. Y Cordell podrá decir que no hemos reconocido a nadie.

Morgenthau dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo del chaleco. Junto al corazón. Roosevelt lo vio y no dijo nada.

A las cuatro y media de la tarde, en la rueda de prensa del Despacho Oval, con treinta periodistas apretados alrededor de la mesa, Roosevelt leyó la frase.

Una vez. Sin añadir nada. Y cuando un periodista del Chicago Tribune le preguntó si eso significaba que los Estados Unidos reconocían al rey de Alemania, el presidente sonrió, se encajó la boquilla del cigarrillo entre los dientes y dijo:

—Significa exactamente lo que dice, Bob. Ni una palabra más.

* * *

París. Palais Bourbon, Cámara de los Diputados. 15:00 hrs.

La Cámara de los Diputados se reunió en sesión extraordinaria a las tres de la tarde, a petición del grupo socialista, y a las tres y diez, cuando el presidente Bouisson abrió la sesión, no quedaba un asiento libre en el hemiciclo ni en las tribunas.

Léon Blum subió a la tribuna el primero.

No llevaba papeles. Llevaba en la mano el editorial que había dictado esa mañana, impreso ya en la primera página de Le Populaire , doblado en cuatro. No lo desdobló.

Habló veinticinco minutos. Habló de los socialistas alemanes que habían cruzado la frontera en el 33 con lo puesto.

De los judíos alemanes que vivían en el barrio del Marais, en el distrito XVIII, en Belleville, vendiendo corbatas por las calles, ellos que habían sido médicos, abogados, profesores en Berlín y en Fráncfort.

De los camaradas de Dachau. Y luego dijo lo que había escrito: que el decreto era justo, y que no era legítimo.

Que Francia debía alegrarse sin reservas de lo primero y no olvidar nunca lo segundo.

Cuando terminó, la izquierda se puso de pie y aplaudió.

La derecha no.

Desde los escaños de la derecha se levantó un diputado de la Fédération républicaine, un hombre de Lorena, de bigote gris, que había perdido a dos hermanos en Verdún y que llevaba quince años sentado en aquella Cámara votando contra todo lo que viniera de Alemania.

—Señor presidente, señores diputados. —Tenía la voz ronca—.

Acabo de oír al señor Blum alegrarse de un decreto alemán.

Lo entiendo. Lo respeto. El señor Blum tiene sus razones, y yo no las comparto, pero sé que son sinceras.

Yo solo quiero recordar a esta Cámara una cosa.

Ese hombre que hoy devuelve la ciudadanía a los judíos alemanes es el mismo que hace diez días amenazó a Francia por la radio.

Vuestra potencia de fuego es francamente insuficiente.

No hagáis que mi puño acorazado tenga que enseñaros vuestro lugar.

El mismo. —Golpeó el pupitre con la palma—.

El mismo hombre que tiene dos divisiones en Renania, en violación del Tratado de Versalles.

El mismo que ha nombrado mariscal a Guderian y gran almirante a un comandante de submarinos. El mismo.

»Un hombre justo, señores, puede ser también un hombre peligroso. La historia está llena de ellos. Y los más peligrosos son precisamente los justos, porque nadie se atreve a decirles que no.

Volvió a sentarse.

Hubo un silencio largo en el hemiciclo. Luego, desde el banco del gobierno, se levantó Albert Sarraut.

El presidente del Consejo no subió a la tribuna. Habló desde su escaño, de pie, con las gafas en la mano.

—Señores diputados. El Gobierno de la República se felicita del decreto publicado hoy en Berlín, que restituye a los ciudadanos alemanes de confesión israelita sus derechos y su dignidad.

Francia, patria de los Derechos del Hombre, no puede sino alegrarse de que un pueblo vecino vuelva a reconocer que todos los hombres nacen iguales.

Hizo una pausa.

—El Gobierno de la República recuerda también que la presencia de tropas alemanas en la zona desmilitarizada de Renania sigue constituyendo una violación de los tratados. Y que esa violación sigue sin respuesta. —Se puso las gafas—. Las dos cosas son verdad, señores. Hoy, las dos.

Se sentó.

Nadie aplaudió. Ni la izquierda ni la derecha.

En la tribuna de la prensa, el corresponsal del Times escribió en su cuaderno una frase que su redacción de Londres no publicaría: París, hoy, no sabe si tener miedo o dar las gracias, y ha decidido hacer las dos cosas a la vez, en voz baja.

* * *

Londres. Cámara de los Lores. 16:30 hrs.

En Londres no hubo debate en los Comunes. El gobierno no lo quiso. Pero en los Lores, a las cuatro y media, se levantó un hombre de setenta y un años, en el banco de los obispos, con las mangas de lino blanco de su hábito sobre la levita negra, y pidió la palabra.

Era Cosmo Gordon Lang, arzobispo de Canterbury. Primado de toda Inglaterra. El hombre que, si las cosas seguían su curso, coronaría al nuevo rey Eduardo en la abadía de Westminster en mayo del año siguiente.

Habló diez minutos. Con la voz grave, bien timbrada, de un predicador escocés que había aprendido a hablar en las catedrales.

—Milords. Ayer, en Berlín, un soberano coronado sin Iglesia, sin aceite, sin altar, por la mano de un soldado, ha promulgado un decreto que comienza con estas dos palabras: Imago Dei .