CAPÍTULO XV — Imago Dei #2
—Majestad —dijo—. Los sindicatos no existen desde mayo del 33.
Los sustituyó el Frente Alemán del Trabajo, del doctor Ley.
El doctor Ley está… —Se detuvo—. El doctor Ley ya no está.
El Frente tiene veinte millones de afiliados obligatorios, Majestad.
Veinte millones. Les descuenta la cuota del salario cada mes.
Tiene un patrimonio de cientos de millones de marcos: las cajas de los antiguos sindicatos, sus edificios, sus bancos, sus imprentas, sus cooperativas.
Todo lo que se confiscó en el 33. Desde el 26 nadie manda en el Frente.
Los dirigentes del Partido han desaparecido o se han escondido.
Los funcionarios no saben a quién obedecer.
El dinero está en las cuentas. Veinte millones de trabajadores siguen pagando la cuota.
Me miró.
—No sé de quién es ese dinero, Majestad. Y los trabajadores tampoco.
* * *
—El secretario de Estado Bernhard von Bülow, Majestad —dijo Schwerin von Krosigk—. En nombre del Ministerio de Asuntos Exteriores. El ministro, el barón Von Neurath, sigue en Londres.
Bülow era el más joven, cincuenta años, delgado, con bigote y una cara fina e inteligente de diplomático de carrera, sobrino de un canciller del Káiser. Abrió su cartera y sacó una carpeta de cartón azul, gruesa, de cuatro dedos, y la dejó sobre la mesa delante de él.
En la tapa había escrito, con letra cuidada de funcionario: Asuntos pendientes. Para quien corresponda.
—Majestad —dijo Bülow—, esto lleva diez días en el despacho de entrada de la Wilhelmstraße 76.
Lo ha custodiado un consejero de legación que se llama Albers y que no se ha ido a su casa en diez días.
Son las notas diplomáticas recibidas desde el 26 de enero.
De Francia, de Gran Bretaña, de Bélgica, de los Países Bajos, de Luxemburgo, de Checoslovaquia, de Polonia, de Italia, de Suiza, de Dinamarca, de los Estados Unidos y de la Santa Sede.
Protestas, peticiones de aclaración, peticiones de audiencia.
Ninguna ha recibido respuesta. —Puso la mano encima de la carpeta—.
Además, hay treinta y cuatro embajadores y ministros plenipotenciarios acreditados en Berlín que no saben si siguen acreditados.
Sus cartas credenciales iban dirigidas al Presidente del Reich, y luego al Führer. No a Vuestra Majestad.
Empujó la carpeta sobre la mesa, hacia mí. No llegó hasta mí. Se quedó en el centro.
—No pido nada, Majestad. Solo que Vuestra Majestad sepa que existe.
La miré. Cuatro dedos de cartón azul.
No la toqué.
* * *
Quedaba uno.
El último de la fila, el más cercano a la puerta.
Un hombre de unos cincuenta y cinco años, de estatura media, con la cara redonda, pálida, el pelo gris y ralo peinado hacia atrás y unos ojos pequeños, tristes, detrás de unas gafas redondas.
No se había movido en todo el rato. Tenía las manos juntas sobre la mesa y miraba la madera.
—El doctor Franz Gürtner, Majestad —dijo Schwerin von Krosigk—. Ministro de Justicia del Reich.
Gürtner levantó la vista.
Habló con un acento bávaro suave, de Ratisbona, y con la voz de un hombre que lleva mucho tiempo sin dormir bien.
—Majestad. Mis asuntos son los más difíciles, y por eso he pedido hablar el último.
»Hay en Alemania, a día de hoy, mil novecientos tribunales.
Mil novecientos. Desde el Reichsgericht de Leipzig hasta el último juzgado de pueblo.
Y todos ellos dictan sentencia con una fórmula: En nombre del pueblo alemán .
Desde el lunes, los jueces me preguntan si deben seguir diciéndolo.
Si deben decir en nombre del Rey . O en nombre del Emperador .
O en nombre del Rey y Emperador . O nada.
Me lo preguntan por teléfono, por carta, por telegrama.
Hay jueces que han suspendido todas las vistas hasta saberlo.
Hay otros que siguen dictando sentencia como si no hubiera pasado nada.
»Los jueces, además, juraron lealtad al Führer, Majestad. Como los militares. En el 34. Y no saben si ese juramento sigue en vigor.
»Hay unas cuatro mil personas en los campos de concentración.
En Dachau, en Esterwegen, en Lichtenburg, en Sachsenburg, en Columbia-Haus, aquí en Berlín.
En lo que se llama custodia preventiva. Sin juicio.
Sin sentencia. Sin abogado. Los detuvo la Gestapo, no los tribunales.
Mi ministerio no tiene jurisdicción sobre ellos.
Nunca la ha tenido. —Se quitó las gafas—.
Desde el 26, nadie manda en la Gestapo. Los guardias de los campos son de las SS.
Los de Dachau han seguido en sus puestos.
Los de Esterwegen, según me informan, se fueron el jueves por la noche y dejaron las puertas cerradas con los presos dentro.
El alcalde del pueblo ha estado mandando comida en carros.
Gürtner se volvió a poner las gafas. Despacio.
—Y luego, Majestad, está lo último.
Hizo una pausa larga.
—Las leyes de Núremberg.
* * *
Me quedé en blanco.
No por fuera. Por fuera no me moví. Seguí sentado a la cabecera de la mesa, con las manos sobre la madera, mirando a Gürtner. Creo que ni siquiera parpadeé. Ewers, que me miraba desde la pared, me dijo mucho después que no había notado nada.
Por dentro, se apagó todo.
Núremberg.
Para mí, Núremberg era el juicio. Siempre lo había sido.
El Palacio de Justicia, la sala 600, los acusados en dos filas detrás de la barandilla de madera, con los auriculares de la traducción simultánea en la cabeza.
Göring con su uniforme gris sin insignias, adelgazado treinta kilos.
Hess, mirando al vacío. Keitel, Ribbentrop, Jodl.
Los fiscales americanos, los británicos, los franceses, los soviéticos.
Las películas de los campos proyectadas en una pantalla en la pared.
Las sentencias. Las horcas en el gimnasio, de noche, el 16 de octubre del 46.
Núremberg era el final. El sitio donde la noche terminaba. Lo había sido toda mi vida, en todos los libros, en todos los documentales.
Y no había recordado —no lo había recordado ni una vez en diez días, ni en la tienda, ni en la plaza del juicio, ni al decir por vuestras ideas — que la noche también había empezado allí.
En Núremberg. En septiembre de 1935. En el congreso del Partido. Hacía cuatro meses y medio.
La Ley de Ciudadanía del Reich. La Ley para la Protección de la Sangre y el Honor Alemanes.
Dos leyes, aprobadas por un Reichstag convocado expresamente en la ciudad del congreso, en una sesión de una hora, por unanimidad.
Las que decían quién era alemán y quién no.
Las que prohibían a un judío casarse con una alemana.
Las que le quitaban el voto, el cargo, la ciudadanía.
Las que inventaban la palabra mestizo de primer grado y mestizo de segundo grado y obligaban a los registros civiles de todo el país a revisar los abuelos de cada ciudadano.
Las que eran el principio. El primer escalón. Todo lo demás —las sinagogas en llamas, los vagones de ganado, los pueblos polacos sin nombre que me sabía de memoria— había salido de allí. De aquella sala de Núremberg. De aquellas dos leyes.
Que seguían en vigor.
Esa mañana. Mientras yo estaba sentado en aquella sala con mi lista de once palabras y la doce con una raya de tinta encima, en algún registro civil de Alemania un funcionario estaba negándole a una pareja el permiso para casarse porque la abuela de la novia era judía.
En algún juzgado, un juez estaba instruyendo una causa por profanación de la raza .
En algún colegio, un niño estaba sentado en el último banco, separado de los demás, porque su padre era judío.
Bajo mi corona. Con mi corona en la cabeza.
Tres días antes, en la Wilhelmplatz, yo había condenado a seis hombres por sus ideas .
Delante de mil personas. Y sus ideas seguían escritas en el Boletín Oficial del Reich, firmadas y en vigor, aplicándose cada mañana en cada ventanilla del país.
Los había mandado a picar piedra y había dejado sus leyes funcionando.
No me había acordado.
Yo, que sabía todo lo que iba a pasar. Yo, que llevaba diez días cargando en la cabeza con las cifras, los nombres, los lugares, las fechas. Yo, que me había creído el único hombre del mundo que sabía. No me había acordado de que la noche empezaba en Núremberg. Solo de que terminaba allí.
* * *
Gürtner seguía hablando. Lo oía como se oye a alguien desde el fondo del agua.
—…hay ciento doce procesos abiertos por la Ley de Protección de la Sangre, Majestad.
Por profanación de la raza . Dieciocho tienen la vista fijada para este mes.
Hay varios miles de solicitudes de matrimonio paradas en los registros civiles, pendientes de la certificación de ascendencia.
Hay funcionarios judíos que fueron jubilados a la fuerza en noviembre, en aplicación del primer decreto de la Ley de Ciudadanía, y que no saben si deben volver a sus puestos.
Hay médicos, abogados, profesores… —Se detuvo—.
Majestad, el viernes Vuestra Majestad condenó a los autores de esas leyes.
Por sus ideas. Los jueces me preguntan si eso significa que las leyes han sido derogadas. Yo no sé qué contestarles.
Hizo una pausa.