CAPÍTULO XVI — Fuimos #3
Hacía treinta y siete años, en 1899, siendo profesor de filosofía en la universidad de Praga, Masaryk había hecho algo que casi le había costado la carrera: había defendido públicamente a un judío pobre, un zapatero llamado Leopold Hilsner, acusado de un asesinato ritual en un pueblo de Bohemia.
Lo había hecho solo, contra la prensa, contra la Iglesia, contra sus propios alumnos, que le habían apedreado las ventanas.
Había escrito que la acusación de crimen ritual era una superstición criminal y que el antisemitismo era la vergüenza de los pueblos cristianos.
Cuando el decreto terminó, su hija Alice, que estaba sentada a su lado, vio que el anciano movía los labios.
Se inclinó para oírlo.
— Imago Dei —estaba diciendo Masaryk, muy bajo, en checo y en latín—. Imago Dei.
Alice le cogió la mano buena.
—Papá…
Masaryk volvió la cabeza hacia ella, despacio. Tenía los ojos cansados, velados por la enfermedad. Pero sonreía.
—Treinta y siete años —dijo—. Treinta y siete años esperando que un jefe de Estado alemán dijera eso.
—Y lo ha dicho un rey. —Movió la cabeza, con la sonrisa—. Yo, que he sido republicano toda mi vida.
* * *
Viena. Berggasse, 19. 13:30 hrs.
En el primer piso del número 19 de la Berggasse, en Viena, un anciano de setenta y nueve años, con la barba blanca recortada y la mandíbula deformada por una docena larga de operaciones de un cáncer de paladar, escuchó el decreto en su estudio, sentado en su sillón, entre sus figuras de bronce egipcias y griegas, con un puro apagado entre los dedos porque los médicos le habían prohibido encenderlo.
Su hija Anna, que se lo había puesto en la radio, esperó a que terminara. Luego lo miró.
Sigmund Freud no dijo nada durante mucho rato.
— Fuimos responsables —repitió al fin, en voz baja, con la voz rota y nasal que le había dejado la prótesis del paladar—. Todos fuimos responsables.
—Sí, papá.
Freud dejó el puro sobre el cenicero.
—Llevo cuarenta años, Anna, explicando a la humanidad que el hombre no es dueño en su propia casa. Que hay algo dentro de él que no gobierna. Que la culpa no se puede borrar: solo se puede reprimir o reconocer. Y que la represión de la culpa colectiva es lo que hace a los pueblos peligrosos.
Miró la radio.
—Ese hombre acaba de hacer lo contrario —dijo—. Ha reconocido. En voz alta. En nombre de todo un pueblo. No sé si sabe lo que ha hecho. Ningún jefe de Estado sabe lo que hace cuando hace algo así. Pero lo ha hecho.
Anna no contestó.
—Escribe a Arnold Zweig —dijo Freud—. A Palestina.
Dile que hoy he oído algo que no esperaba oír antes de morirme.
—Volvió a coger el puro apagado—. Y dile que no le digo que vuelva.
Que no estoy seguro. Que la neurosis de un pueblo no se cura con un decreto.
—Hizo una pausa—. Pero que, por primera vez en tres años, he visto a un pueblo alemán sentarse en el diván.
* * *
Varsovia. Calle Nalewki. 14:00 hrs.
En la calle Nalewki, en el corazón del barrio judío de Varsovia, el más grande de Europa, trescientos cincuenta mil judíos en una sola ciudad, la noticia llegó en yiddish, por la radio de una tienda de telas, y en veinte minutos estaba en todas las esquinas.
La gente salía de las tiendas y de los portales. Se paraba en la acera nevada. Se contaban la noticia unos a otros, en yiddish, en polaco, en hebreo, con las manos. Alemania había derogado sus leyes contra los judíos. Un rey. Un rey alemán. Trescientas veces.
Un hombre viejo, con levita negra y barba larga, de los jasídicos de Ger, la escuchó en la puerta de una sinagoga pequeña y dijo, en yiddish, con mucha calma:
—Un rey de Edom que se acuerda de que el hombre está hecho a imagen de Dios. —Se encogió de hombros—. Pasa una vez cada mil años. Y cuando pasa, hay que desconfiar.
Un joven a su lado, con gorra y abrigo de obrero, de los sionistas socialistas, le contestó:
—¿Y si es verdad, rebe?
El viejo lo miró.
—Si es verdad —dijo—, entonces hay que preguntarse por qué en Varsovia no lo hace nadie.
El joven no contestó. Miró hacia el final de la calle, donde dos estudiantes de la universidad, con el gorro de la corporación de la Endecja —el partido nacionalista polaco—, pasaban mirando al grupo de judíos con desprecio.
En el palacio Brühl, a esa misma hora, el coronel Józef Beck leía la traducción del decreto con un cigarrillo apagado entre los dedos. Cuando terminó, la dejó sobre la mesa.
—Tres millones de judíos —dijo, sin dirigirse a nadie—. El diez por ciento de la población. Y en el Sejm hay quien habla de cómo hacer que emigren. A Madagascar, dicen algunos.
Su jefe de gabinete no dijo nada.
—Y un rey alemán —siguió Beck— acaba de decirle a toda Europa que los judíos son alemanes. Esos alemanes. —Encendió el cigarrillo—. Va a ser muy difícil, a partir de hoy, que un ministro polaco hable de Madagascar en voz alta sin que alguien le recuerde lo que ha dicho Berlín.
Echó el humo.
—Y eso, señor jefe de gabinete, es exactamente lo que ese hombre quería.
* * *
Zúrich. Bahnhofstrasse. 15:00 hrs.
En la Bahnhofstrasse de Zúrich, en las oficinas de los grandes bancos suizos, la noticia se leyó de otra forma.
A las tres de la tarde, en el despacho del director general de una de las tres grandes entidades de la ciudad, tres hombres de traje oscuro y cuello duro tenían delante el texto del decreto y una calculadora mecánica de manivela.
— Trescientas veces —dijo el director general—. ¿Lo han oído bien? ¿ Trescientas ?
—Trescientas, señor director.
—Pagadas por cada alemán del país .
—Eso dice el decreto, señor director.
El director general se quitó las gafas.
—Señores, en esta casa hay depositados, desde el 33, varios cientos de millones de francos de clientes alemanes judíos que sacaron lo que pudieron antes de que les cerraran la frontera.
Y varios cientos de millones más de clientes alemanes no judíos que compraron, a precio de saldo, lo que los primeros tuvieron que vender.
Si ese decreto se aplica, los primeros van a volver a por lo suyo.
Y los segundos van a tener que pagar trescientas veces lo que compraron.
—¿Y qué hacemos, señor director?
El director general se volvió a poner las gafas.
—Lo de siempre —dijo—. Nada. Esperar. Y llevar las cuentas con mucho cuidado. —Miró el decreto una vez más—. Porque un rey que dice fuimos es un rey que va a querer saber quién fue.