CAPÍTULO XV — Imago Dei
Berlín. La residencia.
Entraron seis.
No los conocía. Quiero decir: conocía sus nombres, algunos; había visto sus caras en fotografías, algunas. Pero no los conocía como había llegado a conocer, en diez días, a los generales. A los generales los había mirado. A estos no los había mirado nunca.
Entraron uno detrás de otro, en abrigo oscuro y sombrero en la mano, con carteras de cuero bajo el brazo, como entran los funcionarios en el despacho de un superior al que no han visto nunca.
Se detuvieron junto a la puerta. Miraron la sala: las paredes blancas desconchadas, la chimenea, la mesa larga de roble.
Las diecisiete sillas. A mí, de pie junto a la cabecera, en guerrera gris sin divisas.
Ewers cerró la puerta tras ellos y se quedó dentro, junto a la pared, en posición de firmes.
—Siéntense, señores —dije.
Se sentaron. En el lado derecho de la mesa, los seis seguidos, dejando vacía la silla más cercana a mí. Yo me senté a la cabecera.
Nadie habló durante unos segundos. Luego, el que se había sentado en la segunda silla —un hombre de unos cuarenta y ocho años, rubio, con gafas sin montura, la cara ancha y tranquila de un funcionario prusiano de carrera— se levantó a medias, se inclinó y volvió a sentarse.
—Majestad. Conde Lutz Schwerin von Krosigk.
Ministro de Hacienda del Reich. Su ayudante nos ha transmitido el deseo de Vuestra Majestad: que expongamos lo que hemos venido a exponer, sin esperar preguntas.
Así lo haremos. Con su permiso, empezaré yo, porque soy quien ha reunido a mis colegas.
Y presentaré a cada uno cuando le corresponda hablar.
Asentí.
No dije nada más. No iba a decir nada. Lo había decidido en el minuto que había tardado Ewers en ir a buscarlos al vestíbulo: escucharía.
Solo eso. Escucharía a todos, hasta el final, sin interrumpir, sin preguntar, sin contestar.
Porque no sabía qué preguntar. Y porque un hombre que no sabe qué preguntar y pregunta igual solo consigue que los demás descubran que no sabe.
* * *
—Majestad —dijo Schwerin von Krosigk—, el problema que me trae aquí es sencillo de enunciar y muy difícil de resolver. No sabemos en nombre de quién trabajamos.
Abrió la cartera. Sacó una carpeta. No la abrió.
—Desde el 26 de enero, el Reich no tiene canciller.
Desde el 3 de febrero tiene un soberano.
Pero el Estado alemán, Majestad, no funciona por la voluntad de un soberano.
Funciona por leyes. Leyes que se publican en el Boletín Oficial del Reich, firmadas por el canciller y refrendadas por el ministro competente.
Desde hace diez días no se ha publicado ninguna.
Ninguna. El Boletín está en blanco. Hay ciento cuarenta y dos decretos de aplicación pendientes de firma en la Cancillería, de todos los ministerios. Nadie los firma porque no hay quién.
Hizo una pausa.
—El 1 de febrero, el sábado pasado, el Reich tenía que pagar los sueldos de un millón ochocientos mil funcionarios.
Maestros, policías, jueces, carteros, ferroviarios, empleados de los ayuntamientos.
Los he pagado. Los he pagado sin orden de nadie, con una disposición firmada por mí como ministro, que no sé si tiene validez legal, porque la base jurídica de mi cargo es un nombramiento del Presidente del Reich Hindenburg, confirmado por el canciller Hitler, y ninguno de los dos está ya en condiciones de confirmar nada.
—Se ajustó las gafas—. El 1 de marzo tendré que volver a pagarlos. Y no sé con qué firma.
»Y además está la compensación del toque de queda, Majestad.
La que Vuestra Majestad prometió por la radio.
Las reclamaciones han empezado a llegar a las delegaciones de Hacienda ayer por la mañana.
Ayer recibimos once mil. Hoy, a las nueve, habían llegado veintitrés mil más.
Mis funcionarios calculan que, cuando lleguen todas, serán varios cientos de miles.
De empresas, de comerciantes, de panaderos, de taxistas.
Del Ruhr nos llegan cifras de los altos hornos que no me atrevo a repetir.
—Dejó la carpeta sobre la mesa—. Vuestra Majestad dijo que el Ministerio de Economía computaría las pérdidas.
Pero el que paga es Hacienda. Y Hacienda necesita saber de dónde va a salir el dinero, y en cuántos años, y con qué impuestos, y con qué firma.
Se quedó un momento callado.
—Eso es todo, Majestad. Por mi parte.
Se volvió hacia el hombre que tenía a su izquierda.
* * *
—El doctor Hjalmar Schacht, Majestad. Ministro de Economía y presidente del Reichsbank.
Schacht no se levantó. Se quedó sentado, recto, con el cuello duro altísimo que llevaba siempre, almidonado hasta la barbilla, y unas gafas redondas sobre la nariz.
Tenía cincuenta y nueve años, la cara alargada, el pelo gris cortado al cepillo y la expresión de un hombre que está acostumbrado a ser el más inteligente de cualquier habitación y que acaba de entrar en una donde no está seguro de serlo.
—Majestad —dijo—, seré breve, porque mi problema es aritmético.
Lo era. Lo expuso como un catedrático, sin papeles, con cifras exactas.
El Reichsbank tenía en sus cámaras ochenta y dos millones de marcos en oro y divisas.
Ochenta y dos millones. Para un país de sesenta y siete millones de personas que importaba la mitad de su caucho, dos tercios de su petróleo, casi todo su algodón, todo su níquel.
La reserva más baja de cualquier banco central de Europa.
Desde el 26 de enero, las bolsas de Londres, Nueva York, Ámsterdam y Zúrich habían suspendido la cotización de los valores alemanes.
Los bancos extranjeros habían congelado las líneas de crédito comercial.
Los barcos con materias primas para Hamburgo y Bremen estaban parados en Róterdam y en Amberes, esperando a saber si se les pagaría.
—Y hay otra cosa, Majestad —dijo Schacht, y bajó un poco la voz—.
Que Vuestra Majestad probablemente desconoce.
El rearme de los últimos tres años no se ha pagado con el presupuesto.
Se ha pagado con unos efectos comerciales emitidos por una sociedad pantalla, la Metallurgische Forschungsgesellschaft.
Los llamamos efectos Mefo. Los descuenta el Reichsbank.
Hay en circulación, a día de hoy, efectos Mefo por valor de cerca de tres mil millones de marcos.
Vencen en cinco años. Nadie fuera de este gobierno sabe que existen.
Si se supiera, la confianza en el marco se hundiría en una semana.
Me miró por encima de las gafas.
—Ese era el sistema del canciller Hitler, Majestad. Lo diseñé yo. Funcionaba mientras hubiera un canciller que lo respaldara. Ya no lo hay. Necesito saber si Vuestra Majestad lo respalda o si debo empezar a desmontarlo. Y necesito saberlo antes de que alguien en Londres empiece a hacer preguntas.
No dije nada.
Schacht esperó un momento. Luego se encogió de hombros, un gesto mínimo, y se volvió hacia el siguiente.
* * *
—El barón Paul von Eltz-Rübenach, Majestad. Ministro de Transportes y de Correos.
Era el mayor de todos. Sesenta años, alto, flaco, con la cara larga y arrugada de un hidalgo renano, bigote blanco y una insignia pequeña en la solapa que tardé en reconocer: una cruz. Católico. De los de verdad.
—Majestad, mis asuntos son prácticos —dijo, con una voz suave, de buenos modales—.
La Reichsbahn funciona. El correo funciona.
Los teléfonos y los telégrafos funcionan, salvo las líneas internacionales, que siguen intervenidas por las tropas de Vuestra Majestad desde el día 26.
Los ferroviarios han trabajado durante el toque de queda en los turnos de día y han recuperado buena parte del retraso.
Pero hay un asunto que no es mío y que nadie ha recogido, y me temo que debo plantearlo yo, porque los trenes son míos.
— Los Juegos Olímpicos de Invierno, Majestad.
Me quedé quieto.
—Se inauguran mañana —siguió Eltz-Rübenach—.
Jueves, 6 de febrero. En Garmisch-Partenkirchen.
Veintiocho naciones. Seiscientos y pico atletas.
Llevan tres días llegando en tren especial desde Basilea, desde Salzburgo, desde Múnich.
Hay periodistas de todo el mundo. El Comité Olímpico Internacional, con su presidente, el conde de Baillet-Latour, está en el hotel desde el lunes.
La ceremonia de inauguración estaba prevista con la presencia del jefe del Estado.
Del canciller Hitler. Que tenía que declarar abiertos los Juegos.
—El conde de Baillet-Latour —siguió Eltz-Rübenach, con mucha delicadeza— ha enviado esta mañana un telegrama al Ministerio del Interior preguntando quién inaugurará los Juegos.
El Ministerio del Interior no tiene ministro.
El telegrama lo ha recibido un subsecretario, que me lo ha reenviado a mí porque los trenes del Comité son míos.
—Sacó un papel de la cartera y lo dejó sobre la mesa—.
Aquí está, Majestad. Necesita respuesta antes de esta noche.
Se me había olvidado. Completamente. Lo sabía, lo había sabido desde el primer día, desde el campo de Dahlewitz: los Juegos de Garmisch a tres días de empezar , lo había pensado esa misma mañana de la coronación, al despertarme.
Y se me había olvidado. Igual que la aviación. Igual que los ministros.
No dije nada.
* * *
—Franz Seldte, Majestad. Ministro de Trabajo.
Un hombre grueso, de cara redonda y bigote rubio, de cincuenta y pocos años, con un brazo izquierdo que no movía y que llevaba apoyado sobre la mesa como un objeto.
Lo había perdido de un balazo en el Somme.
Había fundado después el Stahlhelm, la liga de excombatientes, y había entrado en el gobierno de Hitler en el 33 como representante de los nacionalistas, y se había quedado tres años en un ministerio que el Partido le había vaciado poco a poco, como se vacía una casa por las noches.