Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XVI — Fuimos
53%

CAPÍTULO XVI — Fuimos

Berlín. Patio de la residencia.

Salieron al patio de grava y se quedaron allí.

Igual que los generales el día anterior.

No lo sabían, pero estaban de pie exactamente en el mismo sitio, a veinte pasos del portal, entre la fachada gris y los coches negros que esperaban en la calle con los chóferes dentro y los motores parados.

El cielo estaba bajo, color de pizarra. Había empezado a caer una nieve fina, seca, que no cuajaba.

Nadie se movió hacia los coches.

Schacht fue el primero en hablar. Lo hizo como hablaba siempre, como un catedrático que corrige un examen: con las manos a la espalda, la barbilla alta sobre el cuello duro, la voz clara.

—Trescientas veces.

Los otros cinco lo miraron.

—Trescientas veces el valor de los bienes expropiados —repitió Schacht—. Señores, ¿alguno de ustedes tiene la menor idea de lo que eso significa?

Nadie contestó.

—Yo sí. —Schacht sacó del bolsillo interior del abrigo un cuadernito de tapas de piel y un lápiz de plata.

No lo abrió. No le hizo falta—. Desde la primavera del 33, los judíos de este país han perdido sus puestos en la administración, en las universidades, en la judicatura, en la medicina pública, en la prensa, en el teatro, en la música.

Han sido obligados a vender negocios a precios de saldo.

Han pagado el impuesto de huida del Reich para poder emigrar: el veinticinco por ciento de todo su patrimonio, en la frontera, al salir.

Les han congelado las cuentas. Les han boicoteado las tiendas.

Mi ministerio tiene cifras aproximadas. Las tengo en la cabeza porque el año pasado, en Königsberg, di un discurso diciendo que eso estaba arruinando el comercio exterior alemán, y el Partido me lo reprochó durante meses.

Se quedó un momento callado.

—Entre mil y dos mil millones de marcos, señores.

Por lo bajo. Lo que se les ha quitado. —Se guardó el cuaderno sin haberlo abierto—.

Trescientas veces eso son entre trescientos mil y seiscientos mil millones de marcos.

El producto nacional del Reich entero, en un año, es de unos setenta mil millones.

Lo que pide ese hombre son entre cuatro y ocho años de todo lo que produce Alemania.

Todo. Cada fábrica, cada granja, cada tienda, cada salario. Durante cuatro u ocho años.

—Es imposible —dijo Schwerin von Krosigk.

—Es imposible —asintió Schacht—. En cualquier sistema económico conocido. Con cualquier política fiscal concebible. Con cualquier plazo razonable. Es absolutamente imposible.

Hizo una pausa.

—Y lo ha dicho sabiendo que es imposible.

* * *

—No —dijo Gürtner.

Lo miraron. Gürtner estaba un poco apartado, como en la sala, con la cartera bajo el brazo y los ojos en la grava. Era la primera vez que hablaba desde que habían salido.

—No lo ha dicho sabiendo que es imposible, doctor Schacht —dijo—. Lo ha dicho sabiendo que es justo. Que es otra cosa.

Schacht lo miró por encima de las gafas.

—La justicia que no se puede pagar no es justicia, Gürtner. Es retórica.

—¿Usted cree? —Gürtner levantó por fin la vista—.

Yo soy jurista, doctor Schacht. Treinta años de jurista.

Y le voy a decir lo que he aprendido en treinta años: que la justicia nunca se puede pagar entera.

Nunca. A un hombre al que le han matado a un hijo no se le paga con nada.

Se le da una indemnización, y la indemnización es siempre una cifra ridícula, y todos lo sabemos, y el juez lo sabe cuando la firma, y la familia lo sabe cuando la cobra.

La cifra no es el pago. La cifra es el reconocimiento de lo que se debe.

—Trescientas veces.

—Trescientas veces —asintió Gürtner—. No es una cifra económica, doctor Schacht.

Es una cifra moral. Es la forma que ha tenido ese hombre de decirnos, a los seis, y a todo el país, que lo que se ha hecho no se puede pagar.

Que no hay dinero en el mundo que lo pague.

Y que, aun así, vamos a intentarlo. Todos.

—Se calló un momento—. Él ha dicho todos . Cada alemán de este país .

— Fuimos —dijo Eltz-Rübenach.

* * *

Todos se volvieron hacia el viejo barón.

Eltz-Rübenach tenía los ojos húmedos. No lo disimulaba. Estaba de pie junto a Seldte, con la mano derecha sobre la solapa del abrigo, encima de la cruz pequeña, y miraba la fachada de la casa, la ventana alta de la sala de la que acababan de salir.

— Todos fuimos responsables —dijo—. No fuisteis .

Fuimos . Lo ha dicho en primera persona del plural.

Se ha incluido. —Movió la cabeza—. Ese hombre llegó a este país hace diez días.

No sé de dónde. Nadie lo sabe. No firmó esas leyes.

No las votó. No estuvo en Núremberg. No había nacido para nosotros en septiembre. —Hizo una pausa—. Y ha dicho fuimos .

Nadie contestó.

—Señores —siguió Eltz-Rübenach—, yo fui a misa todos los domingos de estos tres años.

Me confesé. Comulgué. Y nunca, en tres años, le dije a mi confesor que había firmado decretos de un gobierno que estaba echando a los judíos de los ferrocarriles y de los telégrafos y del correo.

Porque eran mis ferrocarriles, mis telégrafos y mi correo.

Los echaron de mi ministerio. Firmé los ceses.

Uno a uno. —Se le quebró un poco la voz—.

Nunca se lo dije al confesor. Porque pensaba que no era pecado. Que era política.

— Imago Dei —dijo al fin—. Ha dicho Imago Dei . En latín. La imagen de Dios. —Se volvió hacia los demás—. En tres años, ningún miembro de este gobierno había pronunciado esas dos palabras. Ninguno. Ni yo. Y yo soy católico.

* * *

—Hay doce mil —dijo Seldte.

Lo dijo de pronto, con su voz gruesa de excombatiente, y los demás tardaron un momento en entender de qué hablaba.

—Doce mil judíos alemanes muertos en la guerra —dijo Seldte—.

En el frente. De uniforme. Con la Cruz de Hierro muchos de ellos.

Cien mil judíos sirvieron en el ejército del Káiser, señores.

Doce mil no volvieron. —Se tocó con la mano derecha el muñón del brazo izquierdo, por encima de la manga—.

Yo perdí esto en el Somme. A mi lado, en la misma trinchera, había un teniente de Breslau que se llamaba Hirschfeld. Lo mató la misma granada.

—Fundé el Stahlhelm en el 18 —siguió Seldte— para los excombatientes.

Para los que habíamos estado allí. Y en el 33, cuando Hitler llegó, echamos del Stahlhelm a los judíos.

A los excombatientes judíos. A los compañeros de trinchera.

Para que el Partido nos dejara existir un poco más.

—Movió la cabeza—. Lo firmé yo. Como jefe de la liga.

Y a los dos años el Partido nos disolvió igual.

Miró la fachada de la casa.

—Ese hombre ha dicho esos alemanes —dijo—. Los de los campos. Los judíos, los comunistas, los socialistas. Esos alemanes. —Se le cerró la voz—. Hirschfeld era alemán. Murió en el Somme por Alemania. Y yo lo eché de la liga de los que murieron por Alemania.

* * *

—Va a tener un efecto enorme fuera —dijo Bülow.

Lo dijo en voz baja, casi con pudor, como quien sabe que lo que va a decir es frío y que nadie quiere oírlo en ese momento. Pero era diplomático. No sabía decir otra cosa.

—En París, en Londres, en Nueva York. En Ámsterdam, en Praga, en Viena.

En todas partes donde hay emigrados alemanes, judíos, socialistas, católicos.

Cien mil personas, o más, han salido de Alemania desde el 33.

Escriben en los periódicos. Hablan en las radios.

Tienen familia aquí. Durante tres años, cada embajada del Reich en el mundo ha tenido que explicar, justificar, minimizar lo que este gobierno hacía con ellos.

Yo mismo he redactado cientos de notas negando lo que todos sabíamos que era verdad.

Miró la carpeta que llevaba bajo el brazo. Vacía: la azul la había dejado dentro.

—Si ese decreto sale hoy —dijo—, mañana no habrá una sola embajada en el mundo que tenga que explicar nada. Por primera vez en tres años, podré mirar a la cara a un embajador extranjero sin mentirle.

* * *

—Lo que me preocupa —dijo Schwerin von Krosigk— es lo que no ha dicho.

Los demás lo miraron.

—No ha contestado a nada. A nada de lo que le hemos planteado. Los sueldos, la compensación del toque de queda, los efectos Mefo, las divisas, el Frente del Trabajo, los Juegos, las notas, los tribunales. En cinco días tendrán respuesta. Y solo ha resuelto una cosa. La última. La de Gürtner.

—La más importante —dijo Gürtner.

—Para él —dijo Schwerin von Krosigk—. Para él, la más importante.

No digo que no lo sea. Digo que es interesante que, de todo lo que le hemos puesto delante, haya elegido esa.

Que se haya quedado en blanco al oír Núremberg .

Porque se quedó en blanco, señores. Lo vi.

Yo estaba a dos sillas. No movió un músculo de la cara, pero se le fue la luz de los ojos.

Durante casi un minuto. Como un hombre que acaba de acordarse de algo terrible.

—¿Acordarse de qué? —preguntó Seldte.

Schwerin von Krosigk no contestó.

—No lo sé —dijo al fin—. Pero cuando volvió, ya no era el mismo hombre que nos había recibido.

* * *

Fue entonces cuando lo oyeron.

El chófer de Schacht, que esperaba en el Mercedes negro junto al bordillo, con la radio del coche encendida para matar el tiempo, bajó de golpe la ventanilla y sacó la cabeza.

—¡Herr Reichsbankpräsident! ¡La radio! ¡Están emitiendo algo!

Se acercaron al coche. Los seis. Se apretaron alrededor de la puerta abierta del Mercedes, en la nieve fina, con los sombreros en la mano, inclinándose hacia el altavoz del salpicadero. El chófer subió el volumen.

Era la frecuencia de la Deutschlandsender. La de las otras veces.

Y la voz no era la del rey. Ni la de Ewers, el de los comunicados.

Era una voz grave, clara, sin adornos. Una voz de suboficial antiguo, de patio de cuartel con viento.

Eltz-Rübenach la reconoció el primero.

—Es el capitán —dijo—. El de la Puerta.

* * *

— Aquí el Hauptmann Krauz, del Königliches Heer.