Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XV — Imago Dei #3
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CAPÍTULO XV — Imago Dei #3

—Yo las refrendé, Majestad. Como ministro de Justicia. Mi firma está en el decreto de aplicación. —Bajó los ojos a la mesa—. No las redacté. No las quise. Pero las firmé. Y por eso he pedido hablar el último. Porque me parecía que no tenía derecho a hablar antes que los demás.

Nadie habló. Los seis me miraban.

* * *

No sé cuánto tiempo pasó. Ewers me dijo después que fueron unos cuarenta segundos. A mí me pareció mucho más.

Me levanté.

No lo había decidido. Me levanté como se levanta uno de una silla cuando ya no puede seguir sentado. Me quedé de pie a la cabecera de la mesa, con las manos apoyadas en el borde de la madera, mirando a los seis.

—Pueden retirarse —dije—. En cinco días tendrán respuesta. A todo. Mientras tanto, mantengan todo funcionando.

Los seis se movieron en sus sillas, como para levantarse.

—Por supuesto —dije, y se quedaron quietos—, queda derogada de inmediato cualquier afrenta a la Imago Dei de los hombres.

Lo dije en latín. Las dos palabras. Imago Dei . La imagen de Dios. Lo que dice el Génesis que es cada hombre, cada uno, el primero y el último, el alemán y el judío, el que tiene cuatro abuelos en el registro y el que no tiene ninguno.

—Cualquiera —repetí—. Desde este momento.

Gürtner levantó la vista de la mesa.

—Enviaré al Sturm-Regiment 9 de la 2. Sturmdivision a esos campos —dije—. A todos. A sacar de ahí a esos alemanes.

Esos alemanes. No dije presos . No dije detenidos . No dije comunistas , ni socialdemócratas , ni judíos , ni curas , ni testigos de Jehová . Dije alemanes . Lo dije a propósito. Y vi a Eltz-Rübenach, el católico, cerrar los ojos un instante.

Luego me volví hacia Schacht.

Schacht estaba sentado muy recto, con el cuello duro hasta la barbilla y las gafas redondas. Me miraba con la cara de un hombre que ya está haciendo cuentas.

—Doctor Schacht —dije—. Calcule una compensación. Trescientas veces el valor de los bienes expropiados a cada uno de ellos.

Schacht no se movió. Pero vi que se le dilataban las pupilas detrás de las gafas.

—Trescientas veces —repetí.

Y entonces subí la voz.

No grité. No llegué a gritar. Pero la subí hasta el borde, hasta donde la voz de un hombre deja de ser una voz y empieza a ser otra cosa, y la sala vacía, con sus techos altos y sus paredes desnudas, me la devolvió más grande.

— Y LA PAGARÁ CADA ALEMÁN DE ESTE PAÍS.

Los seis se quedaron inmóviles.

— TODOS FUIMOS RESPONSABLES DE SEMEJANTE LESA HUMANIDAD.

El eco se quedó un momento en el techo. Luego se apagó.

No dije fuisteis . Dije fuimos . Me incluí.

Lo hice sin pensarlo, y cuando lo oí salir de mi boca supe que estaba bien.

Que era lo único que podía decir. Porque yo había estado diez días en aquel país con aquellas leyes en vigor y no me había acordado de ellas.

Porque había llevado una corona sobre un país que tenía a niños sentados en el último banco del colegio, y no me había acordado.

Porque en mi otra historia todos habían dicho yo no sabía , y yo sí sabía, y aun así se me había olvidado.

Fuimos.

Bajé la voz. Me volvió a la garganta como vuelve el agua a un vaso.

—Retiraos —dije.

* * *

Se levantaron.

Despacio, uno a uno. Schwerin von Krosigk primero, con la carpeta de Hacienda bajo el brazo, la cara pálida.

Schacht, que se ajustó el cuello duro con dos dedos antes de levantarse, sin dejar de mirarme.

Eltz-Rübenach, el más viejo, que se apoyó en la mesa para ponerse de pie y que, al hacerlo, se tocó la cruz pequeña de la solapa.

Seldte, con su brazo inmóvil. Bülow, que dejó la carpeta azul donde estaba, en el centro de la mesa, y no la recogió.

Gürtner fue el último.

Se levantó, recogió su cartera, se la puso bajo el brazo. Se dirigió a la puerta, detrás de los demás. Y en la puerta se detuvo. Se volvió.

Me miró. Con sus ojos pequeños y tristes detrás de las gafas redondas.

No dijo nada.

Pero inclinó la cabeza. No una inclinación de cortesía, de ministro a soberano. Más honda. Más lenta. La inclinación de un hombre que lleva cuatro meses y medio con una firma que le pesa y que acaba de oír a alguien decir fuimos .

Luego salió.

Ewers cerró la puerta tras él.

* * *

Me quedé solo en la sala con Ewers.

La carpeta azul seguía en el centro de la mesa. Cuatro dedos de cartón. Asuntos pendientes. Para quien corresponda.

El telegrama del conde de Baillet-Latour seguía donde lo había dejado Eltz-Rübenach. ¿Quién inaugurará los Juegos?

Y en la cabecera, debajo de la pluma, mi lista de doce palabras. La última con una raya de tinta encima.

Estado.

Me senté. Cogí la pluma. Debajo de Estado , con letra pequeña, escribí:

Núremberg.

Y debajo, más pequeño todavía:

No te acordaste.

Me quedé mirando las dos líneas mucho rato.

Ewers no se movió de la pared.

—Hauptmann —dije al fin, sin levantar la vista.

—Majestad.

—Busque a Hollenbach. Que el Sturm-Regiment 9 se ponga en marcha hoy. Ahora. Esta tarde, a todos los campos. Y que lleven médicos. Muchos médicos. Y mantas. Y comida.

—A sus órdenes, Majestad.

—Y luego vuelva. Va a tener que leer algo por la radio.

Ewers se quedó un segundo quieto.

—¿Yo, Majestad?

Levanté la vista.

—No. Usted no. Dígale a Krauz que venga.