Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XIV — Lo que no se oculta #2
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CAPÍTULO XIV — Lo que no se oculta #2

—El presupuesto lo discutiré yo con el Gobierno. —Krejčí dejó el lápiz—. Usted tráigame los planos. Y una pregunta para los ingenieros, que me tienen que contestar mañana a las nueve: ¿cuántos centímetros de hormigón hacen falta para parar un cañón de cuatro coma seis?

* * *

Viena. Ministerio de Defensa. 23:45 hrs.

En Viena, el comunicado lo leyó el príncipe Starhemberg, vicecanciller y jefe de la Heimwehr, en su despacho del ministerio, en uniforme de campaña, como llevaba toda la semana.

Lo leyó y lo tiró sobre la mesa.

—Un coronel mariscal —dijo—. Un capitán de navío gran almirante. Un rey que asciende a la gente como quien reparte caramelos.

Su ayudante no dijo nada.

—Eso es lo que pasa cuando un ejército no tiene aristocracia —dijo Starhemberg—. Cuando no hay sangre. Se asciende por méritos. —Lo dijo como si fuera un insulto. Luego volvió a coger el comunicado y lo leyó otra vez, más despacio.

—Por méritos —repitió, en otro tono.

Era un aristócrata austríaco, el último de una casa que había defendido Viena contra los turcos en 1683.

Había mandado la Heimwehr, la milicia de la derecha austríaca, durante diez años, y la había mandado bien, porque era valiente y porque era príncipe, y en Austria las dos cosas iban juntas.

Había visto subir a muchos hombres por ser hijos de alguien.

Nunca había visto subir a nadie de coronel a mariscal porque fuera el mejor.

—Tráigame café —le dijo a su ayudante—. Y la lista de nuestros coroneles. Con sus hojas de servicio. Quiero saber cuál de ellos es el mejor. —Hizo una pausa—. Por si un día hace falta saberlo.

* * *

Washington, D.C. Departamento de Guerra. 16:00 hrs, hora local.

En Washington, el comunicado llegó por cable de la agencia Associated Press a las dos de la tarde, hora local, y a las cuatro el jefe del Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos, el general Malin Craig, lo tenía en la mesa junto con un informe del agregado militar en Berlín, el mayor Truman Smith.

Smith era el único oficial americano que conocía de verdad el ejército alemán.

Llevaba en Berlín desde el 35, la segunda vez que lo destinaban allí; la primera había sido en los años veinte, y entonces había hecho algo que ningún otro oficial extranjero había hecho: se había entrevistado, en el 22, en Múnich, con un agitador de cervecería que nadie conocía todavía.

Ahora el agitador estaba picando piedra y Smith escribía sobre el hombre que lo había mandado allí.

Su informe era de una página. Craig lo leyó dos veces.

Las designaciones de mando revelan una prioridad doctrinal clara: concentración del arma acorazada bajo un mando único independiente, a las órdenes del principal teórico alemán de la guerra mecanizada (Guderian), con autoridad sobre todas las unidades acorazadas existentes y futuras.

Esta es exactamente la organización que el Estado Mayor alemán ha rechazado sistemáticamente desde 1929.

Su adopción por decreto, en un solo día, indica un mando político con conocimientos militares inusualmente específicos.

Nota: el ascenso de Dönitz al mismo rango que Raeder, con mando separado del arma submarina, no tiene precedentes en ninguna marina del mundo.

Indica que la guerra submarina de tonelaje contra el tráfico mercante es considerada por el nuevo mando una prioridad estratégica de primer orden.

El único país de Europa vulnerable a esa estrategia es Gran Bretaña.

Nota: el nombramiento de Wever como jefe de la rama aérea, en lugar de un aviador de la Gran Guerra, sugiere una doctrina aérea estratégica y no táctica. Wever es el principal defensor en Alemania del bombardero pesado de largo alcance.

Conclusión: no sé quién es este hombre. Pero sabe exactamente lo que hace con un ejército. Recomiendo que el Departamento de Guerra lo trate como al comandante militar más competente de Europa hasta que se demuestre lo contrario.

Craig dejó el informe sobre la mesa.

—Mayor Smith no es un hombre que exagere —le dijo a su ayudante.

—No, mi general.

—Llévele una copia al presidente. Y otra a la Marina. —Craig se quedó pensando—. Sobre todo a la Marina. Que lean la nota sobre Dönitz. Que la lean despacio.

* * *

Londres. Almirantazgo. 23:00 hrs.

En el Almirantazgo nadie había pedido opinión a nadie. No hizo falta.

El primer lord del Mar, el almirante sir Ernle Chatfield, leyó el punto quinto del comunicado a las once de la noche en su despacho de Whitehall, se quitó las gafas y llamó a su jefe de planes.

—Dönitz —dijo—. ¿Quién es Dönitz?

El jefe de planes lo sabía.

—Comandante de submarinos en la guerra, señor.

UB-68, en el Mediterráneo. Lo hundimos en octubre del 18, frente a Malta.

Lo pescamos del agua. Pasó un año prisionero en Inglaterra.

Desde el año pasado manda la flotilla de submarinos alemana.

La nueva. La que les permitimos tener por el tratado naval.

—¿Y ahora es gran almirante?

—Desde esta tarde, señor. Al mismo nivel que Raeder. Con mando separado.

Chatfield se quedó un rato callado.

—En el 17 —dijo al fin— los submarinos alemanes hundieron ochocientas mil toneladas en un solo mes.

Abril. Nos quedaban seis semanas de trigo.

Seis semanas. —Volvió a ponerse las gafas—.

Y ahora un rey alemán, el primer día que reparte mandos, le da el rango más alto de su marina a un comandante de submarinos.

—Sí, señor.

—No a un comandante de acorazados. A uno de submarinos.

—Sí, señor.

Chatfield miró el comunicado una vez más.

—El tratado naval —dijo—. Firmado en junio. Les permite el cuarenta y cinco por ciento de nuestra flota submarina. Y el cien por cien en circunstancias especiales. —Levantó la vista—. Quiero saber qué entiende ese hombre por circunstancias especiales.

* * *

Berlín. La residencia. Miércoles, 5 de febrero de 1936, 10:15 hrs.

Estaba sentado a la mesa larga de la sala alargada, solo, con papel, lápiz y una pluma, haciendo cuentas.

No las cuentas del ejército. Esas las estaban haciendo Mahlberg, Eschenbach y los estados mayores de las siete Sturmdivisionen en las habitaciones del primer piso, y me las presentarían cuando estuvieran hechas. Las mías eran otras.

Eran las cuentas de lo que no había pensado.

Lo había descubierto el día anterior, en la reunión, cuando pregunté por la Luftwaffe y no había nadie.

Había sentido entonces, por primera vez desde el campo de Dahlewitz, algo parecido al vértigo.

No por la aviación en sí: eso tenía arreglo, y lo había arreglado en dos minutos.

Por lo que significaba. Que había cosas en las que no había pensado.

Que llevaba diez días gobernando un país de sesenta y siete millones de personas con la cabeza llena de carros, de divisiones, de fronteras y de juicios, y que había partes enteras de ese país que no había mirado ni una sola vez.

Así que esa mañana me había sentado a hacer una lista.

La tenía delante. Una hoja. Llevaba media hora con ella y tenía escritas once palabras, una debajo de otra:

Ejército. Marina. Aviación. Fronteras. Partido. Juicio. Corona. Radio. Toque de queda. Compensación. Divisiones.

Debajo de la última había un espacio en blanco. Llevaba diez minutos mirándolo.

Sabía que faltaba algo. Muchas cosas. No sabía cuáles.

Pensé en mi otra historia, en los libros.

Los libros hablaban de Hitler, de los generales, de las batallas, de los campos.

Hablaban de Göring y de Himmler y de Goebbels.

De las leyes, de los decretos, de los discursos.

Pero no recordaba haber leído nunca cómo funcionaba Alemania un martes por la mañana.

Quién pagaba a los maestros. Quién decidía el precio del pan.

Quién firmaba los pasaportes. Quién llevaba el correo.

Quién juzgaba a un ladrón de bicicletas en un juzgado de Wuppertal.

No lo sabía. No lo había pensado.

Escribí debajo de Divisiones , despacio:

Estado.

Y me quedé mirando la palabra. Era la más grande de todas, y la había escrito la última.

Llamaron a la puerta.

—Adelante.

Era Ewers. El Hauptmann Ewers, el del transmisor de Tempelhof, el flaco de los dedos manchados de tinta, que desde la coronación hacía de ayudante de campo en la casa porque nadie había decidido otra cosa y porque él había empezado a hacerlo sin que se lo pidieran. Se detuvo en la puerta y se cuadró.

—Majestad. Hay un grupo de ministros en el vestíbulo. Desean hablar con vos.

Se me cayó la pluma.

Cayó de la mano sobre la mesa, rodó por el papel, dejó una raya de tinta sobre la palabra Estado y se quedó quieta junto al borde. No la recogí.

Ministros.

El Reich tenía ministros. Claro que los tenía.

Un ministro de Hacienda, un ministro de Justicia, un ministro de Economía, de Trabajo, de Transportes, de Correos, de Agricultura, de Educación.

Los había leído en los libros, sus nombres, sus caras en las fotografías del gabinete, de pie detrás de Hitler en la escalinata de la Cancillería el 30 de enero del 33.

Y llevaban diez días en sus despachos de la Wilhelmstraße, sin nadie a quien obedecer, sin nadie a quien preguntar, haciendo funcionar el país porque nadie les había dicho que dejaran de hacerlo.

Y yo no había pensado en ellos. Ni una vez.

—Mierda —dije.

Ewers no se movió. No cambió de expresión. Esperó.

Me pasé la mano por la cara. Miré la hoja. Las once palabras. La doce, con su raya de tinta encima.

—No pensé en ellos —dije, más para mí que para Ewers—. Ni uno solo. En diez días.

—¿Majestad?

Lo miré.

—Hágalos pasar, Hauptmann. —Me levanté. Recogí la pluma. La dejé sobre la hoja, encima de la palabra—. Y dígales que hablen. Que digan lo que hayan venido a decir. Todo. Que no esperen que yo les pregunte nada.

Ewers asintió.

—Porque no había pensado en ellos todavía —dije—. Y no sé qué preguntarles.

Ewers me miró un segundo más de lo reglamentario. Luego se cuadró, dio media vuelta y salió.

Me quedé de pie junto a la mesa, en la sala vacía, con el fuego de la chimenea a la espalda, mirando la puerta.