CAPÍTULO XIII — La elección #4
Guderian fue el primero en reírse. Una carcajada corta, nerviosa, que se le escapó. Luego Weichs. Luego, para sorpresa de todos, Raeder, con un ruido seco por la nariz que podía haber sido una risa.
Bock no se rio. Pero algo se le movió en la comisura de la boca.
* * *
—La aviación —dijo Weichs, cuando las risas se apagaron—. Nos olvidamos de la aviación.
—Él se olvidó —dijo Fritsch.
—Y lo ha dicho —dijo Beck—. Lo ha notado delante de nosotros. Ha preguntado dónde está el mando de la Luftwaffe y se ha dado cuenta en ese momento de que en nueve días no se había acordado de ella. Lo he visto en su cara.
—Y luego —dijo Leeb— ha dicho un as de la Gran Guerra no, por favor .
Hubo un silencio.
—Por Göring —dijo Rundstedt.
—Por Göring —asintió Leeb—. Y lo ha dicho con un por favor . A once generales. Como quien le pide a un camarero que no le traiga el plato que no le gusta.
—Y luego Wever —dijo Blomberg—. Beck ha dicho Wever, y él se ha quedado callado. Un rato largo. Mirando a ninguna parte.
—Como si lo conociera —dijo Dönitz.
—Y le ha dicho que revise él mismo los aviones antes de cada despegue —dijo Beck—.
Personalmente. Lo he anotado. —Volvió a sacar la libreta, la abrió, la miró—.
Díganle que revise él mismo los aviones en los que vuela.
—Cerró la libreta—. ¿Alguno de ustedes le daría a un general esa instrucción? ¿Por qué?
Nadie contestó.
—Yo tampoco —dijo Beck—. Salvo que supiera algo.
Se quedaron todos callados. El viento movía la grava del patio.
* * *
—Hay una cosa que nadie ha dicho todavía —dijo Leeb al fin.
Lo miraron.
—Sus oficiales —dijo Leeb—. Hollenbach. Thorbeck. Los siete generales de las Sturmdivisionen. Los cuatrocientos y pico oficiales de estado mayor que trajo de… de donde los trajera. Los ha puesto a nuestras órdenes. Quedan subordinados a ustedes. Así.
—Lo he oído —dijo Rundstedt.
—Señores —dijo Leeb—. Ese hombre tiene setenta mil soldados que le son leales hasta la muerte.
Los mejores que he visto. Con los mejores carros, con los mejores cañones, con los mejores oficiales.
Y no sabe todavía si nosotros vamos a jurarle lealtad o no.
No lo sabe. No nos lo ha pedido. No nos ha obligado.
—Movió la cabeza—. Y en la misma mañana pone a sus setenta mil bajo nuestro mando.
—Es una trampa —dijo Bock, por costumbre.
—¿Qué clase de trampa, Bock? —dijo Leeb—. ¿Dar las llaves de casa al vecino antes de saber si el vecino es honrado?
—Es la trampa más vieja del mundo.
—Es la confianza más vieja del mundo —dijo Leeb—.
Que no es lo mismo. —Se volvió hacia la ventana de la sala, donde la figura seguía de pie detrás de la escarcha—.
Mi padre, que era militar, en Landsberg, me decía que hay dos formas de hacer que un hombre sea honrado contigo.
Una es vigilarlo. La otra es fiarte de él.
La primera funciona mientras lo vigilas. La segunda, para siempre, o nunca.
—Salvo Hollenbach —dijo Fritsch, al cabo de un rato—. Hollenbach se queda con él. Mi consejero militar. Personal.
—Claro que Hollenbach se queda con él —dijo Leeb—. Ese hombre lloró en la Puerta de Brandeburgo. ¿Usted dejaría que se fuera alguien que llora por usted?
* * *
Estuvieron todavía un rato en el patio. El frío les subía por las suelas de las botas. Nadie se movía.
Al final fue Guderian quien preguntó lo que todos estaban pensando.
—¿Y el juramento?
— Aquí está la elección —dijo Guderian—. Eso ha dicho. Juran lealtad a mí. Cada uno asciende un rango. —Miró a los demás—. No nos ha dicho cuándo. No nos ha dicho cómo. No nos ha dicho qué pasa si no juramos. No nos ha pedido la respuesta.
—Porque la respuesta tiene que venir de nosotros —dijo Beck.
—¿Cuándo?
Beck no contestó.
—Yo no he jurado nunca nada con gusto —dijo Rundstedt—.
Al Káiser juré porque era cadete y me lo mandaron.
A la República juré porque era oficial y me lo mandaron.
Al otro juré porque Blomberg nos puso a todos en fila en un patio y me lo mandaron.
—Se ajustó la gorra—. Este es el primero que no me lo manda.
—¿Y eso le hace más fácil jurar? —preguntó Bock.
—Me lo hace más difícil —dijo Rundstedt—. Porque si juro, esta vez será porque quiero. Y entonces no tendré a quién echarle la culpa.
Hubo un silencio largo.
La puerta de la casa se abrió. Salió Mahlberg, con su lápiz en la mano, y se detuvo en el portal, mirando al grupo. Esperó. Se notaba que lo habían mandado a ver si seguían allí y que no tenía ninguna orden de decirles que se fueran.
Lo vieron. Se miraron entre ellos.
Uno a uno, por orden de antigüedad, como siempre, cruzaron el patio de grava hacia los coches que esperaban en la calle. Blomberg el primero. Raeder y Dönitz juntos. Guderian el último, con el abrigo abierto y la cara todavía roja.
Antes de subir al coche, Guderian se detuvo y se volvió hacia la casa. Miró la ventana de la sala. La figura seguía allí, detrás de la escarcha, de pie, inmóvil.
Guderian levantó la mano a la visera. Un saludo militar, rápido, reglamentario, a una ventana empañada.
Luego se subió al coche.