CAPÍTULO XIII — La elección #2
—Su trabajo —dije— es paralizar el tráfico mercante inglés. En caso de guerra. Hundir el tonelaje suficiente para que Gran Bretaña quede sitiada, como lo que es: una isla. Tiene veinte días para hacer los cálculos de medios. Y sesenta para la doctrina. Y me los presenta aquí.
Cuando Dönitz contestó, su voz era perfectamente firme.
—¿En caso de guerra, Majestad?
—En caso de guerra, Herr Großadmiral. —Lo miré—. Que es exactamente para lo que hay que prepararse si se quiere que no la haya.
—Sí, Majestad.
Dönitz bajó los ojos a la mesa. Y vi, porque estaba mirando, que tenía las manos apretadas debajo del borde, donde creía que nadie las veía.
* * *
Miré alrededor de la mesa.
Once. Los once del ejército de tierra y de la marina. Blomberg, Fritsch, Beck, Rundstedt, Leeb, Bock, Weichs, Feßmann, Guderian, Raeder, Dönitz.
Faltaba algo.
—¿Dónde está el mando de la Luftwaffe?
Nadie contestó. Los once se miraron entre ellos. Hollenbach, a mi derecha, no se movió. Mahlberg dejó de escribir.
No había nadie. No lo había habido en la tienda, ni en la Puerta, ni ahora. Göring estaba picando piedra. Milch, el secretario de Estado, seguía en su despacho de la Leipziger Straße, que yo supiera, esperando a que alguien lo llamara. Nadie lo había llamado. Yo no lo había llamado.
Me di cuenta en ese momento, con una claridad incómoda, de que en nueve días no había pensado ni una sola vez en la aviación. Ni una. Había pensado en carros, en divisiones, en fronteras, en emisoras de radio, en coronas, en juicios. No en aviones.
En mi otra historia, los aviones habían arrasado Varsovia, Róterdam, Coventry, Belgrado. Y luego Hamburgo, Dresde, Berlín.
Y yo me había olvidado de ellos.
—Consíganme un oficial —dije—. Uno. Que sepa de aviación y que sepa de guerra. Un as de la Gran Guerra no, por favor.
Hubo un silencio corto. Luego habló Beck.
—Wever, Majestad.
Lo miré.
—El General Walther Wever —dijo Beck—. Jefe del Estado Mayor de la Luftwaffe.
Viene del Ejército, del Estado Mayor; estuvo con Ludendorff en la guerra.
No era aviador. Aprendió a pilotar a los cuarenta y cinco años, cuando lo pasaron a la Luftwaffe.
No es un as. Es un oficial de Estado Mayor que piensa la guerra aérea como un problema estratégico. El único que yo conozco.
Me quedé un momento callado.
Wever. Lo recordaba. De los libros, otra vez.
El hombre que quería bombarderos de largo alcance, cuatrimotores, capaces de llegar a los Urales.
El que había entendido antes que nadie en Alemania que la aviación no era artillería con alas.
Y el que se mataría en junio de aquel mismo año, en Dresde, en un accidente estúpido, despegando con los alerones bloqueados, y cuya muerte dejaría la Luftwaffe en manos de hombres que solo sabían pensar en bombarderos en picado.
En junio. Dentro de cuatro meses.
No dije nada de eso.
—Denle el rango de mariscal —dije—. Y el mando de la rama aérea del Heer.
Tiene cuarenta días para darme los cálculos estratégicos.
Y noventa para los diseños de lo que crea que va a necesitar.
—Hice una pausa—. Y díganle que revise él mismo los aviones en los que vuela. Personalmente. Antes de cada despegue.
Beck me miró. No preguntó. Lo anotó.
* * *
—Una cosa más —dije.
Me volví hacia Hollenbach, a mi derecha, y hacia Thorbeck, a mi izquierda.
—Mis oficiales. Los del Königliches Heer que vinieron conmigo. Hollenbach, Thorbeck, los comandantes de las siete Sturmdivisionen y sus estados mayores. —Miré a los once—. Quedan subordinados a ustedes. Desde hoy. Según los rangos y los mandos que acabo de dar.
Hubo otro movimiento en la mesa. Más grande que el de Guderian.
Vi a Fritsch volverse hacia Hollenbach. Vi a Bock mirar a Thorbeck. Vi a Rundstedt mirar a Mahlberg, que había dejado otra vez de escribir.
Hollenbach no se movió. Thorbeck tampoco. Ninguno de los dos cambió de expresión. Lo sabían. Se lo había dicho la noche anterior, a los dos, en el patio de grava, y los dos se habían cuadrado y habían dicho a sus órdenes sin una sola pregunta.
—Salvo en una cosa —dije—. El General von Hollenbach, además de todo lo demás, es mi consejero militar. Personal.
Hollenbach inclinó la cabeza.
Miré la mesa una última vez. Los once. Los cuatro míos. Las diecisiete sillas, ahora todas ocupadas salvo una, la que habría sido de la aviación.
—Eso es todo —dije—. Retírense.
* * *
Se levantaron.
Se cuadraron. Los once a la vez, con el taconazo sobre el suelo de roble, que sonó en la sala vacía como un disparo. Y luego, uno detrás de otro, por orden de antigüedad, salieron por la puerta.
Nadie había jurado nada.
No se lo había pedido. Les había dicho cuál era la elección. Les había dicho lo que tendrían si juraban. No les había dicho lo que pasaría si no. No les había pedido una respuesta.
La respuesta tendría que venir de ellos.
Cuando el último —Guderian— cruzó la puerta y la cerró detrás de sí, me quedé solo en la sala con Hollenbach, con Thorbeck y con sus dos jefes de estado mayor.
Thorbeck fue el primero en hablar. Tenía un acento renano cerrado, de Colonia, que se notaba incluso en las dos palabras que dijo.
—Guderian, Majestad.
—Guderian.
—De Oberst a mariscal de campo. —Thorbeck se pasó la mano por la calva—. Los otros no lo van a perdonar fácilmente.
—No tienen que perdonarlo, Herr General —dije—. Tienen que entenderlo.
—¿Y lo van a entender?
Miré por la ventana. Por los cristales, a través de la escarcha, se veía el patio de grava. Y en el patio, los once.
No se habían ido. Estaban allí, de pie, en el frío, en un grupo apretado, como en Tempelhof. Hablando.
—Ahora mismo lo están discutiendo —dije.
* * *
Patio de la residencia. 10:47 hrs.
— De coronel a mariscal de campo —dijo Bock.
Lo dijo despacio, separando las palabras, como quien lee una inscripción en una lápida.
Estaba de pie en el centro del grupo, muy alto, muy recto, con el abrigo abrochado hasta el cuello y las manos enguantadas a la espalda.
Tenía la cara larga sin expresión. Pero no miraba a nadie. Miraba a Guderian.
Guderian estaba a dos metros, con el abrigo abierto, aunque hacía ocho bajo cero. Tenía la cara roja todavía. No la había perdido desde que había oído su nombre.
—Lo sé, Herr General —dijo.
—No lo dudo, Guderian.
—No lo he pedido.
—Tampoco lo dudo.
—Entonces, ¿qué quiere que le diga?
Bock tardó en contestar. Era la primera vez que alguno de ellos había visto a Bock tardar en contestar.
—Nada —dijo al fin—. No quiero que me diga nada. Quiero entenderlo.
—Es muy sencillo de entender —dijo Rundstedt.
Todos se volvieron hacia él. Rundstedt estaba un poco apartado, con la gorra exactamente horizontal y las manos a la espalda, mirando la fachada de la casa: dos plantas de piedra gris, ventanas altas con frontones curvos, un portal de columnas con un escudo vacío encima, sin armas, liso, raspado hacía mucho tiempo.
—Ese hombre tiene siete divisiones de carros —dijo Rundstedt, sin volverse—.
Y va a tener diez. Y luego veinte. Y luego todo el ejército.
Y ha buscado en esta mesa al único de nosotros que lleva diez años pensando en carros.
Al único que sabe qué hacer con ellos. —Se volvió por fin—.
No lo ha elegido por el rango, Bock. Lo ha elegido por la cabeza.
—Hay cabezas con más antigüedad.
—Hay cabezas con más antigüedad que no saben cuántos litros de gasóleo consume un carro por kilómetro campo a través —dijo Rundstedt—. Yo no lo sé. ¿Usted lo sabe?
Bock no contestó.
—Guderian lo sabe —dijo Rundstedt—. Y lo sabe para el Panzer I, para el Panzer II y probablemente, después de una semana, también para esos carros grises. —Miró a Guderian—. ¿Me equivoco?
—Ciento sesenta litros cada cien kilómetros en carretera, Herr General —dijo Guderian, sin pensarlo—. Calculo. Doscientos cuarenta campo a través. Con ese motor diésel y esas doce toneladas, no puede ser mucho menos.
Rundstedt asintió, mirando a Bock.
—Eso —dijo— es por lo que es mariscal de campo.
* * *
— Mariscal general de campo —dijo Blomberg.
No lo dijo a nadie. Lo dijo en voz baja, como para sí, de pie junto a Fritsch, con la cara todavía pálida.
— El jefe militar de todos los jefes militares. —Movió la cabeza—. Y luego: deje de pensar como un político militar . —Se volvió hacia Fritsch—. ¿Lo ha oído, Fritsch? Me ha ascendido y me ha dicho que deje de hacer lo único que he hecho en tres años. En la misma frase.
—Lo he oído.
—Tres años de ministro de la Guerra. Tres años de reuniones en la Cancillería, de pactos con el Partido, de negociar con Göring, con Himmler, con Röhm antes de que lo mataran. Tres años de política. —Blomberg se rio, sin alegría—. Y ese joven me dice que eso me ha quitado el filo.
—¿Y no es verdad?
Blomberg lo miró. Fritsch sostuvo la mirada, con el monóculo puesto.
—Blomberg, se lo dije en Tempelhof y se lo repito aquí.
Durante tres años usted ha hecho política.
Y la ha hecho mal. No por tonto: porque no es su oficio.
Usted es un soldado. Era un buen soldado.
En la guerra, en el Estado Mayor del Séptimo Ejército, era de los mejores.
—Fritsch se ajustó el monóculo—. Y luego se puso a hacer de político, y el político de verdad se lo comió.
Como se come a todos los soldados que hacen de políticos.
Blomberg no contestó.
—Ese hombre le ha devuelto el oficio —dijo Fritsch—. Le ha dado el rango más alto que existe y le ha quitado lo único que le hacía daño. Yo, en su lugar, daría las gracias.
—¿Y usted? —dijo Blomberg—. ¿Qué le ha dado a usted?
Fritsch no contestó enseguida.
—Nada —dijo al fin—. Ni siquiera me ha nombrado. Todos los demás, con sus rangos equivalentes. —Se encogió de hombros, un movimiento mínimo—. A Beck tampoco. A Rundstedt, a Leeb, a Bock, tampoco. Somos todos los demás .
—¿Le molesta?
Fritsch lo pensó.
—No —dijo—. Me tranquiliza. Un hombre que da a cada uno exactamente lo que le hace falta, y nada más, es un hombre que sabe lo que hace.
* * *
—Großadmiral —dijo Dönitz.