Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XVI — Fuimos #2
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CAPÍTULO XVI — Fuimos #2

» Por orden de Su Majestad Konrad I, Rex et Imperator, se da lectura al siguiente decreto, con efecto inmediato:

» Primero. Queda derogada, desde este momento, toda ley, decreto, ordenanza o disposición del Reich, de los Estados o de cualquier autoridad, que atente contra la Imago Dei de los hombres.

Que distinga entre alemanes por su sangre, por su raza, por su ascendencia o por su fe.

Queda derogada, en particular, la Ley de Ciudadanía del Reich y la Ley para la Protección de la Sangre y el Honor Alemanes, de 15 de septiembre de 1935, y todos sus decretos de aplicación, y todas las disposiciones que de ellas emanen.

» Segundo. El Sturm-Regiment 9 de la 2. Sturmdivision des Königlichen Heeres se dirige desde este momento a todos los campos de concentración del Reich. Su misión es sacar de ellos a todos los alemanes que allí se encuentran.

» Tercero. Se compensará a cada alemán a quien se le hayan expropiado bienes, en aplicación de esas leyes o de cualquier otra medida de persecución, con trescientas veces el valor de lo que le fue arrebatado.

» Esa compensación la pagará cada alemán de este país.

Krauz hizo una pausa. Una sola. Breve. Como en la Puerta de Brandeburgo antes de decir Rex et Imperator .

— Porque todos fuimos responsables de semejante lesa humanidad.

» Firmado: Konrad I, Rex et Imperator. Berlín, 5 de febrero de 1936.

La radio se quedó en silencio. Luego, un siseo. Luego, el concierto de órgano de la Deutschlandsender, que alguien había vuelto a poner porque no había nada más que poner.

* * *

Nadie dijo nada durante mucho rato.

Los seis seguían apretados alrededor de la puerta abierta del Mercedes. La nieve fina les caía sobre los hombros de los abrigos y sobre el pelo, porque todos se habían quitado el sombrero sin darse cuenta.

El chófer de Schacht, un hombre de unos cuarenta años, berlinés, con gorra de plato y uniforme gris de chófer, tenía las manos en el volante y miraba al frente, por el parabrisas, a la calle. Le temblaba la barbilla.

Schacht lo vio.

—¿Le pasa algo, Weber?

El chófer tardó en contestar.

—Mi mujer, Herr Reichsbankpräsident —dijo al fin, sin volverse—. Mi mujer es… su abuela era judía. De Posen. Desde noviembre, con lo de los mestizos, no puede trabajar en la escuela. Era maestra. —Tragó saliva—. No se lo había dicho a usted. No se lo había dicho a nadie.

Schacht no contestó.

Se quedó mirando la nuca de su chófer, que llevaba cuatro años conduciéndole por todo Berlín y del que no sabía nada. Ni que tenía mujer. Ni que la mujer era maestra. Ni que la habían echado de la escuela por una abuela de Posen.

Luego, muy despacio, el presidente del Reichsbank, el hombre más inteligente de cualquier habitación, se puso el sombrero, abrió la puerta trasera del Mercedes y se sentó dentro sin decir nada a los demás.

—A casa, Weber —dijo—. A la suya. Lléveme a su casa. Quiero conocer a su mujer.

* * *

Amberes. Pelikaanstraat. 11:50 hrs.

En la trastienda de la tienda de diamantes de la Pelikaanstraat estaban otra vez los once.

No habían quedado. Habían ido llegando solos, uno detrás de otro, desde las diez de la mañana, sin saber muy bien por qué, como se va a casa de un pariente enfermo.

Desde la coronación del lunes, la trastienda de Rosenthal se había convertido en un sitio donde los exiliados alemanes del barrio iban a escuchar la radio de Berlín juntos, porque nadie quería escucharla solo.

Cuando la voz del capitán dijo queda derogada, en particular, la Ley de Ciudadanía del Reich , el viejo tallador de Leipzig se levantó de la silla.

Se levantó y se quedó de pie, con las manos agarradas al respaldo, la boca abierta, mirando la radio.

Cuando la voz dijo trescientas veces , el estudiante de Gante soltó una carcajada nerviosa, de incredulidad, que se le cortó en seco.

Cuando la voz dijo porque todos fuimos responsables , nadie hizo nada.

Rosenthal se quitó las gafas.

Las limpió con el pañuelo. Despacio. Una lente. La otra. Se las volvió a poner. Y luego, con las gafas puestas, se tapó la cara con las dos manos y se quedó así.

El rabino joven fue el primero en hablar. Lo hizo en hebreo, en voz baja. Era la bendición que se dice al recibir una buena noticia. Baruj atá Adonái, Elohéinu, Mélej haolám, hatov vehametiv. Bendito eres, Señor, Rey del universo, que eres bueno y haces el bien.

Algunos repitieron el amén . Otros no pudieron.

El viejo tallador de Leipzig seguía de pie, agarrado al respaldo de la silla.

—Mi hermano —dijo al fin—. En Leipzig. El que no quiso salir. El que decía que su padre tenía la Cruz de Hierro de Verdún. —Se le doblaron las rodillas y se volvió a sentar—. Tenía razón. Tenía razón. El muy tozudo tenía razón.

Y se echó a llorar, con la cara entre las manos, como un niño.

* * *

Ámsterdam. Merwedeplein. 12:05 hrs.

En un piso de un bloque nuevo de ladrillo en la Merwedeplein, en el barrio sur de Ámsterdam, donde vivían desde hacía dos años muchas familias judías llegadas de Alemania, un hombre de cuarenta y seis años, alto, delgado, con bigote y gafas, estaba sentado junto a la radio con su mujer.

Se llamaba Otto Frank. Había sido teniente de artillería en el frente occidental durante la guerra.

Había tenido un banco en Fráncfort, con su familia, hasta que el banco quebró.

Había salido de Alemania en el 33, cuando su hija mayor tuvo que sentarse en un banco aparte en el colegio.

Ahora tenía en Ámsterdam una pequeña empresa que vendía pectina a las amas de casa para hacer mermelada.

Sus dos hijas estaban en el colegio. Margot, que iba a cumplir diez años. Anne, de seis, que estaba en la escuela Montessori del barrio y que, según sus maestras, hablaba demasiado.

Otto Frank escuchó el decreto entero sin moverse.

Cuando terminó, se quedó mirando la radio. Su mujer, Edith, le cogió la mano por encima de la mesa.

—Otto —dijo, en alemán, porque en casa seguían hablando alemán—. ¿Volvemos?

Otto Frank tardó mucho en contestar.

—No lo sé, Edith —dijo al fin—. No lo sé.

Miró por la ventana. Abajo, en la plaza triangular, con su césped helado y sus bancos vacíos, una madre empujaba un cochecito por la nieve.

—Las niñas ya hablan holandés —dijo.

—Lo sé.

—Anne habla holandés mejor que alemán.

—Lo sé, Otto.

Otto Frank se quitó las gafas y se frotó los ojos.

—Pero me gustaría que lo vieran —dijo—. Fráncfort. Nuestra casa. El colegio de Margot. Que vieran que era verdad, que antes de todo esto era nuestra casa. —Se volvió a poner las gafas—. Aunque sea solo una vez.

Edith no contestó. Le apretó la mano.

Esa tarde, cuando las niñas volvieron del colegio, Otto Frank no les dijo nada del decreto. Anne entró en casa corriendo, como siempre, con el abrigo a medio quitar, hablando sin parar de una compañera de clase, de un dibujo, de una maestra. Su padre la miró desde el sillón. No la interrumpió.

La dejó hablar todo lo que quiso.

* * *

París. Redacción de Le Populaire. 12:30 hrs.

Léon Blum escuchó el decreto en su despacho, solo, con la puerta cerrada.

Había dicho, cinco días antes, en aquella misma redacción, delante de todos sus redactores, que cuando un hombre con una corona y un ejército empieza a condenar ideas, la primera lista nunca es la última . Lo había dicho convencido. Lo seguía estando.

Y ahora la radio le acababa de decir que el mismo hombre había derogado las leyes raciales. Todas. De un plumazo. Sin debate, sin Parlamento, sin procedimiento. Como había condenado a Hitler: por decreto, en nombre de una idea.

Blum se quedó un rato largo mirando la radio apagada.

Luego abrió la puerta y llamó al redactor de internacional, el muchacho de las gafas.

—Siéntese —le dijo—. Vamos a escribir el editorial de mañana. Juntos.

El muchacho se sentó con el cuaderno en las rodillas.

Blum se quedó de pie junto a la ventana, con las manos largas a la espalda. Tardó en empezar a dictar.

—Título —dijo—: Lo justo y lo legítimo.

El muchacho escribió.

— Esta mañana, en Berlín, un rey sin Parlamento ha hecho por decreto lo que ningún Parlamento alemán se atrevió a hacer en tres años.

Ha devuelto a cuatrocientos mil alemanes su ciudadanía, su dignidad y su nombre.

Y lo ha hecho en nombre de una idea que no es la nuestra: la de que cada hombre es imagen de Dios.

— Nosotros, socialistas, no creemos que la dignidad de un hombre dependa de que sea imagen de nadie. Creemos que depende de que sea un hombre. Pero hoy no vamos a discutir con ese rey sobre los fundamentos. Hoy vamos a decir lo que es verdad: que lo que ha hecho es justo.

Otra pausa. Más larga.

— Y mañana, cuando lo justo esté a salvo, volveremos a decir lo que también es verdad: que no es legítimo.

Que ningún hombre, por justo que sea, debería tener el poder de hacer en una mañana, sin preguntar a nadie, lo que ha hecho este.

Porque el día que haga en una mañana algo que no sea justo, nadie podrá impedírselo.

Se volvió hacia el muchacho.

—Y un párrafo más —dijo—. Al final. Que diga: Ha dicho «fuimos». Hacía mucho tiempo que no oíamos a un jefe de Estado decir «fuimos». Que los demás tomen nota.

* * *

Praga. Lány. Residencia de verano del presidente. 13:00 hrs.

En el castillo de Lány, a treinta kilómetros de Praga, en medio de los bosques nevados, un anciano de ochenta y cinco años escuchó el decreto en una butaca junto a la chimenea, con una manta sobre las piernas y una enfermera al lado.

Tomáš Garrigue Masaryk había fundado Checoslovaquia.

La había presidido diecisiete años. Había dimitido en diciembre, enfermo, medio ciego, con un brazo paralizado por un derrame, y había dejado la presidencia a su discípulo, Beneš.

Ahora pasaba los días en Lány, en silencio, escuchando la radio que su hija le ponía por las mañanas.