Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XIV — Lo que no se oculta
49%

CAPÍTULO XIV — Lo que no se oculta

Berlín.

El comunicado se leyó por la radio a las seis de la tarde, en la voz del Hauptmann Ewers, y a las siete estaba en las ediciones extraordinarias de todos los periódicos de Berlín.

No era largo. No hacía falta. Nadie había pensado en ocultarlo: no se podía ocultar que la Wehrmacht dejaba de existir, ni que un coronel pasaba a mariscal, ni que la Kriegsmarine tenía de golpe dos grandes almirantes.

Se iba a saber en cuanto el primer oficial lo contara en el primer casino. Mejor que se supiera bien.

Por orden de Su Majestad Konrad I, Rex et Imperator:

Primero. La Wehrmacht, como agrupación de las fuerzas armadas, queda disuelta. Sus unidades, mandos y efectivos se integran en el Königliches Heer.

Segundo. El Königliches Heer es el brazo armado del Imperio. La Marina y la Fuerza Aérea son ramas del Heer, con independencia táctica y estratégica, subordinadas a sus necesidades estratégicas y políticas.

Tercero. Se crea el rango de mariscal general de campo. Se confiere al General Werner von Blomberg, que queda como jefe militar supremo del Königliches Heer.

Cuarto. Se asciende a mariscal de campo al Oberst Heinz Guderian, que asume el mando de toda la caballería acorazada.

Quinto. Se asciende a gran almirante al Admiral Erich Raeder, al mando de la marina de superficie, y al Kapitän zur See Karl Dönitz, al mando del arma submarina.

Sexto. Se asciende a mariscal al General Walther Wever, que asume el mando de la rama aérea del Heer.

Séptimo. Los demás mandos del antiguo Heer serán promovidos al rango inmediato superior, en la escala equivalente que se establecerá.

Octavo. Las Sturmdivisionen del Königliches Heer quedan subordinadas a los mandos citados, según sus funciones.

Nada más. Ni cifras, ni plazos, ni planes.

Lo otro —las sesenta y seis divisiones, la mecanización completa para marzo del 37, las nuevas plantillas de personal y de equipo que Mahlberg y Eschenbach llevaban desde la mañana dibujando en hojas cuadriculadas en la sala alargada de la casa barroca— no salió de allí.

Lo sabían diecisiete hombres. Lo seguirían sabiendo diecisiete hombres durante mucho tiempo.

Lo que se podía ver se dejó ver. Lo que no, no.

* * *

París. Ministerio de la Guerra, rue Saint-Dominique. 21:30 hrs.

En el despacho del jefe del Estado Mayor General, el general Maurice Gamelin tenía sobre la mesa la traducción del comunicado y, al lado, un expediente del Deuxième Bureau que había pedido a las siete y cuarto y que le habían subido a las nueve.

Era delgado. Una carpeta de cartulina beis con una etiqueta escrita a mano: GUDERIAN, Heinz Wilhelm.

Oberst. Inspección de Tropas Motorizadas. 2.ª Panzer-Division.

Dentro había once páginas. Una biografía.

Una fotografía de 1932, borrosa, de un congreso de oficiales.

Y una lista de artículos publicados en revistas militares alemanas entre 1922 y 1935, con resúmenes de dos o tres líneas en francés, hechos por un traductor del Bureau que, a juzgar por el tono, no les había dado mucha importancia.

Gamelin leyó la lista. Luego se volvió hacia el oficial que esperaba de pie al otro lado de la mesa: un teniente coronel alto, larguísimo, de nariz grande y cara de pocos amigos, que había pedido audiencia esa misma tarde, en cuanto se conoció el comunicado, y al que Gamelin había recibido a regañadientes.

—Siéntese, De Gaulle.

El teniente coronel Charles de Gaulle se sentó. No del todo: en el borde de la silla, muy recto, con el quepis sobre las rodillas.

—Le escucho —dijo Gamelin.

—Mi general. —De Gaulle tenía una voz grave, lenta, con un deje de condescendencia que no intentaba disimular y que le había costado ya más de un disgusto—. Hace dos años publiqué un libro. Hacia el ejército profesional . Lo habrá leído.

—Lo he hojeado.

—En ese libro propuse que Francia creara seis divisiones de línea compuestas exclusivamente por carros de combate, artillería motorizada e infantería transportada.

Seis divisiones acorazadas, con soldados profesionales, capaces de maniobrar de forma independiente, a gran velocidad, concentradas en un punto.

Mi general, el Estado Mayor me contestó que los carros eran un arma de acompañamiento de la infantería.

El ministro me contestó que Francia era un país defensivo.

La Cámara me contestó que un ejército profesional era un peligro para la República.

—Conozco la historia, De Gaulle.

—Entonces conocerá también, mi general, al hombre que en Alemania escribía lo mismo que yo.

—De Gaulle señaló la carpeta—. Guderian.

Lo leo desde hace diez años. Es el único oficial de Europa que piensa como yo sobre los carros.

El único. Y esta tarde, mientras en París se me sigue diciendo que los carros acompañan a la infantería, en Berlín le han dado a ese hombre el bastón de mariscal y el mando de todas las divisiones acorazadas de Alemania.

Siete, mi general. Siete divisiones de un carro que ninguno de nuestros informes sabe describir, y tres más que van a convertirse.

Gamelin no contestó enseguida. Miró la fotografía borrosa de la carpeta.

—¿Qué propone, De Gaulle?

—Lo mismo que hace dos años, mi general. Seis divisiones acorazadas. Ahora. —De Gaulle se inclinó hacia delante—. Pero le digo con toda franqueza que ya es tarde. Hace dos años habríamos ido por delante de ellos. Esta noche vamos ocho años por detrás.

Gamelin cerró la carpeta.

—Gracias, De Gaulle. Lo tendré en cuenta.

De Gaulle se levantó. Se puso el quepis. Se cuadró. En la puerta se volvió.

—Mi general. Una cosa más.

—Diga.

—El rey ese, el de Berlín. No ha nombrado mariscal a un general. Ha nombrado mariscal a un coronel. Al mejor coronel. Le ruego que reflexione sobre lo que eso dice de él.

Salió.

Gamelin se quedó mucho rato mirando la puerta cerrada.

* * *

Bruselas. Ministerio de Defensa Nacional. 22:00 hrs.

En Bruselas, el comunicado se leyó en el Estado Mayor con una sola pregunta en la cabeza: ¿cuántas?

No lo decía. El comunicado no daba ni una cifra.

Decía las Sturmdivisionen , en plural, sin número.

Los belgas sabían que había al menos dos frente a su frontera, entre Aquisgrán y Tréveris, porque sus puestos de observación de la zona de Eupen las veían desde hacía una semana.

Sabían que había otras dos en Renania. Una en Sajonia, frente a los checos.

Una en el este, frente a los polacos. Y la que había tomado Berlín.

Siete. Habían llegado a la misma cifra que el comunicado no decía.

El ministro de Defensa, Albert Devèze, reunió a su Estado Mayor a las diez de la noche y les leyó el punto cuarto dos veces. Guderian. Toda la caballería acorazada.

—Señores —dijo—, la última vez que un ejército alemán entró en Bélgica lo hizo a pie, a caballo y con cañones tirados por mulas, y tardó doce días en tomar Lieja. —Dejó el papel—. Quiero saber cuánto tardaría este. Para mañana.

Nadie le dio la cifra al día siguiente. Nadie se atrevió a escribirla.

* * *

La Haya. Ministerio de Defensa. 22:15 hrs.

En La Haya, el comunicado provocó algo que nadie había previsto: una discusión sobre los caballos.

El ejército holandés tenía en 1936 un regimiento de húsares, varios escuadrones de caballería y la mayor parte de su artillería tirada por caballos.

Era un ejército pequeño, neutral, defensivo, pensado para inundar los pólderes y esperar detrás del agua a que llegaran los ingleses. Llevaba cien años sin combatir.

El jefe del Estado Mayor, el teniente general Reynders, leyó el comunicado en voz alta ante sus oficiales y se detuvo en caballería acorazada .

—Caballería —repitió—. Acorazada. —Levantó la vista—. ¿Alguno de ustedes sabe qué quiere decir eso?

Un capitán joven, al fondo, levantó la mano.

—Quiere decir que ya no tienen caballos, mi general.

Reynders lo miró.

—¿Y nosotros?

—Nosotros sí, mi general.

Nadie se rio.

* * *

Varsovia. Estado Mayor General. 23:00 hrs.

El general Wacław Stachiewicz leyó el comunicado dos veces y luego se lo pasó, sin comentarios, a su jefe de operaciones.

—Mariscal de campo a Guderian —dijo el jefe de operaciones—. Toda la caballería acorazada.

—Sí.

—Mi general, nosotros tenemos la mejor caballería de Europa. Once brigadas. Cuarenta regimientos de ulanos, de húsares, de cazadores a caballo. Ganamos la guerra del 20 contra los bolcheviques a caballo, en Komarów. La última gran batalla de caballería de la historia.

—Lo sé, coronel.

—Y ellos acaban de llamar caballería a los carros de combate.

Stachiewicz asintió.

—Ese es el problema, coronel —dijo—. Que tienen razón.

Hizo una pausa.

—En el 20 cargamos contra los bolcheviques con sable y lanza, y ganamos, porque ellos también iban a caballo.

—Miró el mapa de la pared, la frontera occidental, el punto exacto donde una sola división gris llevaba una semana concentrada—.

Si mañana nuestra caballería carga contra eso, coronel, no ganaremos. No perderemos. Desapareceremos.

* * *

Praga. Ministerio de Defensa Nacional. 23:30 hrs.

En Praga no hubo discusión. Hubo una orden.

El jefe del Estado Mayor checoslovaco, el general Ludvík Krejčí, leyó el comunicado a las once y media de la noche, en su despacho, solo. Lo leyó entero. Luego cogió un lápiz rojo y subrayó dos palabras del punto cuarto: caballería acorazada . Y luego una palabra del punto octavo: Sturmdivisionen .

Luego llamó a su ayudante.

—Mañana a las ocho quiero en mi mesa los planos de las fortificaciones de la frontera norte. Todos. Los que están construidos y los que están en proyecto. Y quiero a los ingenieros a las nueve.

—¿Los de la frontera de Sajonia, mi general?

—Los de toda la frontera alemana. Desde Bratislava hasta Ostrava. Pasando por los Sudetes.

El ayudante dudó.

—Mi general, el programa de fortificaciones está previsto para cinco años. Con el presupuesto que hay…