CAPÍTULO XIII — La elección #3
Estaba junto a Raeder, un poco apartados del grupo, cerca del portal. Los dos abrigos azules. Los dos solos.
—Großadmiral —repitió Dönitz—. Herr Großadmiral. Los dos.
Raeder no lo miró.
—Lo he oído, Dönitz.
—Herr Admiral… Herr Großadmiral. Le juro por mi honor que yo no…
—Lo sé.
—No he pedido nada. No he hablado con él.
No le he visto más que en la tienda y en la Puerta.
Ni siquiera me ha mirado más de dos segundos en toda la semana.
Y ahora me da el mismo rango que a usted.
—Dönitz tenía la voz firme, pero las palabras le salían más deprisa de lo habitual—.
Usted lleva cuarenta y dos años en la Marina.
Yo veintiséis. Usted ha mandado la flota.
Yo una flotilla de submarinos que no tiene ni treinta barcos.
—Veinticuatro —dijo Raeder.
—Veinticuatro.
Raeder se volvió por fin. Miró a Dönitz con aquella cara larga y severa, de pastor protestante, que no mostraba nunca nada.
—Dönitz —dijo—. ¿Ha oído usted lo que me ha dado a mí?
—La marina de superficie, Herr Großadmiral.
— La marina de superficie. Y cuarenta días para hacer los cálculos.
Después le daré los barcos. —Se quedó callado un momento—.
Llevo ocho años, Dönitz, pidiendo barcos.
A la República. A Hitler. Al Parlamento.
A los ingleses, en el tratado. Ocho años pidiendo un acorazado, dos, tres.
Midiendo cada tonelada. Discutiendo cada cañón.
Y esta mañana un hombre me ha dicho que haga los cálculos y que después me dará los barcos que necesite . Así. Como quien ofrece un café.
—Sí, Herr Großadmiral.
—Y a usted le ha dicho: paralizar el tráfico mercante inglés. Hundir el tonelaje suficiente para que Gran Bretaña quede sitiada . —Raeder miró la fachada de la casa—. En caso de guerra. Con Inglaterra.
—Sí, Herr Großadmiral.
—Eso es lo que usted lleva diez años diciendo en voz baja en los pasillos, Dönitz.
Que la próxima guerra con Inglaterra no se ganará con acorazados, sino con submarinos.
Que la flota de superficie es un lujo y que la guerra de verdad es la del tonelaje.
—Raeder se volvió—. Yo siempre le he dicho que no.
Que primero los acorazados. Que la Marina necesita barcos grandes para ser respetada.
Y ese hombre nos acaba de dar la razón a los dos. A la vez.
—¿A los dos, Herr Großadmiral?
—A los dos. —Raeder asintió—. Los acorazados para mí. Los submarinos para usted. Mismo rango. Ramas separadas. Ninguno por encima del otro. —Hizo una pausa—. No le ha dado mi rango para humillarme, Dönitz. Se lo ha dado para que no tenga que pedirme permiso.
Dönitz no contestó.
—Y una cosa más —dijo Raeder, en voz más baja—.
Ese hombre sabe que Inglaterra es una isla.
Lo ha dicho así: como lo que es, una isla .
—Se volvió hacia el portal de la casa, hacia la ventana de la sala, detrás de la cual, a través de la escarcha, se adivinaba una figura de pie—.
El Káiser no lo supo nunca. Hitler tampoco.
Los dos creían que Inglaterra era un imperio.
Y lo es. Pero un imperio que come lo que le traen los barcos.
* * *
—Sesenta y seis divisiones —dijo Beck.
Lo dijo en voz baja, al grupo, cuando Raeder y Dönitz volvieron a acercarse.
— Sesenta y seis . En tiempo de paz. Acorazadas y mecanizadas.
—Beck sacó su libreta de tapas negras del bolsillo interior de la guerrera y la abrió—.
Llevo dos años diciéndole al Führer que treinta y seis eran demasiadas.
Que no teníamos acero, ni gasolina, ni caucho, ni oficiales, ni divisas para comprar nada de eso.
Que el rearme a ese ritmo nos llevaría a la bancarrota en el 39 o a la guerra en el 40.
—Pasó una página—. Y esta mañana ese hombre ha dicho sesenta y seis .
Y todo el ejército acorazado para marzo del 37. En trece meses.
—Imposible —dijo Leeb.
—Imposible —repitió Beck—. Con lo que tenemos. Con las fábricas que tenemos, con el acero que tenemos, con las divisas que tenemos. Absolutamente imposible.
Hizo una pausa.
—Pero no lo va a hacer con lo que tenemos —dijo.
—Señores —dijo Beck, y cerró la libreta—.
Llevamos nueve días haciendo como que no lo sabemos.
Como que no lo hemos visto. Doce mil hombres que aparecen en un campo de Dahlewitz sin haber cruzado ninguna frontera ni salido de ningún cuartel.
Seis divisiones más en una noche. Aviones que nadie en el mundo fabrica.
Una emisora de cien kilovatios montada en veinte minutos.
—Miró a los demás, uno por uno—. ¿De dónde creen que van a salir los carros para sesenta y seis divisiones?
—De donde salieron los primeros doscientos treinta —dijo Feßmann.
Era la primera vez que hablaba. Tenía la mano sobre la guerrera, sobre el sobre de papel manila.
—No lo sabemos —dijo Blomberg.
—Lo sabemos —dijo Feßmann—. No lo decimos. Que no es lo mismo.
* * *
— Nadie ataca lo que sabe que no puede derrotar —dijo Bock.
Estaba otra vez en el centro del grupo, más tranquilo, con la cara larga recompuesta.
—Esa ha sido la única frase de toda la reunión que me ha dicho algo que no sabía. —Bock miró a los demás—. Todo lo demás era organización. Rangos, mandos, plazos, cálculos. Buena organización. Muy buena. Pero organización. Esa frase no.
—¿Qué le ha dicho? —preguntó Weichs.
—Me ha dicho para qué quiere sesenta y seis divisiones —dijo Bock—. No para atacar. Para que no le ataquen. Para que nadie se atreva. Ni Francia, ni Rusia, ni Inglaterra, ni nadie. Un ejército tan grande y tan evidente que la sola idea de enfrentarse a él sea absurda.
—Eso es lo que decía el Káiser en el 14 —dijo Leeb—. Y fuimos a la guerra.
—El Káiser tenía un ejército grande —dijo Bock—. No un ejército imposible. Francia y Rusia sabían que podían ganar al Káiser si se juntaban. Por eso se juntaron. —Se encogió de hombros—. Contra sesenta y seis divisiones de esos carros grises, no hay alianza que valga. Y lo saben. O lo sabrán.
—Y si lo saben —dijo Rundstedt—, no hay guerra.
—Y si no hay guerra —dijo Bock—, nosotros nos jubilamos en nuestras casas con el bastón de mariscal y ningún nombre en ningún monumento a los caídos.
Lo dijo sin ironía. O con tan poca que los demás tardaron un momento en notarla.